Fui profesor en Sevilla (España) de “Investigación de motivaciones” y comprobé que después de explicar diversas teorías sobre qué es lo que nos motiva, nos mueve a hacer algo, los alumnos entendían mejor cuando les explicaba que en resumen podemos decir que lo que nos mueve es “una necesidad sentida no satisfecha”. Por ejemplo: voy a beber agua cuando siento sed y no precisamente porque esté deshidratado.
¿Qué necesidad o necesidades sienten los jóvenes, que no estén satisfechas y que esperen satisfacer con las drogas? ¿Cuál o cuánta es la intensidad de esa o esas necesidades como para pagar un precio tan caro económicamente hablando y unos riesgos de costos tan altos para su salud en el cerebro, su sistema nervioso y otros órganos, además de los daños a su psicología? El placer inmediato y pasajero que puede dar la droga sale demasiado caro, como demuestra indefectiblemente la experiencia y confirma la ciencia.
El hecho de que crece el número de consumidores y de centros de rehabilitación para recuperar jóvenes destruidos por los efectos de las drogas tiene dos factores generales que lo provocan: 1) las estrategias de comercialización de los traficantes de drogas y 2) el estado generalizado de carencias y frustraciones de los jóvenes.
Según los organismos oficiales especializados en la lucha antidrogas, tanto de nivel mundial (en Naciones Unidas), como de nivel local (SENAD) la mayoría de los consumidores de drogas son adolescentes y jóvenes. Todos, pero especialmente ellos por su natural estado de desarrollo, somos seres necesitados o como dice gráficamente Laín Entralgo “somos empresa de ser”. Siempre nos sentimos necesitados de algo más. La sociedad del consumo, el consumismo, utiliza este vacío y dinamismo para hacernos sentir constantemente ese sentimiento, creándonos necesidades incluso de cosas superfluas, ofreciéndonos a cambio promesas de valores deseados: chispa de la vida, alegría, éxito social, distinción y reconocimiento, etc. Es decir, la venta se quiere mantener a base de crearnos necesidades que presuntamente el consumo nos va a satisfacer.
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Con este mecanismo motivacional los jóvenes arrastran un arsenal de sentimientos de necesidades, que no quedan satisfechas y cristalizan en frustraciones inconscientes o conscientes. En este contexto la educación y desarrollo de la afectividad que les damos es radicalmente insuficiente, tanto más cuanto que crece desnutrida por el clima crítico de muchas familias y una educación escolar que llena las cabezas de conocimientos y deja los corazones desamparados, porque ni siquiera ofrece la educación fundamental de la afectividad en sí misma. Si le añadimos un contexto social agresivo, con violencias hasta en la intimidad de muchos hogares, con bullying en escuelas y colegios, con delincuencia y criminalidad en las calles, asaltos a comercios y hogares, con posibles secuestros express o de largos años, etc., entonces es comprensible que se busquen experiencias de evasión de la realidad, fuga del propio mundo interior, queriendo “volar”, aunque sólo sea por minutos.
El sentimiento profundo de soledad es frecuente en los jóvenes. Lo tapan aturdiéndose con ruido, con ritmo agitado de actividades y mensajes de celular, pagando precios elevados por lograr pertenencia en algún grupo, aunque el grupo les imponga el consumo de drogas, la presunta liberación sexual y hasta la promiscuidad.
Paradójicamente no es fácil hablar a los jóvenes de esperanza, porque para muchos el futuro es total incertidumbre y más temido que deseado, ya que la evolución de las exigencias para las profesiones y el trabajo es tan acelerada que saben que lo que puedan estudiar, si es que alcanzan estudios superiores formales, dentro de diez años estará en su mayor parte caduco, más aún, es posible que su profesión deje de existir.
Buscan en la droga lo que no tienen. Pagan muy caro. Y la droga les traiciona cruelmente. jmonterotirado@gmail.com