Kazu Shinohara, un japonés con bates en Paraguay

 Kazu Shinohara arriba a la derecha con sus alumnos que aprendieron baseball en su paso por Paraguay.
Kazu Shinohara arriba a la derecha con sus alumnos que aprendieron baseball en su paso por Paraguay.

Llegó desde Japón con la misión de enseñar béisbol a niños paraguayos que nunca habían tomado un bate. Dos años después, Kazu Shinohara regresó a su país con afectos, costumbres, sabores e historias de una tierra que se tornó su segunda patria. Fundó un club escolar, recorrió las colonias nikkei, fabricó 400 pelotas de papel y aprendió español. Ahora cuenta en Japón cómo es el Paraguay que conoció.

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Hay viajes que comienzan con una maleta. El de Kazu Shinohara comenzó, además, con una pregunta: ¿qué podía hacer con todo lo que había aprendido sobre béisbol para que otros niños, en algún lugar del mundo, descubrieran también cuánto podía divertirlos ese deporte?

La respuesta lo llevó desde Japón hasta Paraguay.

No fue una decisión impulsiva. En 2023, cuando se acercaba a los 30 años, ya había egresado de Ciencias del Deporte en la Universidad de Tsukuba, una de las instituciones japonesas más reconocidas en esa área. Había investigado el béisbol en distintos países; tenía experiencia como entrenador y trabajaba en Mizuno, una de las grandes marcas deportivas de Japón.

En la empresa estaba dedicado al desarrollo de productos de béisbol. Algunos de los artículos que había ayudado a crear habían llegado a jugadores profesionales y hasta a integrantes de la selección japonesa que disputó el World Baseball Classic.

Kazu Shinohara regresó a su país con afectos, costumbres, sabores e historias de una tierra que se tornó su segunda patria.
Kazu Shinohara regresó a su país con afectos, costumbres, sabores e historias de una tierra que se tornó su segunda patria.

Pero algo había comenzado a inquietarlo. Ese mismo 2023, Japón venció a Estados Unidos y se consagró campeón del World Baseball Classic. Para un japonés apasionado por el béisbol, aquello fue una fiesta nacional. Shinohara trabajaba entonces para Mizuno, patrocinador oficial de la selección, y vivió la conquista con una emoción que lo hizo sentir parte de aquel equipo.

Mientras Japón celebraba, sin embargo, en varias otras regiones del mundo el béisbol tenía una presencia mucho menor. En Sudamérica y Europa, incluso, era prácticamente desconocido para buena parte de la población.

La diferencia le llamó la atención. En Japón, el béisbol forma parte de la vida cotidiana, como el fútbol lo es en Paraguay.

Shinohara buscó en internet alternativas para trabajar en Sudamérica y encontró una convocatoria de JICA relacionada con la promoción del béisbol. Brasil, Perú, Argentina y Paraguay estaban entre las posibilidades. La misión consistía en enseñar béisbol a niños sin experiencia previa como parte de las clases de educación física y, al mismo tiempo, colaborar con clubes de las comunidades nikkei.

Se postuló, fue seleccionado y debió buscar la forma de renunciar a su trabajo. Eligió una frase peculiar que aún recuerda: “Mizuno alguna vez contribuyó a la difusión del béisbol en Japón. Ahora quiero hacer en Paraguay lo que Mizuno hizo en Japón”.

Shinohara dejó su trabajo. Antes de viajar recibió 73 días de capacitación lingüística en JICA. Después emprendió el viaje.

Hasta entonces, Paraguay era para él poco más que un nombre lejano asociado al español, al Chaco, a José Luis Chilavert y a aquel partido del Mundial de Sudáfrica 2010, en el que Japón quedó eliminado ante la Albirroja.

El bate como carta de presentación

En Paraguay encontró una comunidad nikkei en la que el béisbol tenía raíces profundas. Este año se cumplen 90 años de la llegada de los primeros inmigrantes japoneses al país y, junto con ellos, también llegó una parte de su cultura.
En Paraguay encontró una comunidad nikkei en la que el béisbol tenía raíces profundas. Este año se cumplen 90 años de la llegada de los primeros inmigrantes japoneses al país y, junto con ellos, también llegó una parte de su cultura.

En Paraguay encontró una comunidad nikkei en la que el béisbol tenía raíces profundas. Este año se cumplen 90 años de la llegada de los primeros inmigrantes japoneses al país y, junto con ellos, también llegó una parte de su cultura. El béisbol se instaló en las colonias y pasó de generación en generación. Pero muchos de los entrenadores eran los propios padres de los jugadores.

Shinohara llegó para aportar conocimientos especializados: métodos de entrenamiento, fundamentos técnicos, maneras de enseñar y hasta conocimientos de arbitraje.

Los fines de semana se transformaron en días de viaje. Yguazú, Pirapó, Encarnación, Asunción y otras comunidades formaron parte de su recorrido.

Pero había otra tarea, quizá más ambiciosa para él. Conseguir que un niño paraguayo que jamás había visto un partido de béisbol pensara: “Quiero probarlo”.

Para eso comenzó a trabajar también en las clases de educación física de Nihon Gakko, institución a la que fue destinado a través de JICA. Y así nació algo que no existía antes: el primer club escolar de béisbol de Paraguay, integrado exclusivamente por estudiantes paraguayos no nikkei. Llegaron a ser cerca de 30 alumnos que empezaron de cero. Y poco a poco comenzaron a jugar, entrenar y compartir experiencias con equipos de las comunidades nikkei.

Shinohara encontró allí una de las mayores satisfacciones de sus dos años. Ver cómo los niños aprendían las reglas, mejoraban sus movimientos y regresaban cada semana con más ganas de jugar.

Cuando no hay pelotas, se hacen

Pero había otra tarea, quizá más ambiciosa para él. Conseguir que un niño paraguayo que jamás había visto un partido de béisbol pensara: “Quiero probarlo”.
Pero había otra tarea, quizá más ambiciosa para él. Conseguir que un niño paraguayo que jamás había visto un partido de béisbol pensara: “Quiero probarlo”.

En Japón, conseguir una pelota de béisbol no es un problema. En Paraguay, para quienes recién comienzan, puede serlo.

También comprobó las limitaciones de infraestructura y equipamiento. Su respuesta fue tan sencilla como japonesa:

si no había, tenía que encontrar una solución.

En algún momento llegó a fabricar alrededor de 400 pelotas de papel para que los alumnos pudieran practicar.“Si no se vende, lo hacemos nosotros mismos”, era la idea.

Aquellas pelotas improvisadas fueron mucho más que un recurso para una clase. Representaban el esfuerzo de un grupo de personas que quería que un deporte nuevo tuviera una oportunidad.

Shinohara considera que Paraguay tiene potencial, pero también identifica obstáculos: falta de espacios, materiales, personas capacitadas y recursos económicos.

En 2025, el béisbol fue registrado como deporte oficial por el Comité Olímpico Paraguayo. Es un punto de partida. También observa una alternativa interesante en el Baseball5, una modalidad que puede practicarse sin el equipamiento tradicional.

Pero hay algo que no quiere perder: el bate. Para Shinohara, una de las grandes maravillas del béisbol sigue siendo precisamente ese instante en que alguien golpea una pelota.

De Japón a Paraguay y viceversa<b> </b>

En algún momento llegó a fabricar alrededor de 400 pelotas de papel para que los alumnos pudieran practicar.“Si no se vende, lo hacemos nosotros mismos”, era la idea.
En algún momento llegó a fabricar alrededor de 400 pelotas de papel para que los alumnos pudieran practicar.“Si no se vende, lo hacemos nosotros mismos”, era la idea.

Durante estos dos años vivió con una familia paraguaya de ocho integrantes. Entró en su rutina, compartió comidas, conversaciones y celebraciones. Descubrió una sociedad en la que la familia y los amigos ocupan un lugar central.

Le sorprendieron los abrazos de los estudiantes antes de comenzar las clases y la manera en que la cultura paraguaya se transmite en las escuelas a través de la danza, la música y la gastronomía.

Algo inolvidable para él es el baile de la botella. Su contraparte en el trabajo era profesora de danza y decidió que debía intentarlo. En la prueba Shinohara descubrió que, pese a todos sus conocimientos deportivos, no tenía demasiado talento para mantener una botella sobre la cabeza mientras bailaba. Pero se llevó el recuerdo y la calidez de la gente: “Después de vivir en Paraguay, volví a descubrir el verdadero valor de la familia y de los amigos”.

El tereré: sentirse paraguayo

Hubo otra costumbre que, al principio, le resultó incomprensible: El tereré.

Para un japonés que había vivido los cambios culturales posteriores a la pandemia, compartir un recipiente que pasa de mano en mano era algo difícil de imaginar. La primera vez que lo vio, no podía creerlo. Después comenzó a participar.

En algunos viajes en automóvil ocupaba el asiento del acompañante y hasta se encargaba de preparar y pasar el tereré. Era su manera de sentirse parte de Paraguay. La bebida también estuvo presente durante sus jornadas de béisbol con niños y entrenadores bajo el calor paraguayo, una pelota, un bate y un termo. Una combinación que Shinohara terminó asociando para siempre con su experiencia en el país.

Como despedida, el equipo Pirapó Oeste le regaló un termo grande que ahora lo tiene en Japón con el propósito de mostrar Paraguay.

Además de la bebida, si hubo algo que Shinohara no dejó pasar durante su estadía fueron las comidas típicas: chipa, mbeju, vori vori, sopa paraguaya, chipa guasu, milanesa y otras.

Asegura que un plato ocupó un lugar especial: el vori vori. “Es difícil explicar exactamente su sabor”, reconoce, aunque tiene clara la conclusión: entendió perfectamente por qué había sido considerado como una de las mejores sopas del mundo. También descubrió el surubí, que terminó formando parte de su despedida gastronómica. La última noche que pasó en Paraguay eligió una milanesa de surubí.

El idioma que llegó con los afectos

Cuando Shinohara llegó a Paraguay, su español apenas alcanzaba para los saludos. Dos años después consiguió aprobar el DELE B2. La transformación no ocurrió solamente en un aula. Ocurrió en la calle, en las escuelas, en los entrenamientos, en las familias, en las comunidades.

Los paraguayos fueron sus profesores.

También aprendió palabras y expresiones en guaraní.

Para él, aprender el idioma fue parte de adaptarse al país y, sobre todo, de poder relacionarse con las personas.

La pelota también se convirtió en un idioma para él. Durante el Mundial de este año vio el partido contra Alemania junto a paraguayos en calle Palma. Compartió la celebración, lloró con ellos y hasta terminó siendo levantado por la multitud. Ese mismo día, muchos paraguayos intentaron consolarlo por la derrota de Japón ante Brasil.

Fue entonces cuando volvió a comprobar el extraño poder del deporte. “Paraguay se convirtió en mi segunda patria” y cuando se fue dejó una promesa. En la familia, donde hizo su homestay, conoció a un niño de cinco años. Le prometió que volvería para asistir a su fiesta de cumpleaños cuando cumpliera 15.

La banda paraguaya Los Chippi fue una compañía permanente durante sus dos años en el país. La música lo acompañó y se convirtió en parte de sus recuerdos.

Existe, además, una conexión particular: uno de los integrantes es padre de uno de los alumnos a quienes Shinohara enseñó japonés.

“Mi corazón siempre estará en Paraguay”, afirma.  

Ahora que regresó a Japón trabaja en actividades vinculadas a JICA y aprovecha para compartir su experiencia paraguaya. También prepara un nuevo capítulo profesional relacionado con el béisbol.

Shinohara no quiere que Paraguay quede reducido a una experiencia personal. Quiere que más personas en Japón conozcan el país que él conoció y se convirtió en su segunda patria. “Gracias, Paraguay. Y que la amistad entre Paraguay y Japón sea eterna”.