Todos los grandes museos tienen una historia oficial y una historia secreta. La segunda consiste básicamente en saqueos a mansalva, expolios violentos y transacciones espurias, es decir, en una serie de robos que nadie llama robos cometidos por ladrones que nadie llama ladrones. Largas temporadas de rapiña a lo largo y ancho del tercer planeta –de Italia al Congo, de Turquía a la India, de Egipto a Grecia, and so on– han dado al parisino Louvre, al neoyorquino Metropolitan, al londinense British Museum su fama de custodios de los tesoros del arte universal –léase, de guaridas de botines de guerra–. ¿Cómo podrían los grandes museos no ser una de las principales atracciones turísticas del llamado «primer mundo», si siempre están repletos de extranjeros que van allí a admirar el arte de sus propios países?
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Y es que, después de todo, ¿qué alternativa tienen? Imagínate que te roban tu cosa favorita, que sabes quiénes fueron –todo el mundo lo sabe: es de público conocimiento (hay personas que han escrito libros al respecto)–, que no solo no se han molestado en esconderla sino que la tienen expuesta e iluminada desde todos los ángulos y que no cabe duda de que es tu cosa porque tiene al lado una placa que la describe en detalle e incluye un párrafo que explica lo importante que es para ti y para tu cultura.

Si James Acaster habla en esos términos del Museo Británico (1), ¿qué decir del Louvre, estrella de las noticias del recién despedido 2025, año en el que fue despojado de ocho de las joyas de la Corona francesa llamadas napoleónicas? El Louvre sin duda es muy napoleónico: ¿no se lo debe todo a las spoliations napoléoniennes y al Directorio de la Primera República? Cuyo «gobierno revolucionario» encomendó expresamente al joven general que saqueara lo que hoy llamaríamos el «patrimonio cultural» de otras naciones para enriquecer su acervo y blanqueó la operación con el subterfugio de los ideales ilustrados. ¡Ah, estas revoluciones que comienzan y terminan en palacios! Imagínense, de tomar por asalto el de La Bastilla a terminar ocupando el del Louvre… ¡Cómo olvidar la imagen novelesca de Tommaso Puccini en los Uffizi, preparando la fuga de obras de arte más grande de la Toscana mientras el ejército francés se acercaba a Florencia! Porque, claro, apenas dos años antes Puccini había visto el botín de los expolios de Venecia y Roma desfilando triunfalmente por París camino a ser depositado en el Louvre, y era mejor poner las barbas en remojo. Corría el mes de octubre del año 1800, y no en vano decían en Italia: «Non tutti i francesi sono ladri, ma buona parte sì».
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Volviendo al otro octubre, el del recién pasado año, saboreen el paralelismo dickensiano de esta historia en dos ciudades (o en dos museos): el mismo día del robo de las joyas napoleónicas en París –sábado 18 de octubre de 2025–, en Londres, por la noche, 800 «personalidades de la alta sociedad» (sic) se reunieron para cenar –a 2000 libras (2300 euros) por cubierto– en la Galería Duveen del Museo Británico. The Pink Ball –nombre del evento– agitó el recinto con el glamur histeroide de bípedos tan inefables como el tory Rishi Sunak, fan de Thatcher, el rey del humor misógino y racista Sacha Baron Cohen –que, para sorpresa de nadie, ha trabajado con la CIA y el Mossad (2)– o la exmodelo y presunta estafadora (3) Naomi Campbell –torpemente envuelta en una ridícula bandera británica–, todos pavoneándose bajo los flashes delante de los Mármoles del Partenón –mármoles «robados (filched) de Atenas por el séptimo conde de Elgin», como escribió Christopher Hitchens (4)– a fin de proporcionar fotografías de la siempre codiciada escoria VIP a lo peor del público glocal.
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Permítanme reiterar que la acusación de robo contra Lord Elgin no es mía sino de Hitchens («Esa no es la descripción más completa de las obras de Fidias», observó sobre el lacónico permiso que obtuvo Elgin del régimen de ocupación turco para retirar trozos de piedra con inscripciones o figuras antiguas), que, por otra parte, no estuvo solo en su repudio de ese latrocinio. Lo precedió, entre otros, Colin Maclnnes, que causó revuelo con su descripción de obras maestras colgando «como cadáveres del gancho de un carnicero (like carcasses on butcher’s hook)» en su diálogo «Greeks and Vandals», publicado en julio de 1957 en la revista The Twentieth Century (5). Pero entre todas las voces que se han alzado para exigir la devolución de los mármoles mal llamados «de Elgin» a Grecia –y al Partenón, lugar para el que fueron diseñados: «no hace falta ser un experto en escultura griega para saber que su esencia es el equilibrio y la simetría», rotos con su amputación, decía Hitchens–, sin duda la más potente es la de Lord Byron.
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Byron cambió el discurso sobre los Mármoles del Partenón. Antes de que Las peregrinaciones de Childe Harold saliera de la imprenta en 1812, nadie en Inglaterra cuestionaba –no públicamente, al menos– que Lord Elgin hubiera sacado de la Acrópolis varias piezas del Erecteión, de los Propileos y del Templo de Atenea Niké, y 75 de los cerca de 160 metros que tenía el friso del Partenón, además de 15 de sus 92 metopas y 17 figuras de sus frontones. Fue Byron con sus versos –y no solo con los del Childe Harold: también con los de su furioso poema The Curse of Minerva (La Maldición de Minerva), de 1811– quien presentó por vez primera el caso desde una perspectiva completamente nueva. De pronto, la gran pregunta pasó a ser qué derecho tenía Lord Elgin a mutilar algo que llevaba miles de años en pie. Y, por asociación de ideas, qué derecho tenía Inglaterra, y qué derecho tenía Europa, a apropiarse de lo que fuera que se apropiara (que nunca ha sido poco). La poesía de Lord Byron dio comienzo a un debate que sigue agitando la conciencia moderna y dividiendo la política actual –y, por supuesto, si somos coherentes con el espíritu audaz de nuestro recordado poeta, estos cuestionamientos iniciales tendrán que llevarnos inevitablemente más lejos cada vez (porque, para comenzar, ¿qué derecho tiene nadie a tomar lo que es de todos?)–.

Notas
(1) Por si alguien no ha visto ese monólogo y le apetece verlo, se titula On The Absurdity Of The British Empire y está en YouTube y en Netflix.
(2) Alan MacLeod: «Closer Scrutiny Reveals How Close To State Power Sacha Baron Cohen Really Is». En: MintPress News (MPN), 5 de enero de 2022.
(3) «El fraude millonario tras la ONG de Naomi Campbell». En: Forbes, 16 de abril de 2025. También: «Prohiben a Naomi Campbell dirigir organizaciones benéficas por “mala conducta” financiera» y «Naomi Campbell apelará su prohibición de dirigir fundaciones por mala conducta financiera». (Adicionalmente, por si alguien tuviera interés en algunos casos anteriores de la misma persona: «Mia Farrow desmiente declaración de Naomi Campbell» y «Poca credibilidad en declaración de Naomi Campbell». No era mi intención ensañarme con la modelo, ya que, por principio, no considero a las modelos dignas de interés, pero debo admitir que ver a alguien posar envuelto en la bandera británica, especialmente en esa ocasión, en ese lugar y en medio de la delicada polémica internacional sobre los Mármoles del Partenón, me pareció en extremo desagradable).
(4) Christopher Hitchens: «Give them back their marbles». En The Spectator, sábado 1 de enero de 1983, p. 12. Aprovecho para comentar que quien esto escribe está harto de que otros periodistas entrecomillen el verbo robar y lo atribuyan a Grecia (ver, por ejemplo, la nota: «Los “robados” Mármoles del Partenón, primer ministro griego pide a Londres su devolución»; hay una auténtica pandemia de comillas en esos breves párrafos, comenzando por el título). El verbo está en Hitchens y otros autores británicos. Dejen de ser más papistas que el Papa.
(5) Colin MacInnes: «Greeks and Vandals». En The Twentieth Century, julio de 1957.

