Después de semanas de brindis, obligaciones familiares, compras y balances del año, la vieja rutina —esa que en noviembre parecía insoportable— empieza a verse, de repente, como un refugio.
No es solo la necesidad de volver al trabajo ni la presión de los nuevos propósitos. Es algo más silencioso: el cuerpo y la mente piden horarios previsibles, días parecidos entre sí, tiempo sin sobresaltos.
En otras palabras, piden una cierta dosis de aburrimiento.
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La resaca emocional de las fiestas
La agenda de diciembre se llena de eventos que, en teoría, deberían ser fuente de alegría: cenas, reencuentros, viajes, celebraciones. Pero esa acumulación de estímulos tiene un coste.
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Las fiestas alteran los horarios de sueño, modifican la alimentación, disparan el consumo de alcohol y reducen los espacios de soledad y silencio. A eso se suma la presión de “pasarlo bien” y de que todo salga perfecto. Para muchas personas, diciembre se convierte en un maratón emocional en el que no se permite bajar el ritmo.
Psicólogos consultados explican que este período de hiperestimulación agota los recursos de autorregulación del cerebro. El sistema nervioso se mantiene en un modo de alerta constante —entre citas sociales, imprevistos y gastos— que, pasado el clímax de Año Nuevo, deja una sensación clara: hay que frenar.
El encanto discreto de los días iguales
Enero ofrece algo que diciembre niega: previsibilidad. Al menos para quienes no viajaron, el despertador suena a la misma hora, la heladera vuelve a llenarse de comida más sencilla, el correo recupera su caudal habitual. Esa aparente monotonía reordena el mundo interno.
Las rutinas actúan como anclas. Reducen la cantidad de decisiones que hay que tomar a lo largo del día y liberan energía mental para otras tareas. Saber qué va a pasar —más o menos— en las próximas horas baja la ansiedad y da al cerebro una señal tranquilizadora: el entorno es seguro, controlable, comprensible.
La vuelta a lo cotidiano también devuelve algo que en diciembre suele escasear: la sensación de agencia. Ya no se trata de ir encadenando compromisos ajenos, sino de retomar los propios ritmos. Elegir cuándo apagar el celular, qué día ir al gimnasio, qué noche no hacer absolutamente nada.
Aburrirse como forma de reparación
Durante años, el aburrimiento ha tenido mala prensa. Se lo asocia con falta de ambición, apatía, rutina gris. Sin embargo, estudios recientes apuntan en otra dirección: momentos de baja estimulación favorecen la creatividad, mejoran la capacidad de concentración y permiten procesar experiencias recientes.
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Después de semanas en las que casi cada día ha traído algo “especial”, el cerebro necesita lo contrario: repetición, silencio, pausas. Es en esos lapsos en apariencia anodinos —el trayecto al trabajo, la cola del supermercado, la tarde sin planes— donde se reacomodan recuerdos, emociones y decisiones.

En enero, muchos descubren el inesperado placer de un domingo sin eventos, de una tarde de oficina sin urgencias, de una noche de serie o película que no tiene que competir con ninguna invitación. No es euforia; es calma. Y esa calma, tras la intensidad decembrina, se siente como un lujo.
Entre el FOMO y el deseo de bajar el volumen
Hay, además, una tensión social de fondo. Durante las fiestas, el mandato es aprovechar, salir, ver a gente, “no perderse nada”. El miedo a quedarse al margen —el famoso FOMO— se dispara.
En enero, en cambio, entra en escena una especie de JOMO (joy of missing out): el alivio de no tener que estar en todas partes, de permitirse no contestar cada invitación, de no ser el alma de ninguna fiesta.
Esta transición no siempre es cómoda. A menudo se vive con culpa: la idea de que habría que estar más entusiasmado, más productivo, más motivado con el año nuevo. Pero bajo esa capa de autoexigencia se filtra un anhelo distinto: días normales, expectativas moderadas, menos ruido.
Aceptar ese deseo de rutina aburrida no significa renunciar a los proyectos ni a la vida social, sino reconocer que el cuerpo no funciona a golpe de calendario. Que no se regenera por decreto el 1 de enero, sino con gestos más humildes: acostarse a la misma hora, comer sin prisas, dejar tardes libres.
La promesa secreta de enero
En la superficie, enero se asocia con listas de propósitos, retos y cambios radicales. Sin embargo, su verdadera promesa quizá sea otra, más discreta: ofrecernos un tramo del año para recomponer lo que las últimas semanas han desordenado.
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Quien siente alivio al volver a su escritorio, quien descansa por fin en un horario fijo, quien celebra una semana sin sobresaltos no está “aburrido de la vida”; está, probablemente, reparándose.
Entre las luces de colores y la luz blanca del fluorescente de oficina hay una verdad incómoda y liberadora: necesitamos ambas. La fiesta que rompe la rutina y la rutina que recoge los pedazos después. Tal vez el deseo oculto de enero no sea otro que ese: poder, por fin, bajar el volumen y encontrar en la repetición una forma de descanso.
