El problema no es legal, va mucho más allá. La censura de La Nación, presionada por la Iglesia católica, es el resultado de una sociedad todavía antidemocrática, amiga del silencio, cómplice de la injusticia, con una clase gobernante mafiosa y peligrosa y con un empresariado pacato e inculto que no se adapta al siglo XXI cambiante. “Un censor que dicta una prohibición es como un hombre que trata de impedir que el pene se le ponga erecto”, afirma el premio nobel de Literatura John M. Coetzee, escritor y lingüista, acerca de los que impiden que el pensamiento fluya de manera directa. La Iglesia demuestra tener el pene erecto todos los días. Los periodistas de investigación de La Nación desenmascararon, una vez más, el encubrimiento de los crímenes de pederastia, es decir, violencia sexual contra menores de edad, por parte de la alta jerarquía católica local. En Paraguay, como en muchos otros países, los sacerdotes violadores son protegidos por sus pares. En vez de ponerlos a disposición de la justicia, los curas que son denunciados por acoso o violación son enviados a otras parroquias, de otras ciudades o países, para que pasen desapercibidos y sigan cometiendo sus fechorías. En este caso particular, los curas denunciados fueron bien recibidos por sus colegas paraguayos. ¡Por varios años!
No nos extraña que la ICAR quiera censurar, no solo la publicación, sino también las investigaciones en su contra. En sus dos mil años de historia, esta rama del cristianismo persiguió, hostigó, censuró y asesinó en nombre de sus dogmas, de sus creencias o de sus autoridades. Galileo tuvo que retractarse de sus ideas revolucionarias, luego de la censura de la Iglesia. A Giordano Bruno le fue peor, porque, además de la censura y la cárcel, murió quemado en la hoguera por faltar al “respeto” a las ideas retrógradas de esta religión. Miles de personas durante estos dos milenios sufrieron censura y muerte a causa de la demencia de los católicos, que se creen portadores de la “verdad absoluta”.
Pero la verdad no es algo que podamos portarla o meterla en una caja, ni siquiera es absoluta. Gustavo Romero, científico y filósofo de la Universidad de La Plata, sostiene que “La verdad no es algo que esté ahí afuera en la naturaleza. Lo que hay son enunciados verdaderos acerca de las cosas... Lo que podemos decir es cuán bien una cierta proposición se corresponde a lo que sabemos del mundo de acuerdo a la evidencia disponible”. Y la evidencia estuvo a favor de los colegas de La Nación. Por eso, ABC Color y otros medios se aplazaron al censurar, aunque sea por un rato, la información sobre la censura. ABC se olvidó de la gran investigación contra curas pederastas en el 2003, que también costó persecución a los periodistas que valientemente se enfrentaron a una Iglesia soberbia y corrupta. Si ABC no defiende los principios de libertad que pregona, ¿por qué le muestra a la sociedad lo mal que funciona este gobierno?
La Iglesia es oscura desde su origen, y aunque Francisco procure cambios, su esencia está intacta. Allí está el problema, porque mientras el Grupo Cartes censure la publicación de estos temas, habrá niños, jóvenes y adultos que estarán en el silencio, aguantando humillaciones y violencia de sacerdotes, desamparados por una sociedad que prefiere la religión a los derechos, la absolución eterna a la vida real, el dogma a la libertad.
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De todas formas y aunque quiera ocultarlo, forzando censuras, la Iglesia sabe que tiene el “pene erecto”, y que tarde o temprano alguien lo nota y publica magistrales trabajos, como el de “Iglesia oscura”. No hay que esperar otros dos mil años para darnos cuenta de eso.
equintana@abc.com.py