La banda estadounidense Dream Theater llegará por primera vez a Paraguay el 28 de abril para presentarse en el Puerto de Asunción, en el marco de su nueva gira internacional. Con más de 40 años de trayectoria y el lanzamiento de Parasomnia (2025), la banda propone un show inmersivo. En conversación con el tecladista Jordan Rudess, anticipan una experiencia que va más allá del concierto.
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La banda se presenta en Paraguay con su formación clásica, integrada por James LaBrie (voz), John Petrucci (guitarra), John Myung (bajo), Jordan Rudess (teclados) y el regreso de Mike Portnoy en batería.
Para muchos esta no es una gira más ni una parada más. Es, en muchos sentidos, una deuda saldada entre una banda obsesiva en su perfección y un público que durante años solo pudo imaginarla a la distancia. “Para nosotros también es muy divertido venir por primera vez”, dice Jordan Rudess, con una naturalidad que contrasta con la magnitud del momento.
Pero lo que Dream Theater trae consigo no es solo un concierto. Es una experiencia concebida como un recorrido total, casi cinematográfico, bajo el nombre de An Evening With Dream Theater: un espectáculo de larga duración que propone al espectador abandonar la lógica fragmentada del consumo actual y entregarse, sin interrupciones, a un viaje sonoro, visual y emocional.
En el centro de todo está Parasomnia, su más reciente álbum, una obra ambiciosa que se adentra en los territorios inestables del sueño, las pesadillas y la mente en vigilia. Un material que no solo redefine su presente creativo, sino que encuentra en el escenario su forma más completa.
Y si hay alguien encargado de traducir ese universo a sonido tangible, es Rudess: arquitecto invisible de texturas, atmósferas y dimensiones que no siempre se ven, pero que sostienen cada momento de la experiencia.

El show como experiencia total
Lo que Dream Theater propone en esta gira no es simplemente una lista de canciones cuidadosamente ordenadas. Es, en palabras de Jordan Rudess, “una invitación a cruzar un umbral”.
“Es un show grande, de casi tres horas. Los fans tienen que saber que están entrando en nuestro mundo de forma total”, explica. Y no lo dice como una metáfora ligera: la idea de An Evening With Dream Theater responde a una lógica distinta, más cercana a la narrativa que al formato tradicional de concierto. “Los vamos a llevar por un viaje inmenso”, insiste.
Ese viaje tiene una estructura clara pero no evidente. No se trata solo de alternar clásicos con material nuevo, sino de construir una experiencia continua, casi cinematográfica, donde cada elemento: sonido, imagen, iluminación, cumple un rol específico en la inmersión del público.
“Siendo el tipo de banda que somos, nos gusta llevar a la gente de viaje. Tocamos muchos tipos de canciones; puede ser muy pesado, muy suave o muy espacial. Es como ir a ver una película larga”.
La comparación no es casual. En escena, Dream Theater despliega un dispositivo técnico que acompaña esa intención narrativa: visuales cuidadosamente diseñados, un sistema de luces capaz de seguir cambios rítmicos complejos y una puesta que amplifica cada transición emocional del repertorio. “Es una experiencia casi multimedia”, describe Rudess. “Tenemos un video increíble y nuestro encargado de luces es fenomenal, puede seguir todos nuestros ritmos locos. Tenemos láseres… es un show muy divertido”.
Pero detrás de la espectacularidad hay una premisa más profunda: recuperar la idea de atención sostenida. En un contexto donde la música suele consumirse en fragmentos, Dream Theater apuesta por lo contrario —una experiencia prolongada, exigente, envolvente. Y en ese territorio, el público no es solo espectador. Es parte del viaje.

Parasomnia: una arquitectura sonora entre sueños y pesadillas
Si el show es el viaje, Parasomnia es el territorio. El decimosexto álbum de Dream Theater no se limita a un concepto estético: se construye como un espacio en constante transformación, donde los límites entre lo real y lo onírico se difuminan. Trastornos del sueño, estados alterados, paisajes mentales inestables. Todo eso se traduce en sonido. Y en ese proceso, Jordan Rudess ocupa un lugar central.
“Mi rol como tecladista en Dream Theater es interesante porque casi cualquier sonido que no sea la guitarra, el bajo, la batería o la voz, soy yo”, explica. Pero lejos de reducirse a una función técnica, su trabajo se expande hacia lo cinematográfico. “Me toca ser la orquesta, el coro, los efectos de sonido… colorear la música de formas geniales”.
En Parasomnia, esa amplitud se convierte en libertad creativa total. “Amo ese trabajo porque, cuando dejé el mundo clásico como pianista de concierto, me interesé mucho en el mundo sónico. Eso fue lo que me atrajo”, recuerda. Y este álbum, con su carga conceptual, le ofreció un terreno especialmente fértil: “Tener un proyecto como Parasomnia, que trata sobre sueños extraños y pesadillas, me permitió buscar sonidos muy interesantes”.
No se trata solo de ampliar el espectro, sino de romper expectativas. “No son solo los sonidos típicos que la gente imagina al pensar en un teclado, como un órgano o un piano, sino también sonidos orquestales y efectos”. La conclusión llega con una frase que resume el espíritu del disco: “Es un día de fiesta sónico para mí”.
Pero más allá de la textura, hay una lógica estructural que sostiene todo el álbum. Dream Theater no compone aquí pensando en canciones aisladas, sino en una narrativa musical que evoluciona y se reconfigura constantemente.
“Algo que ocurrió mucho en este álbum fue el desarrollo de temas que luego usábamos en diferentes partes del disco, tratándolos de manera distinta”, explica Rudess. “Quizás en una parte el tema suena con un piano etéreo y luego decidimos hacerlo sonar enorme y orquestal”.
Ese enfoque remite directamente a la música clásica, una de sus raíces más profundas. “Al ser un álbum temático, pudimos tomar esos motivos y verlos desde diferentes perspectivas musicales. A diferencia de escribir una canción pop, aquí nos acercamos más como compositores clásicos”.
Y como en todo proceso creativo vivo, la tecnología también juega su papel. Durante la grabación, Rudess incorporó nuevas herramientas que ampliaron aún más su paleta sonora. “Siempre tengo instrumentos y sonidos nuevos”, cuenta. Entre ellos, destaca uno en particular: “Usé un nuevo instrumento llamado Osmose. Es un teclado especial con funciones de toque avanzadas que me permitió crear sonidos espaciales muy interesantes”.
En ese cruce entre concepto, composición y tecnología, Parasomnia no solo se erige como una nueva entrega en la discografía de la banda, sino como una obra que respira, muta y se despliega en múltiples dimensiones. Un álbum que, como los sueños que lo inspiran, nunca se queda quieto.

Tecnología y expresión: el laboratorio infinito de Jordan Rudess
Hablar de Jordan Rudess es hablar de un músico que nunca se ha conformado con los límites tradicionales de su instrumento. Si en Parasomnia su rol se expande hacia lo orquestal y lo cinematográfico, en el terreno tecnológico su enfoque es igual de ambicioso: convertir cada herramienta en una extensión directa de la expresión musical.
“Desde un punto de vista personal, uso mi propio instrumento musical llamado GeoShred”, cuenta. No lo presenta como una curiosidad, sino como una evolución natural de su búsqueda. Diseñado inicialmente para guitarristas, el instrumento —basado en superficies táctiles como iPad o iPhone— terminó encontrando aplicaciones mucho más amplias.
“Lo diseñé para ser un instrumento que pueda pasar de una modalidad sin trastes a una diatónica muy fácilmente, permitiendo hacer pitch bends expresivos”, explica. Esa capacidad de moldear el sonido en tiempo real, de acercarlo a la voz o a instrumentos de cuerda sin trastes, es parte esencial de su filosofía.
Lo que comenzó como una idea técnica se transformó en un fenómeno inesperado: “Se volvió muy popular en India para la música carnática por su control del tono”. Y, lejos de quedar como una herramienta externa, terminó integrándose en el universo de Dream Theater: “También lo usé en Parasomnia”.
Pero si GeoShred representa la exploración, hay un núcleo que se mantiene firme en el escenario: el Korg Kronos. “Es como la ‘nave nodriza’ de los teclados”, dice Rudess. “Puede hacer casi cualquier cosa”.
Esa dualidad —entre innovación constante y dominio absoluto de un sistema central— define su enfoque actual. No se trata de acumular tecnología, sino de integrarla en una visión coherente, donde cada sonido cumple una función emocional dentro del todo.
Y en ese sentido, su forma de hablar de la música sigue teniendo algo de asombro casi infantil. Un entusiasmo que no se desgasta con los años ni con la complejidad técnica. Un “patio de juegos”, como surge en la conversación. “¡Sí, totalmente!”, responde entre risas.
Esa reacción, breve pero honesta, dice tanto como cualquier explicación técnica. Porque detrás de los sistemas, las interfaces y los desarrollos propios, sigue habiendo algo esencial: la curiosidad. Y en el caso de Rudess, esa curiosidad no solo impulsa su evolución personal. También redefine, constantemente, los límites del sonido dentro de Dream Theater.

Volver al origen: Portnoy y la reconstrucción de la química
En una banda con más de 40 años de historia, los cambios de formación no son simples movimientos logísticos: son transformaciones profundas en la identidad. Por eso, el regreso de Mike Portnoy no podía leerse únicamente como una noticia para fans, sino como una reconfiguración del núcleo creativo de Dream Theater. Y, sin embargo, lo que podría haber sido un proceso complejo se dio con una naturalidad inesperada.
“El gran cambio antes de empezar Parasomnia fue el regreso de Mike Portnoy”, cuenta Jordan Rudess. “De repente, nuestro baterista original volvió después de trece años”. En su relato no hay dramatismo, sino algo más interesante: claridad. “Fue una transición muy suave”, asegura, dejando entrever que el reencuentro no implicó fricción, sino reconocimiento.
Esa suavidad, sin embargo, no implica falta de impacto. Todo lo contrario: la vuelta de Portnoy activó algo que estaba en la base misma de la banda. “Nos permitió reflexionar sobre las raíces de la banda”, explica. “Fue un regreso a nuestra formación central y quizás también a nuestra forma de pensar original”. Más que nostalgia, lo que emerge es una reconexión funcional, casi orgánica: una dinámica que no necesitó ser reconstruida desde cero, sino simplemente reactivada.
“Mike es un músico fuerte, tiene mucho que decir”, afirma Rudess, y esa presencia se sintió desde el primer momento en el proceso creativo. “Tenerlo en la sala mientras componíamos fue increíblemente importante para trabajar de nuevo como solíamos hacerlo”. En ese “como solíamos hacerlo” se esconde una clave silenciosa: no se trata de repetir el pasado, sino de recuperar una forma de interacción, una energía compartida que define cómo se construye la música dentro de Dream Theater.
En un álbum como Parasomnia, donde las ideas se transforman, se desarrollan y reaparecen bajo nuevas formas, esa conexión se vuelve esencial. Porque no es solo quién toca, sino cómo se escucha, cómo se responde y cómo se construye, entre todos, un lenguaje común que sigue evolucionando.

Cuarenta años sin colapsar: el arte del equilibrio
Llegar a los 40 años como banda no es solo una cuestión de resistencia; en muchos casos, es una anomalía. Más aún en un género donde la intensidad creativa y las personalidades fuertes suelen empujar los proyectos hacia el desgaste o la ruptura. Sin embargo, Dream Theater sigue en pie, y para Jordan Rudess la explicación no pasa por la técnica ni por el virtuosismo —territorios donde la banda ya no tiene nada que demostrar—, sino por algo mucho más frágil: el equilibrio humano.
“Hay muchos factores para mantener estable la dinámica de un grupo”, explica, antes de señalar el núcleo del asunto: “Creo que uno muy importante es que las personalidades logren balancearse”. La imagen que utiliza es sencilla pero reveladora: “Siempre hemos logrado ser como un sube y baja: si alguien se inclina hacia un lado, hay suficiente energía en el otro para volver al centro y funcionar”. No se trata de una fórmula perfecta, sino de un sistema en tensión constante que requiere ajustes, tolerancia y, sobre todo, continuidad.
A lo largo de los años, esa dinámica fue puesta a prueba en más de una ocasión. “Si tienes demasiada gente intensa, el proyecto colapsa”, dice sin rodeos. Uno de los momentos más críticos fue la salida de Mike Portnoy, impulsada por el agotamiento. “Fue un gran desafío”, reconoce. Pero incluso entonces, la banda encontró la forma de sostenerse: “Había suficiente estabilidad y fe en lo que somos como compositores para seguir adelante”. Esa fe no quedó en lo abstracto, sino que se tradujo en decisiones concretas. La incorporación de Mike Mangini abrió una etapa que se extendió durante trece años. “Hizo un gran trabajo”, subraya Rudess.
En ese contexto, el regreso de Portnoy no rompe el equilibrio, sino que lo reconfigura. Y, sin embargo, hay un elemento más que suele quedar fuera del relato cuando se habla de bandas longevas. “No es solo la banda”, aclara. “Es el equipo de gestión, las familias y nuestro personal técnico”. La estructura que sostiene a Dream Theater va mucho más allá de los cinco músicos en escena: es un ecosistema que ha sabido mantenerse cohesionado a lo largo del tiempo.
“Tenemos un equipo increíble que nos apoya y nos ha permitido tener esta carrera inusualmente larga”, dice. La elección de palabras no es casual. No hay triunfalismo, sino consciencia. Porque seguir ahí, después de todo, no es lo normal: es el resultado de un equilibrio que, como la propia música de Dream Theater, nunca deja de ajustarse.

Caminar para mantenerse en eje
Fuera del escenario, lejos de los sintetizadores, las luces y las estructuras complejas, Jordan Rudess busca algo mucho más simple: caminar. En medio de giras extensas, horarios exigentes y rutinas que fácilmente podrían volverse mecánicas, ese gesto —aparentemente mínimo— se convierte en una forma esencial de equilibrio.
“Camino mucho, especialmente cuando estoy de gira”, cuenta. No como un hábito casual, sino como una necesidad. “Me gusta dejar las maletas en el hotel y salir a ver qué pasa en el lugar”. En esa frase hay una intención clara: evitar quedar atrapado en el circuito cerrado de la vida en tour, ese tránsito repetido entre hotel, recinto y transporte que termina por desconectar al músico del entorno. El riesgo, reconoce, es real. “La idea de pasar del hotel al lugar del show y luego al bus sin ver la luz del día me volvería loco”.
Salir, entonces, se vuelve una forma de anclaje. “Siempre me propongo salir tanto como puedo para recibir luz, aire y hacer algo de ejercicio”, explica. No es solo una cuestión física, sino mental. “Creo que eso es lo que me mantiene conectado y en un buen estado”.
En un músico que trabaja con estructuras complejas, cambios constantes y una exigencia técnica altísima, esa conexión con lo cotidiano —con lo simple— funciona como un contrapeso necesario. Una forma de volver al centro. Y quizás también, una extensión de lo que ocurre en su propia música: la necesidad de moverse, de explorar, de no quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.
Antes de la primera nota
Después de miles de conciertos, la relación con el escenario inevitablemente cambia. La intensidad de los primeros años convive con una rutina que, a veces, se vuelve inevitable. Jordan Rudess no lo disfraza: “Siendo totalmente honesto, a veces cuando tocas noche tras noche, es casi como entrar a tu oficina”. La frase, lejos de quitarle magia, revela otra capa de la experiencia: la del músico que, incluso en la repetición, sigue encontrando formas de asombro. “A veces me sorprendo diciendo: ‘Oh, Dios mío, qué teatro tan hermoso el de hoy’”, admite, como si ese pequeño instante bastara para reactivar la conciencia del momento.
Pero hay algo que nunca se vuelve automático: la energía del público. Cuando eso aparece, todo se reconfigura. “Ese es el mayor subidón: cuando el público te da su energía”, explica. Es ahí donde el concierto deja de ser ejecución para convertirse en intercambio, en un flujo que no se puede controlar del todo y que exige, paradójicamente, una enorme disciplina interna. “Es un momento en el que debes apelar a tu espíritu para mantener la calma y no desmoronarte musicalmente”, dice, poniendo en palabras una tensión que define al músico en vivo: sentir sin perder el eje.
“Como músico profesional, una de las lecciones más grandes que he aprendido es cómo mantener esa energía tranquila para no perder la concentración”. Y sin embargo, incluso después de décadas de experiencia, hay algo que permanece intacto. “Soy humano”, reconoce. “A veces las emociones me ganan”. En ese equilibrio entre control y vértigo, entre precisión y emoción, se juega el verdadero pulso del escenario: ese instante previo a la primera nota donde todo —absolutamente todo— todavía puede suceder.
Paraguay: la emoción de lo desconocido
Después de décadas recorriendo el mundo, todavía hay primeras veces, y para Dream Theater, Paraguay es una de ellas. “Nunca he estado en Paraguay, ninguno de los chicos ha estado allí”, dice Jordan Rudess, dejando entrever una expectativa que escapa a cualquier rutina de gira. Porque si bien hay ciudades a las que se vuelve con afecto y memoria, lo desconocido activa otra clase de energía: una más abierta, menos predecible. “Es una de las mejores cosas de esta carrera: poder ir a lugares nuevos. Volver a algunos sitios que amas es genial, pero explorar un lugar nuevo y sentir algo diferente es realmente especial”.
En ese primer encuentro hay algo que no se puede ensayar. Una especie de pacto implícito entre banda y público que todavía no se conocen. “Así que iremos… y dependerá de ustedes darnos la bienvenida”, añade, con una cercanía que rompe cualquier distancia.
Y fiel a su forma de habitar las giras, Rudess ya imagina ese acercamiento desde lo cotidiano: “Seguramente saldré a caminar por ahí y será muy interesante”. No es un detalle menor. En su caso, caminar no es solo una costumbre, sino una manera de entender los lugares, de conectarse con lo nuevo sin intermediarios. “Tengo muchas ganas de compartir nuestra música con más personas”, resume, como quien sabe que cada territorio también transforma la experiencia.
