Ñeembucú: bonita y aventurera

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Ñeembucú, por la belleza única de sus humedales, rica fauna, pueblos apacibles y llenos de historia, es la zona ideal para disfrutar una aventura en este verano. Sus costas sobre los ríos Paraná, Paraguay y Tebicuary atraen también a los amantes de la pesca deportiva.

A pesar de que su turismo más promocionado sea la pesca deportiva, el departamento de Ñeembucú se constituye en una joya para el país. Sus pueblos pocos conocidos ofrecen, además de la amabilidad de su gente y el clima ideal, maravillas naturales para quienes deseen realizar una escapada al interior del país en este verano.

Sus caminos de tierra —solo el acceso a la capital, Pilar, cuenta con pavimentación asfáltica— están llenos de encantos naturales, muy admirados por los citadinos, ya que es común observar bandadas de aves, como garzas, cigüeñas y flamencos en las aguadas. También, se pueden ver avestruces y venados a pocos metros del camino.

La tradición y las antiguas costumbres, como cocinas a leña y los carros tirados por bueyes, siguen latentes en los pueblos que se desenvuelven sin la intervención de los avances de la tecnología.

Ir por la ruta Villeta-Villa Oliva representa toda una aventura, ya que con este trayecto, la capital del departamento solo queda a 180 km de Asunción. La vía más utilizada es por Misiones, a través de la ruta I Mariscal Francisco Solano López, por donde la distancia es de 358 km. Elegir el primer camino, más allá de ser solo recomendable para vehículos 4x4, es optar por la naturaleza. En su trecho, uno se encuentra con tropas de ganado guiadas por los típicos gauchos que saludan al pasar con la cordialidad paraguaya y denotan así el tesonero esfuerzo del hombre de campo. En algunos puntos, el trazado pasa por establecimientos ganaderos privados, por lo cual uno debe bajarse para abrir los portones y se tiene, además, la posibilidad de interactuar con algún que otro peón.

Los pueblos ubicados en este tramo son: Villa Oliva; Alberdi, cuyo fuerte es el comercio, especialmente con su vecina, la ciudad de Formosa, Argentina; Villa Franca, con sus costas sobre el Paraguay, conocidas por su turismo pesquero; San Juan Bautista del Ñeembucú, por donde se pasa en balsa; Tacuaras y Guazú Cuá, hasta llegar a la ciudad de Pilar. En todos estos pueblos se pueden encontrar alojamientos.

A pesar de que los caminos no recibieron mantenimiento en varios años, es posible hacer toda esta travesía en una mañana y llegar a disfrutar de un delicioso almuerzo en la capital departamental, donde se cuenta con establecimientos de primer nivel. El servicio gastronómico está a la altura de las mayores exigencias y, sobre todo, reina el orden y encanto de las casas coloniales en todas las avenidas.

Los mágicos atardeceres se pueden disfrutar a orillas del río Paraguay y, luego, una suculenta cena en los restaurantes locales, donde el plato fuerte es el pescado. Para los jóvenes, existen numerosos pubs y discotecas con buena música, incluso a orillas del arroyo Ñeembucú, donde también se construyó la pintoresca costanera que reúne diariamente a una gran parte de la población local.

En sus principales avenidas, entre las calles adoquinadas, pasean los apacibles pilarenses en sus bicicletas, que no han cedido del todo ante el avance de las motocicletas. En la mayoría de los comercios, incluso, se conservan los bloques para estacionar las bicis.

Al Sur

Además del encanto y la maravilla de la convergencia de los ríos Paraná y Paraguay, el sur de Ñeembucú y, por ende, el último punto de nuestro territorio nacional guardan una rica historia, marcada por el heroísmo de los soldados, quienes dieron su vida por la soberanía de la patria en la Guerra contra la Triple Alianza. Las ruinas de Humaitá, que están rodeadas de jardines llenos de flores, permanecen intactas a pesar de haber estado cerca de inundarse a principios del 2014; además, su museo y un caminero que llega hasta el río Paraguay brindan un encanto especial a la zona que otrora fue escenario de combates que marcaron la historia y el porvenir de nuestra nación.

Cruentas batallas, como las de Paso de Patria, Estero Bellaco, Boquerón, Humaitá, Curupayty y Sauce dejaron vestigios en la población y muchos de ellos se conservan en los museos locales.

Al margen del caudaloso e imponente río Paraná, Ñeembucú guarda sus mayores tesoros, que encantan a la vista y atraen a pescadores de todo el país e, incluso, del extranjero. Ya desde el mirador de Ita Corá, en las cristalinas aguas del cauce, se pueden ver peces de considerable tamaño que van hasta la orilla a alimentarse y dejan anonadados a los amantes de la pesca. Sus pequeños botes de madera reposan en las orillas y los intrépidos pescadores extienden sus redes en el río, casi siempre, con fructíferos resultados.

Pero el mayor tesoro ñeembucuense se encuentra ya casi en el límite con el departamento de Misiones. Una paradisiaca playa de arena blanca y cristalinas aguas es lo que ofrece Cerrito, un destino turístico que, a pesar de su belleza y encanto, es poco conocido. Su población se dedica mayormente a la ganadería, y desde la entrada se percibe la laboriosidad y esfuerzo mutuo de los habitantes.

La playa es pública, con gran espacio para acampar; además, cuenta con baños y duchas al servicio de los visitantes sin coste alguno. Está ubicada a metros de la avenida principal que, a su vez, está rodeada de enormes árboles de pino y de la bonita iglesia.

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