Hay escritores movidos por una pulsión misteriosa, ajena al afán de reconocimiento, que en vida publican poco y a regañadientes y cuya gloria es póstuma. Burócratas o ermitaños de vidas grises y aventuras interiores, y, por lo tanto, secretas: Kavafis sumergido en la rutina del Ministerio de Obras Públicas, Kafka atrincherado en su escritorio de oficinista, Emily Dickinson detenida para siempre en su habitación de la casa paterna, Lovecraft soñando blasfemias cósmicas en su opaca pensión provinciana… y, por supuesto, Pessoa.
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Fernando Pessoa nació en Lisboa en 1888. Su padre murió de tuberculosis cuando tenía 5 años, y su hermano Jorge no tardó en seguirlo. Su madre se casó en segundas nupcias con un oficial de Marina, que fue nombrado cónsul en Durban, y la familia se mudó a Sudáfrica. Pessoa volvió a Lisboa para cursar estudios universitarios, que abandonó al primer año. En 1907 murió su abuela Dionisia, dejándole una pequeña herencia. Un tío suyo le mostró con cálculos que, si la invertía y administraba con prudencia, podría vivir de rentas, exclusivamente dedicado a su vocación de escritor, durante al menos 15 años. Pero Pessoa compró una imprenta, alquiló oficinas, contrató linotipistas y pagó traducciones de obras portuguesas que todo el mundo tenía que conocer… La editorial quebró en unos meses y Pessoa, que había invertido toda su herencia en ella, en adelante vivió a salto de mata.

Desde 1908 trabajó como traductor de cartas comerciales en firmas de importación y exportación. Su vida fue atravesar Lisboa, ciudad de la que ya no saldrá, de una oficina a otra, parando en las tabernas. Sus artículos –y los de sus heterónimos– sobre política y cultura en la prensa lisboeta le darán fama de escritor independiente e imprevisible. Sus poemas –y los de sus heterónimos– aparecieron ocasionalmente en revistas. Casi no publicó libros; si le incitaban a hacerlo, respondía que a su muerte hallarían en un baúl material para llenar estantes (y así fue). En 1912 anunció la llegada del Supra-Camões, un poeta que superaría al autor de la epopeya nacionalista en verso Os Lusíadas, Luis de Camões. En 1915 editó con otros autores la revista Orpheu, crisol de la modernidad literaria portuguesa. Salió con Ofélia Queiroz durante un año, pero el noviazgo terminó porque su alter ego Álvaro de Campos firmaba a veces sus cartas a Ofelia, quien lo odiaba. Ocultista erudito, desde entonces consultará a espíritus benévolos que le reprocharán su virginidad y le anunciarán encuentros con mujeres con las que se casaría (y no fue así). Se opuso a la participación de Portugal en la Primera Guerra Mundial, al fascismo de Mussolini y al nazismo de Hitler, pero respaldó inicialmente la dictadura de Salazar, a la que más tarde atacó en artículos sacados de circulación por la censura. Fue fiel al orujo de la marca Águia Real. Murió en 1935 por complicaciones de una cirrosis debida al excesivo consumo de alcohol a lo largo de su vida.

Ahora, Acantilado edita en castellano la monumental biografía de Pessoa escrita por el traductor estadounidense Richard Zenith y publicada en inglés en 2021. Pessoa dejó más de veinticinco mil folios manuscritos en un baúl. Partiendo de este archivo y de cartas familiares, Zenith recrea en casi 1500 páginas su infancia en Sudáfrica, que lo convirtió en extranjero en su tierra natal, su regreso para estudiar en una universidad que apenas pisó, su vida lisboeta sobreviviendo como traductor y editor y redactor de eslóganes para empresas, moviéndose entre oficinas y tabernas y círculos vanguardistas, su fascinación por lo esotérico, su encuentro con el mago negro Aleister Crowley y las voces con las que escribió poesía, relatos policiales y ensayos filosóficos. Sobre Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro de Campos escribe Zenith que, como cada uno «contaba con un extenso y exquisito cuerpo de trabajo estilísticamente diferenciado de la poesía, tanto de sus compañeros como del propio Pessoa, se podría decir que los cuatro poetas más grandes del Portugal del siglo XX fueron Fernando Pessoa». A ellos hay que sumar al gran prosista Bernardo Soares, autor del Libro del desasosiego, en el que dejó escrito: «Toda la literatura consiste en un esfuerzo para hacer real la vida».
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Zenith sitúa el inicio de la heteronimia del poeta en la infancia. Al Chevalier de Pas, caballero imaginario con cuyo nombre se escribía cartas a sí mismo cuando tenía 6 años, le seguirán los redactores de los periódicos artesanales de su adolescencia. Pessoa creó más de cien autores, de los cuales alrededor de treinta firmaron al menos una obra literaria significativa. El mundo plural de la infancia se prolonga en la pléyade de genios imprescindibles para la revolución cultural que, como no existían, tuvo que inventar: el sereno Caeiro, el exaltado De Campos, el clasicista Reis y muchos otros, cada uno con su propia obra, su propio estilo literario, su propia biografía, su propia postura política, su propio aspecto físico, multiplicidad que dinamitó el concepto de autoría. En una carta de 1935, escribe Pessoa: «Desde que me conozco como siendo aquello a lo que llamo yo, me acuerdo de haber definido –en figura, movimientos, carácter e historia– figuras irreales que, para mí, eran tan visibles y mías como las cosas de aquello que llamamos, acaso abusivamente, la vida real».
Richard Zenith
Pessoa. Una biografía
Traducción del inglés de Ignacio Vidal-Folch
Editorial Acantilado
Barcelona, 2025
1488 pp.

