Quejas semejantes, lógicamente con contenidos diferentes, escuchamos de los dirigentes de otras comunidades sociales y políticas. Es evidente que en unos y otros casos se está entendiendo la disciplina como un instrumento social que busca la sumisión a las normas establecidas por las respectivas autoridades.
Me parece necesario reflexionar por qué se da esa insumisión y sobre todo recordar cuál es el verdadero sentido de la disciplina, que lamentablemente hemos perdido y cuáles son las consecuencias de la falta de disciplina en todos los quehaceres personales, profesionales, sociales y políticos.
La palabra disciplina viene del vocablo latino “discipulus”, que a su vez procede de los verbos “discere”, que significa aprender, y de “pello”, que significa impulsar. Discípulo es, por tanto, el que está impulsado a aprender, y “disciplina”, el modo de hacerlo.
J. A. Marina dice que “una de las formas de la disciplina es poner límites, la otra es proporcionar posibilidades, empujarles a la acción, a explorar, a emprender, a proyectar” (2012, 60).
Basta pensar en la disciplina que acepta y se impone a sí mismo un atleta olímpico (podemos decir lo mismo de un futbolista profesional o de una doctora ginecóloga) para comprender el sentido que tiene ese “poner límites” que le marca su entrenador o el compromiso y exigencias profesionales, y ese empujarle a la acción, al emprendimiento y a su proyección.
Esperar disciplina de alumnos a los que se les ponen límites pero no se les impulsa a aprender conocimientos y competencias de interés, significativos, y se les ofrecen clases aburridas, a las que no se les ve relación con la realidad, ni se descubre en ellas que empujen a la acción y les proyecten, es pedir solamente el sometimiento sin sentido. Es muy difícil encontrar jóvenes dispuestos a someterse y aceptar los límites por el valor de ellos mismos. Esa no aceptación debe ser asumida como un profundo cuestionamiento al modo de educar, que obliga más a revisar cómo educamos, que a criticar a los jóvenes por su aparente frivolidad.
Cuando los niños y los jóvenes están motivados intrínsecamente por el valor percibido y sentido, no solo sabido, que para ellos tiene el trabajo y esfuerzo de las clases y el estudio, ellos mismos aceptan los límites que ese estudio y aprendizaje lleva consigo. No necesitan ningún sermón que les convenza, ya están convencidos. Su capacidad de esfuerzo y sacrificio es inmensa, como demuestran en sus deportes y voluntariados.
Por otra parte, el contexto no ayuda a que los adolescentes y los jóvenes se tomen en serio la disciplina, entendida como acatamiento a las normas, sencillamente porque el mal ejemplo de los adultos, sus muchas indisciplinas, disuaden y hacen difícil creer que toda la sociedad cree en la utilidad y valor de la disciplina.
¿Cómo podrán aprender y creer en el valor de las normas de tráfico urbano y en ruta, si ven que los adultos, sus mismos padres, violan las leyes de tráfico, manejan después de haber tomado bebidas alcohólicas?
¿Cómo van a respetar la disciplina partidaria, si ven que los mayores hacen trampas comprando votos, usan dinero del Estado para sus operadores políticos, difaman a sus propios correligionarios de partido en medios públicos de comunicación social, en vez de dirimir los disensos puertas adentro entre los miembros del mismo partido?
Los malos ejemplos por indisciplina ciudadana son tantos, que citarlos además de pesado es imposible en un artículo breve de opinión.
Pero lo más evidente es que la falta de disciplina auténtica en todos los campos del comportamiento humano tiene consecuencias desastrosas a corto, mediano y largo plazo. Cuando rompemos las reglas de juego es imposible jugar, cuando rompemos la auténtica disciplina es imposible progresar. Nos deslizamos en la pendiente de la barbarie, destruyendo lo que habíamos conquistado con siglos de civilización.
(jmontero@conexion.com.py)