Morir en Paraguay. Exilio y destino de José Artigas

El 5 de setiembre de 1820 José Artigas cruza el Paraná e ingresa a Paraguay por Itapúa, la actual Encarnación. Quedaba atrás una década de lucha en la Banda Oriental. Una etapa jalonada por victorias y derrotas. Tiempo de fragua de un pensamiento libertario, republicano y federal. Errores tácticos, flaquezas humanas y traiciones variopintas lo condujeron hasta Candelaria. Culminaba el frenesí revolucionario y comenzaba una nueva etapa de su vida. El Paraná fue su Rubicón, alea jacta est.

Monumento a Artigas, departamento de Rocha, Uruguay (Wikimedia Commons).
Monumento a Artigas, departamento de Rocha, Uruguay (Wikimedia Commons).GENTILEZA

¿La retirada se materializó en el marco de un «repliegue táctico»? ¿El caudillo oriental pretendía una alianza militar con José Gaspar Rodríguez de Francia, Dictador Supremo de la República? ¿Aspiraba volver a la Banda Oriental con refuerzos para continuar la lucha? Por el contrario, ¿tenía conciencia de su derrota? ¿La carencia de recursos humanos y económicos lo convenció de la imposibilidad de seguir combatiendo? ¿Por qué no retornó a «su patria»? ¿Razones de edad, deseo de no participar en luchas fratricidas, negativa del gobernante? Son preguntas para las que no hay respuestas certeras y sobre las que se debatió desde la propia creación del Estado Oriental.

El periplo de Artigas en Paraguay es conocido: unos meses de confinamiento en el convento asunceno de La Merced, veinticinco años de aislamiento en la villa de San Isidro de Curuguaty y, por último, un lustro de residencia en las afueras de la capital bajo la protección de Carlos Antonio López.

Según Daniel Hammerly Dupuy, mientras «vivió en el Paraguay, Artigas pasó por tres etapas de duración desigual. Primeramente, respondió a las reclamaciones lógicas de su mente que le sugería proyectos democráticos de vasto alcance político. Cuando la actitud del Dictador Perpetuo trabó su libertad política, entró en una nueva etapa psicológica, que reclamó después de las primeras reacciones un acomodamiento a las circunstancias, superando las dificultades mediante las tareas que contemplaban la satisfacción de la labor misma y el bienestar de los menesterosos. La etapa póstuma fue biológica y espiritual, su duración fue determinada por la vitalidad del organismo y templada por las esperanzas de orden trascendente».

En Curuguaty, Artigas llevó una vida apacible, alterada solo por la visita de Aimé Bonpland (1831). Alejado de las turbulencias políticas y militares, se dedicó a tareas de labranza y a cultivar su espiritualidad.

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El padre Fidel Maíz refirió a Juan Zorrilla de San Martín que, según tradiciones orales, el doctor Francia le hacía llegar mensualmente una onza de oro con la que Artigas costeaba sus necesidades e incluso ayudaba a los pobres de la localidad.

Su hijo José María lo visitó en Ibiray y permaneció tres meses junto a él. Aquellos vecinos, «aquellos pobres que tanto quieren y veneran a mi padre, se reúnen con él para rezar el rosario, cuando el toque de oraciones de las campanas distantes llega hasta ellos de la Asunción, los vi todos los días en el mismo sitio. Mi padre hacía coro; los demás arrodillados en torno suyo, contestaban las oraciones, muchos de ellos, la mayor parte, en guaraní. Al concluir todos se retiraban a sus casas, después de saludar, uno a uno, con veneración al viejo, este entraba a paso lento en su rancho, y se acostaba muy temprano». El rosario era una de las devociones familiares más comunes en la América hispana desde los tiempos de la colonia. El caudillo no hacía más que retomar la práctica de una oración que había aprendido en el seno de su hogar y que seguramente debió suspender en los ajetreados años de su vida pública.

En Ibiray tuvo una vida social más activa que en San Isidro. Recibió, aparte de la de su hijo, la visita de figuras como Alfredo Demersay, José María Paz, Enrique Beaurepaire-Rohan y Rómulo Yegros.

El carácter de las relaciones entre el doctor Francia y Artigas es uno de los asuntos que más curiosidad e interés han generado entre los historiadores. Algunos autores piensan que fue un prisionero. Otros plantean, por el contrario, que fue recibido como un asilado político.

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El dictador le aseguró los recursos necesarios para que llevara una vida digna y, además, no accedió a la solicitud del «Supremo Entrerriano» (Francisco «Pancho» Ramírez) para que se lo entregara con el propósito de juzgarlo. Francia comentaría que recibió al caudillo porque consideró «un acto, no solo de humanidad, sino aún honroso para la República el conceder un asilo a un jefe desgraciado que se entregaba». Desde esta perspectiva, el gobernante paraguayo podría ser considerado como precursor del Derecho de Asilo en América.

También brindó asistencia material y protección a varias decenas de personas que acompañaron a Artigas en su retirada. Se trataba de un grupo de «lanceros negros» que fueron ubicados en unos terrenos aptos para la agricultura a dos leguas de Asunción. Formaron una comunidad de afrodescendientes, denominada Cambá Cuá, que sobrevive en la actualidad.

Artigas y Francia nunca se encontraron. El dictador sabía que el caudillo oriental le solicitaría apoyo para retornar al escenario de lucha y recuperar la autoridad perdida. Consideraba totalmente inconveniente una empresa de ese tipo, tanto por la situación interna de Paraguay como por el contexto geopolítico internacional (la «anarquía» imperante en las provincias del antiguo Protectorado artiguista, la Banda Oriental ocupada por Portugal). Sus prioridades eran asegurar la independencia paraguaya y sostener una política de no intervención en los conflictos regionales.

Interpretaciones sobre las razones del ingreso de Artigas a Paraguay, reflexiones sobre su estatus jurídico, especulaciones en torno a la formación de una hipotética familia con Clara Gómez Alonso (con quien habría tenido un hijo llamado Juan Simeón), motivos por los que no volvió a Uruguay... Son cuestiones que seguirán en debate mientras no se encuentren nuevos documentos que brinden respuestas satisfactorias.

¿Qué nos queda de los treinta años de residencia del patriarca oriental en suelo guaraní? Su exilio es uno de los principales emergentes de los vínculos pluriseculares entre Uruguay y Paraguay. Estas relaciones tienen una tradición profunda, se remontan a comienzos del siglo XVII, cuando el asunceno Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) introdujo el ganado en la Banda Oriental, y se proyectan hasta el presente en el contexto del Mercosur. Estas relaciones fraternas se materializan, por ejemplo, en la casi centenaria «Escuela Artigas», erigida en el predio donde el prócer pasó sus últimos años, y en el frenesí musical del candombe en la comunidad de Cambá Cuá.

Los vínculos entre las naciones y los procesos de integración regional deben tener, para ser efectivos y exitosos, un sustento cultural profundo. El conocimiento mutuo, la conciencia de tradiciones y convicciones compartidas favorece el entendimiento entre los gobiernos y los pueblos.

Las tres décadas de residencia del prócer oriental en Paraguay integran el acervo inmaterial que explica y fortalece el patrimonio relacional intangible entre ambos países. Rescatar y preservar ese acervo es necesario para nuestros «estados-frontera» que pugnan en el marco de la Cuenca del Plata, desde el período revolucionario, por mantener su independencia y soberanía frente a sus vecinos con pretensiones tradicionalmente hegemónicas, Brasil y Argentina.

Los vínculos y los sentimientos de hermandad, nacidos en el humus de exilio de Artigas, son muy fuertes entre los «socios menores» del Mercosur. En 1913, por ejemplo, se organizó una «peregrinación» de jóvenes uruguayos a Paraguay. La delegación oriental era portadora de diversos mensajes de confraternidad enviados por intelectuales y políticos. Uno de los más significativos fue el de José Enrique Rodó. El autor de Ariel expresó que «el Uruguay es el Paraguay atlántico y el Paraguay es el Uruguay de los trópicos».

En 1841, luego de la desaparición física del doctor Francia, los cónsules Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso comunicaron al anciano residente en Curuguaty que tenía plena libertad para volver a su patria. Este prefirió quedarse, solicitó a los gobernantes licencia para permanecer allí hasta el término de sus días. Como a muchos otros viajeros, dice Carlos Pastore, «la naturaleza paraguaya había realizado el milagro de aprisionarlo con su belleza y el pueblo de retenerlo con sus virtudes hospitalarias».

El 23 de setiembre de 1850, en Ibiray, luego de recibir los últimos sacramentos administrados por el presbítero Cornelio Contreras, el prócer oriental expiró. Pudo cumplir así su deseo de morir en Paraguay.

(Universidad de la República, Uruguay)

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