Todo lo que brilla es oro

Así parece ser para algunas personas. Las que se dedican a buscar tesoros bajo tierra. Son muchas. Mucha más gente de lo que congrega cualquier otra actividad de fin de semana. Y, además de productiva, rentable. Algunos se dedican al cometido de manera profesional. Viven de eso y, según afirman, viven bien.

Reliquias encontradas por buscadores de tesoros enterrados.
Reliquias encontradas por buscadores de tesoros enterrados.gentile

Otros lo hacen por el mero placer de la aventura. De ponerse en contacto con lo desconocido y oculto. Se inician al menos con ese interés: recrearse, “desestresarse”… y tal vez, ¿por qué no? dar “un paso al frente” hacia la prosperidad económica. Si por “desgracia” encuentran algo, será el inicio de un vicio. Y, como tal, se aplicará a la actividad en procura de algún “premio mayor”. Empecinadamente, de manera casi enfermiza. Nunca se supo de alguien que lo consiguiera. No porque no llegara a suceder, sino porque el secreto, el secreto absoluto, es una característica fundamental de esta cofradía.

La mayoría de sus miembros se fundamenta en un hecho histórico: la invasión del territorio paraguayo durante la Guerra de la Triple Alianza (1864/1870), motivo por el que, ante el bando del 21 de febrero de 1868 que exigía el abandono de Asunción, muchas personas escondieron sus pertenencias –generalmente bajo tierra– de cualquier forma y alguna parte próxima a sus residencias, o a la vera de los caminos que las verían transitar en aquel doloroso autoexilio. Otros, en el interior del Paraguay, también apelarían al mismo recurso por el avance del enemigo.

¿Todo fue por la guerra?

Pero la costumbre de los “entierros” en nuestro país no fue solo motivada por aquella contienda. La gente solía poner sus pertenencias bajo tierra: joyas, imágenes, vajillas y hasta muebles, cuando a falta de alguien que los cuidara por una ausencia repentina; o por simple desconfianza, preferían el “formato entierro” para salvaguarda de lo que tuvieran de valor. Era comprensible, las instituciones bancarias recién aparecerían hacia finales del siglo XIX, mientras que las instituciones del Estado nacional no contaban todavía entonces con los recursos humanos y financieros para cumplir con la misión de hacer realidad la “civilización” prometida por nuestros saqueadores.

Pero la costumbre se inició desde el momento en que el primer europeo puso las plantas en América. No por casualidad, cualquier aventura sobre piratas suele iniciarse con el hallazgo de un plano o mapa que marca la ubicación de algún tesoro. De manera que en nuestra provincia, país después, aquella realidad se hizo leyenda tras 160 años de permanencia de la Orden de Jesús (jesuitas) en estas regiones. Todos los datos indican hoy que llegaron a tener lo que siempre fue simple objeto de especulaciones y sospechas: Oro… mucho oro.

No todo es realidad histórica o ciencia

Pero no solo de libros se nutren los buscadores. Si bien ponen atención a los hechos de la historia, también sienten que alguna “vibra” les “conecta” con “algo”, en algunos sitios; suelen escuchar a “videntes” y cuentan desde luego, con excelentes máquinas rastreadoras. Desde las simples varillas radiestésicas hasta equipos electrónicos de alta precisión. Algunos de estos, que ya se fabrican en el país, “informan” todo lo referente al metal que se está buscando y puede anticiparlo desde más de un kilómetro de distancia. También anticipa la profundidad de lo oculto en el suelo, aunque se encuentre bajo agua, tierra o cualquier construcción que lo cubra y hasta a 15 metros de profundidad.

El fenómeno fue comentado, igualmente, en libros científicos como en los de autores populares. Aunque la actividad nunca gozó del beneficio del prestigio académico. Lo cual es una pena, porque en otros países se han constituido equipos de trabajo bajo los auspicios de los gobiernos que se nutren de información calificada, documentos, mapas, equipos de rastreo de última generación, para hurgar en sitios históricos, campos de batalla, en calles y ciudades, como para rescatar lo que esté moviendo la imaginación popular. Los resultados se publican y se difunden. Es una forma de evitar las revelaciones misteriosas, las ambiciones desatadas con todas sus secuelas. Y separar la realidad de la fantasía. Claramente.

Plata yvyguy: lo que dicen los libros

Muchos autores nacionales, de los más antiguos y algunos de la reciente “hornada” de escritores, se ocuparon del tema “plata yvyguy”. Ya fuera en libros o artículos sueltos aparecidos en los medios de prensa escrita. Algunos extranjeros, como el brasileño Delfin Netto o el español Rafael Barret, también lo hicieron. En “El dolor paraguayo”, este último escribió los párrafos que siguen:

“… Resucitar a los muertos de carne no sería práctico. Pero decir ‘¡Levántate Lázaro!’ a las onzas de oro, a las anchas monedas de antigua plata, y a los macizos cubiertos y a las cinceladas joyas, es un sueño tentador. Las riquezas no mueren, no pasan, aunque se las lleve a la tumba, como hicieron tantos espantados paraguayos en tiempos de las sangrientas dictaduras y de la guerra. Aquellas familias señoriales, condenadas a dejar precipitadamente sus casas para seguir al ejército en lamentable caravana, escondían sus tesoros bajo el piso de sus alcobas, o allá en pleno campo, al pie de los árboles. Y los tesoros esperan, sepultados y más vivos que nunca, obsesión de almas indolentes y jugadoras, ansiosas de opulencia gratis, de prosperidad robada de golpe al destino.

¡Descubrir un entierro! Ideal esperanza de muchos espíritus, escrutadores de misterio. Y los hombres buscan y escuchan, y sondean el lodo, y espían en la noche…”.

“… Si no dormís a la hora en que las estrellas brillan más altas y más puras, oiréis un extraño y sutilísimo rumor. No es el insecto que roe, no son las hojas de la palma rígida que crujen, empujadas por la brisa. Es otra cosa. Suspiro humano, gemido arrancado al silencio. La puerta gira suavemente en la oscuridad. Alguien ha entrado; es el que vivía aquí hace medio siglo. Notad con qué seguridad cruza las habitaciones. No tropieza; no se equivoca. Mudo y resuelto, el fantasma invisible llegó al patio. Entonces suena el triste rechinar de la cadena del pozo. ¿Es que el fantasma doliente tiene sed, o es que su bien perdido está en el fondo, y las manos de sombra crispadas sobre el húmedo hierro quieren palpar, acariciar todavía el oro inmortal, símbolo de las delicias terrestres?

No os levantéis ahora. Por rápidos que sean vuestros movimientos, nada veréis, nada notaréis. Los fantasmas no dejan rastros. Encontraréis las puertas cerradas, el pozo en orden. El fantasma ha bebido tal vez, pero en el brocal no reluce a la luz de la luna, una gota de agua. Acostaos y reposad. Si tenéis instintos de mercader, y constancia en vuestros deseos; si estáis acostumbrados a extraer las últimas consecuencias de un razonamiento, si sois hábiles en fin, secad el pozo, cavad….”.

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