George Steiner, o de la perennidad de la fama

Nacido en París en una familia judía de origen centroeuropeo, el ensayista, narrador y crítico literario de nacionalidad estadounidense George Steiner, considerado una figura fundamental en el campo de los estudios de literatura comparada, ha fallecido este lunes 3 de febrero a los 90 años de edad.

George Steiner,  o de la perennidad de la fama
George Steiner, o de la perennidad de la famaArchivo, ABC Color

Rara vez hay una muerte clarificadora, y la del opaco George Steiner no luce como una de esas veces extrañas y luminosas. Penoso para un intelectual profesional que siempre hizo valer sus fueros de excepcionalidad prodigiosa: el increíble buen éxito singular en este reclamo es el enigma de su tumba, como antes lo fue de su carrera. La vida del catedrático, conferencista, polígrafo, crítico, periodista literario, ensayista, narrador, poeta judío cuatrilingüe franco-americano, se extinguió a los noventa años en la ciudad inglesa de Cambridge, donde era investigador extraordinario, dignidad honorífica conferida por la Universidad en 1969. La sostenida elevación cultural de sus opiniones vertidas en artículos o libros traducidos a todas las lenguas cultas y la presencia real del adalid de Jerusalén y de Occidente en diarios, revistas ilustradas y otros medios audiovisuales sostuvieron durante décadas ese tipo de familiaridad hogareña que hace que hoy esté aquí, en la tapa del Cultural, sin otro mérito incuestionable que esa misma fama mayúscula.

Durante veinte años, desde 1974 hasta su jubilación, Steiner enseñó Literatura Comparada en la Universidad suiza de Ginebra. Queda fuera de duda que el profesor internacional conoció muy bien la literatura y el pensamiento occidentales de Primera División, desde la Biblia hasta Borges, desde Dostoyevski hasta Heidegger, y desde Sófocles hasta los guionistas de Los Sopranos. Publicó estudios y artículos y novelas y nouvelles y memorias sobre estos temas y sobre Babel y el Holocausto. Libros todos irreprochables, ninguno irremplazable, ninguno íntegramente memorable. En su lectura encontramos noticias pertinentes y completas sobre las ramificaciones de tantos temas –el autor hace gala de hacer bien los deberes– junto a respingos querulantes y reconvenciones a quien leyere.

Aunque Steiner guste de presentarse como erudito, sus libros son de divulgación: buscan el aplauso de un público amplio antes que la admiración de los especialistas. Inocultablemente periodística fue la redacción regular de artículos bien informados y verbosos y extensos y quejosos para The New Yorker. Durante treinta años, el comparatista ginebrino fue crítico y reseñista bibliográfico en la satinada revista semanal neoyorquina: al magisterio de la obviedad europea tocó un nicho de luxe entre chismes y crímenes y cartoons y kisskissbangbang de la cultura pop norteamericana.

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En Steiner, la pasión por el elitismo se ve frustrada por su incompatible, simultánea y proactiva pasión por el exhibicionismo. En cada formulario de aduana y cada declaración de impuestos –es de los que se presentan espontáneamente a la DGI–, Steiner declara que todos sus bienes son suntuarios, lujosos, y los más caros del mercado aunque él no haya pagado ni uno solo con sobreprecio o descuento: su dinero vale.

Para Steiner, armar el arca de Noé de los mejores libros en tiempos sin literatura, fortalecer y predicar un canon occidental de lectura obligada ya que no obligatoria –el proyecto militante de otro influyente crítico y catedrático judío muerto en estos meses últimos, el norteamericano Harold Bloom–, es algo demasiado barato, útil para las clases medias del gusto y de la valoración estética.

Steiner evitó ser visto como un nostálgico convencional, ni en las letras ni en la moral personal, y así como en sus memorias, Errata, elogia y admite el uso personal y crematístico del sexo comercial para su satisfacción propia y personal, en el Times Literary Supplement publicó un ensayo-manifiesto pionero, cuando aún Netflix no prevalecía, un himno a la alegría fraterna universal en el que exaltaba las nuevas series de televisión como la espléndida forma narrativa de mayor excelencia artística en el siglo XXI.

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El fervor y el júbilo en enunciar la alta vara y valía de las series sonó con un eco o un armónico vehemente en tantas vidas paralelas de la academia humanista, docentes que entendieron que intervenir y reconvenir mucho antes que leer demasiado es su más urgente misión y destino. La gimnasia de la degustación y cata del gratén literario comparado no da tiempo para largas lecturas.

Steiner, que tantas carencias llora, nunca vertió una lágrima porque el tiempo tirano no le deja leer libros largos –al revés, no tiene paciencia ni pasión por textos que obligarían al autor de Lenguaje y silencio a omitir comentarios antes de llegar al demorado final. En cambio, en una maratón en que a las corridas nos vemos el cofre con The Wire, se revela sincero. Los libros más largos que Steiner leyó en su vida son la Biblia y En busca del tiempo perdido, que en realidad son colecciones de libros. Las Memorias de Saint-Simon, José y sus hermanos de Thomas Mann, los Episodios Nacionales de Pérez Galdós o las poesías completas de Joaquín Morales, siendo obras aristocráticas de exigente cultura, sabiduría (y astucia) técnica, y cruel autoconciencia lingüística no interesarían a Steiner, porque son reacias al sampleado: también en esto resulta Steiner menos clásico y más coetáneo de lo que brilla: un contemporáneo nuestro, un joven eterno, luchando hasta el fin por ganar y obtener los mejores puestos definitivos en la gerontocracia más exigente.

alfredogrie@gmail.com

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