«Vicente Lizcano estuvo en el Paraguay antes de ser expulsado a la Argentina en abril-mayo de 1906». Esa fue la información que me facilitó un colega investigador colombiano, Miguel Galindo, quien se encuentra trabajando en una tesis posdoctoral en la Universidad Libre de Berlín sobre la figura del mítico y errante anarquista colombiano nacido en Chinácota, Santander, Colombia, en 1879, y fallecido en Pamplona, Santander, Colombia, en 1942.
Galindo contaba con una información publicada en el periódico anarquista de Buenos Aires La Protesta en mayo de 1906, que indicaba que Lizcano —que ya había adoptado el pseudónimo de Biófilo Panclasta, «amante de la vida y destructor de todo»— había sido expulsado desde el Paraguay a la Argentina. La cuestión es que el colega mencionado me pidió si era posible encontrar algún rastro del paso de Lizcano por estas tierras. El dato era que habría ingresado a principios de 1906 y sido expulsado a fines de abril o principios de mayo del mismo año. Desde ya, acepté darle una mano por dos razones: porque siempre lo hago en la medida de mis posibilidades y tiempos, y porque todo lo referente al anarquismo en el Paraguay me genera curiosidad, y más si se trata de un enigma a resolver, de esos casos en los que la respuesta no se encuentra en internet.
Acepté, sí, pero con escepticismo. Mi sensación —y se lo manifesté a mi colega en la primera respuesta— era que sería difícil encontrar algo. Principalmente por el estado general de los archivos en el Paraguay, y también porque no era solo cuestión de consultar en los periódicos una fecha precisa entre enero y mayo de 1906. Además, se sumaba la hipótesis de que ese dato publicado en La Protesta podría no ser real, ya que la vida de Biófilo se encuentra llena de mitos y leyendas. O, incluso, la de que su «expulsión» de Paraguay no fuera tal y hubiera abandonado ese país por propia voluntad, con lo cual difícilmente se encontraría noticia alguna en la prensa. Otra posibilidad era que esa expulsión no se hubiera cumplido con todos los requisitos legales y simplemente le hubieran hecho cruzar el río. Por último, existía otra variable que me hacía descreer del paso de Lizcano por aquí: la ausencia de menciones a su figura en los estudios clásicos sobre el movimiento obrero paraguayo (1).
¿Es posible que la legendaria figura del anarquista colombiano Vicente Lizcano haya iniciado su mítica colección de estadías en presidios en estas tierras? ¿Por qué no quedó en la memoria del anarquismo local el recuerdo de sus meses en Paraguay, como sí sucedió con Pietro Gori o con el mismo Rafael Barrett, mencionados en los trabajos académicos y en los libros testimoniales de Ciriaco Duarte o de Ignacio Núñez Soler?
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En todos los casos se detalla que hasta fines de 1904 estuvo involucrado en las luchas políticas colombianas por la recuperación del territorio panameño. Y, luego de un per saltum, aparece en Argentina en 1906, país en el que Biófilo habría entrado en contacto por primera vez con las ideas anarquistas, antes de su viaje a Europa.
En su carta a Aurelio de Castro (2), en donde detalla su biografía llena de persecuciones, omite su paso por el Paraguay y se detiene en su llegada a la Argentina en 1906. Sin embargo, el mismo Biófilo nos dejó una pista sobre su paso por Paraguay sobre la que ningún investigador profundizó. En 1936, a solo seis años de su muerte, en una entrevista que le realizó Rafael Gómez Picón, Lizcano afirmó: «Fugado de allí (Colombia) planté mi tolda en Buenos Aires y más tarde en Asunción, no sin antes haber recorrido toda la América del Sur, y en 1907 partí para Europa» (3).
Pero claro, ¿podíamos tomar como cierta esa declaración? En su vida el mito se confunde con la realidad. Por ejemplo, todavía no podemos confirmar esa leyenda sobre su participación en un congreso anarquista en Barcelona en 1923 al que habría asistido como delegado de la Asociación Anarquista Mexicana. El relato que corre es que, luego de una serie de discursos, Biófilo pidió la palabra y propuso llevar a cabo lo que dio en llamar «Operación Europa». ¿En qué consistía? En organizar un «comité internacional encargado de ordenar, planear y ejecutar en un mismo día el asesinato del zar de Bulgaria, el emperador de Inglaterra, del rey de Italia, del rey de Egipto, el Arzobispo de México, del presidente de Francia, del cardenal arzobispo de Toledo y de León Daudet» (4). Tampoco es posible determinar la veracidad de la creencia de que estuvo detenido en más de 300 ocasiones, así como tampoco sus encuentros con los revolucionarios más reconocidos de su tiempo, como Lenin o Kropotkin.
Precisamente por la imposibilidad de abordar todas las leyendas sobre Panclasta es que aquí solo nos limitaremos a determinar si realmente estuvo en Asunción entre enero y mayo de 1906. Y la respuesta es que sí. Una consulta a conciencia en la hemeroteca siempre da sorpresas. Efectivamente, aun no teniendo la trayectoria que sí adquiriría después, Lizcano dejó huellas en Asunción. Pese a que en ninguna de las biografías disponibles sobre su itinerario (5) se menciona su paso por Paraguay —hallazgo que es mérito de Miguel Galindo—, el mismo existió y se produjo en una parte de ese bienio obscuro en cuanto a fuentes: 1905-1906.

No se sabe muy bien la forma en que llegó a Asunción, pero para el 21 de enero de 1906 Lizcano participó del primer aniversario de la fundación del Centro General de Obreros (CGO), una agrupación típica de aquella época en que primaron las concepciones regeneracionistas en las que se creía posible el trabajo en común de patrones y obreros. Apoyado por el mismo gobierno liberal surgido de la revolución armada de 1904, el CGO estaba integrado tanto por figuras que en el futuro integrarían el Partido Comunista del Paraguay (el procurador Lucas Ibarrola y el platero Martín Báez), dirigentes anarcosindicalistas como el carpintero Marcelino Gamarra, y miembros de la élite liberal como su presidente, Manuel M. Patiño. En aquella jornada, en la que según la prensa acudieron «distinguidas familias», el presidente del Centro, Patiño, se refirió a la «grandeza nacional». Después de él, hablaron los delegados de las sociedades de sastres (Roque Pérez) y de carpinteros (José Silva), quienes estuvieron «muy felices y oportunos» según la crónica. Le siguió a estos el director del periódico Rojo y Azul, Rufino Villalba. Y aquí viene el dato revelador:
«Habló también el señor Vicente R. Lizcano en nombre del socialismo obrero, y aunque habló muy bien, el presidente del Centro rectificó y aclaró en cierto modo sus palabras, manifestando a la concurrencia que las palabras del señor Lizcano no querían decir que la sociedad tenía alcance socialista, pues esta era, simplemente, una sociedad de socorros mutuos obreros» (6).
Esta convivencia entre polos antagónicos que proponía el CGO no podía durar mucho. Y así es que a mediados de 1906 los obreros se abrirían para formar sus propias sociedades de resistencia. Quiere decir que Lizcano, con su discurso disruptivo del 21 de enero, con cuyo contenido no contamos, anticipó la inevitable crisis entre intereses contrapuestos.

Un interrogante histórico que quedará en penumbras es si Vicente Lizcano y Rafael Barrett compartieron algún encuentro en los espacios de la sociabilidad asuncena entre enero y mayo de 1906. ¿Pudo haber ocurrido? Sí. Ambos estuvieron en Asunción en ese lapso de tiempo. Es más, sería menos probable que no se hayan conocido en un espacio tan pequeño como la ciudad de aquel entonces. Ambos presentaban itinerarios parecidos. Lizcano, al igual que Barrett, llegó primero a Buenos Aires, y de ahí remontó río hasta Asunción. Del mismo modo, ambos fueron expulsados del Paraguay por sus discursos anarquistas. ¿Diferencias? También. Biófilo fue hijo de una madre soltera campesina que tuvo que trabajar como sirvienta de hacendados, y Barrett, hijo legítimo de familia distinguida.
¿Por qué ninguno de los dos mencionó en ninguno de sus escritos al otro? Seguramente porque a mediados de 1906 ni Lizcano ni Barrett eran lo que fueron después. Además, en el momento en que Lizcano generó resquemores en el CGO con su discurso de enero de 1906, Barrett recién comenzaba a abandonar las tertulias de la alta sociedad asuncena y empezaba a publicar en los periódicos textos de contenido social. Solo a partir de 1907-1908 emprendería un camino de crítica social por el cual hoy lo recordamos, es decir, cuando Lizcano ya había sido expulsado del Paraguay.
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Este, todavía, anonimato de Lizcano en 1906, antes de convertirse en el temible y mítico anarquista errante, también explicaría la falta de cobertura sobre su expulsión del Paraguay en las páginas del periódico anarcosindicalista El Despertar, vocero de la Federación Obrera Regional Paraguaya (FORP), en su primer número de mayo de 1906. Cierto perfil individualista —más allá de si intervención en el CGO— es otro elemento que explicaría su ausencia en las memorias de la FORP y de la historia del anarcosindicalismo paraguayo.
A modo de cierre, se puede concluir en este breve texto que el fugaz paso de Lizcano por estas tierras nos deja tres aspectos a incorporar en la memoria obrera paraguaya. En primer lugar, el de sumar su nombre al listado de anarquistas extranjeros que dejaron huella en Asunción, como los mencionados Pietro Gori, Rafael Barrett, Francisco Serrano o Rodolfo González Pacheco. En segundo lugar, su intervención en el CGO para dejar evidencia de los problemas de la naturaleza contradictoria de esa entidad que buscaba la conciliación de clases. Y en tercer lugar, se podría aventurar que aquellos cinco o seis meses en Paraguay podrían matizar la afirmación presente en sus relatos biográficos sobre su despertar anarquista, el cual, quizá, pudo haber surgido antes, al norte de la Argentina.
Esta «yapa» —o capítulo XIV— de la serie ya concluida sobre el anarquismo paraguayo confirma una vez más que la historia de este movimiento ideológico-cultural en el Paraguay es un libro con la mitad de sus páginas escritas, pero la otra mitad en blanco, esperando que futuras investigaciones rellenen ese hueco abierto desde hace décadas.
Referencias
(1) Francisco Gaona, Introducción a la Historia Gremial y Social del Paraguay, Asunción, Arandurã, 2008; Milda Rivarola, Obreros, utopías y revoluciones. Formación de las clases trabajadoras en el Paraguay liberal (1870-1931), Asunción, CDE, 1993.
(2) Publicada originalmente en El Pueblo, Barranquilla, No. 219, 18 de abril de 1910, p. 3; y reproducida en AA.VV. Biófilo panclasta, el eterno prisionero (Bogotá: Ediciones Proyecto Cultural Alas de Xue, 1992), pp. 159-163.
(3) Entrevista original de Rafael Gómez Picón, «Estampillas de timbre parroquial» (Editorial Renacimiento, Bogotá, 1936, pp. 96-112). Reproducida en AA.VV. Biófilo panclasta, el eterno prisionero, p. 266.
(4) Anécdota publicada en El Deber, Bucamaranga, No. 4830, 31 de enero de 1940, p. 1.
(5) Para una biografía básica sobre Lizcano, ver su entrada biográfica en el Diccionario Biográfico de las Izquierdas Latinoamericanas (https://diccionario.cedinci.org/panclasta-biofilo/).
(6) «Centro de Obreros. Aniversario», La Tarde, 22 de enero de 1906, pp. 4-5.
*Mariano Damián Montero es historiador por la Universidad de Buenos Aires, magister en Historia Intelectual por la Universidad Nacional de Quilmes, investigador y autor de artículos sobre historia reciente del Paraguay publicados en revistas de diversos países. Ha publicado los libros Agapito Valiente. Stroessner kyhyjeha (Arandurã, 2019), Lincoln Silva: Obras completas (Arandurã, 2021) y Super Omnia Veritas. La Academia Paraguaya de la Historia y la dictadura de Stroessner (Arandurã, 2025).

