Para el doctor Andrés Barbero «la medicina era solo un medio de prestar ayuda más eficaz a los marginados. De ahí que nunca abriera consultorio y solo atendiera gratuitamente a gente pobre que acudía en demanda de sus servicios, a quienes, en la mayoría de los casos, además proveía de los medicamentos necesarios», escribía en estas páginas en 2012 la historiadora y periodista Beatriz Rodríguez Alcalá. Los siguientes son extractos de ese artículo (1).
Inmigrantes<b> </b>
En el año 1869, con nuestro país invadido por los ejércitos de la Triple Alianza y un gobierno títere impuesto por el vencedor, llegan a nuestra capital tres jóvenes italianos: Juan Barbero y sus hermanos Anacleto y Victorio. Emigrar a un lejano país, devastado por una guerra de exterminio, era ya una expresión del espíritu emprendedor y del coraje que los animaba. Sabían que tendrían que luchar y esforzarse al máximo para labrarse un futuro entre ruinas humeantes, en un territorio disputado por dos grandes potencias, cuyo futuro era absolutamente incierto.

Paralelamente llega también otra familia de la misma procedencia: D. José Crosa, su esposa Da. Jacinta Corsino y su hija Carolina. Dos años más tarde, el 9 de agosto de 1871, Juan Barbero y Carolina Crosa unen sus vidas ante el altar del templo de La Encarnación. Ya tenemos formado el núcleo germinal de la familia y, en especial, del hombre llamado a ser uno de los grandes benefactores del Paraguay.
Los Barbero
En 1926, la Cruz Roja Paraguaya inaugura la planta baja del majestuoso edificio y poco después la obra queda concluida, merced al mecenazgo del padre del fundador, D. Juan Barbero, aquel humilde inmigrante que sesenta años atrás arribaba a nuestra tierra en busca de un futuro mejor.
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Aún hoy nos asombra constatar la munificencia de los Barbero, que no escatimaron costes en su obra madre: vasto solar, amplios salones, pisos de mármol de Carrara, aberturas con cristales importados...
Los que han conocido a esa familia de excepción pueden atestiguar de la austeridad que vivían. Personalmente pude constatarlo, por haber tenido mi madre, en su condición de presidenta de la rama femenina de la Cruz Roja Paraguaya, una amistad fluida con los Barbero y haberla acompañado yo, de pequeña, en sus visitas regulares a la casa de la hoy avenida España, donde residían: no tenían luz eléctrica y solo unas cuantas lámparas de petróleo alumbraban la modesta vivienda en la que, obviamente, tampoco había ni heladera ni ventiladores, mientras el mobiliario emulaba al del más rígido monasterio.
En el Pingo
En sus regulares visitas a su establecimiento ganadero, Andrés Barbero viajaba en el Pingo, que hacía la travesía de Asunción al Chaco. Era este un viejo barco que transportaba pasajeros y carga, entre la que se contaban cerdos y aves de corral, que los humildes pobladores de Villa Hayes y sus aledaños traían para vender en la capital.
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Los ganaderos y las personas que podían pagar los pasajes de primera se ubicaban en la parte superior, que era aireada y donde se vendían bebidas heladas y bocadillos, que hacían más agradable el viaje. Por su parte, Andrés Barbero siempre compraba pasajes de segunda y viajaba en la parte inferior de la nave, ubicándose en medio de modestas familias, sudorosos troperos, bullangueros patos, cerdos y gallinas, y bultos de toda laya, soportando impasible el riguroso calor de los meses de verano.
Allí conversaba con sus compañeros de travesía y se enteraba de sus dolencias, aprovechando la oportunidad para derivarlos a los centros asistenciales que había creado, según fueran sus males.
La Cruz Roja y más
Referirse en detalle a la labor realizada por la Cruz Roja Paraguaya exigiría escribir un volumen de más de mil páginas. De ahí que solo mencionaremos de paso su infatigable lucha contra la tuberculosis, su eficaz auxilio a las víctimas del ciclón que arrasó Encarnación en 1926, la febril actividad desplegada por la institución cuando la Guerra del Chaco, creando hospitales en Puerto Guaraní y en la Escuela Militar, proveyendo materiales sanitarios a diez y siete hospitales de sangre, formando enfermeros y camilleros que luego actuarían en los frentes de batalla y en los distintos hospitales del país. Y todo ello supervisado personalmente por Andrés Barbero, que no se daba tregua ni sosiego.
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Concluida la guerra, Andrés Barbero decide extender la ayuda a las futuras madres, carentes de recursos, próximas a dar a luz. Con tal fin construye, en gran parte de su propio peculio, la maternidad que la Cruz Roja inaugura el 31 de julio de 1937, con pabellones perfectamente equipados y modernas salas de cirugía. En el subsuelo se instalan los consultorios externos donde se atiende a todo aquel que acude a ellos...
El 10 de enero de 1944, el Dr. Barbero es designado director ad honórem de la lucha contra el cáncer. Poco tiempo después, el hospital es inaugurado en el actual edificio que ocupa en la calle Sebastián Gaboto, propiedad de Barbero, quien además financió la mayor parte de su moderno equipamiento.
La Sociedad Científica
El 9 de enero de 1921 [Andrés Barbero] convocó a los máximos exponentes de las ciencias físicas-matemáticas naturales y sociales del país y fundó la Sociedad Científica del Paraguay, «con el fin de fomentar el estudio, las investigaciones y la producción científica» en las ramas enunciadas. Otra cláusula del acta fundacional exigía formar una biblioteca y un Museo de Arqueología, Etnografía e Historia Natural y Cultural, lo que se ha ido cumpliendo a cabalidad a lo largo de los años. También la institución debía ocuparse de la defensa del indio, para lo cual se fundó la Sociedad Indigenista del Paraguay.
Caso único
Pero Andrés Barbero, que tanto hizo por el país, no iba a permitir que su extraordinaria labor se malograra tras su muerte y, para evitarlo, llegó a un acuerdo con sus hermanas sobre la urgencia de crear una fundación que precautelara el enorme patrimonio que legaría a la posteridad.
El 14 de febrero de 1951, a los setenta y cuatro años de edad, Andrés Barbero, serenamente, entregaba su alma a Dios, tras crear la obra asistencial privada más importante del país.
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Sin pérdida de tiempo, cuatro meses más tarde, el 29 de junio, sus hermanas, que aún vivían, Da. Josefa Barbero de Repetto, Da. María Barbero de Viola y su marido, el Dr. Andrés Viola, cumplen sus instrucciones y, en supremo acto de generosidad, crean la Fundación La Piedad, «en nombre de Dios y por su Santa Gracia, cumpliendo la voluntad de sus padres y hermanos fallecidos», legando para ello, íntegramente, todos sus bienes, reservándose para sí solo una modestísima pensión. Caso único el de estos cinco hermanos, que nos incita a meditar, animados todos por un mismo ideal, ninguno de los cuales dejó descendencia, lo que les permitió donar la totalidad de sus bienes en favor de los desheredados.
Notas
(1) Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone: «Andrés Barbero, el santo laico», I y II. El Suplemento Cultural, 05/02/2012 y 12/02/2012.
