Morin como símbolo

Edgar Morin (de gafas y gabardina, el último a la derecha) caminando por París con Michel Brault, Régis Debray y Jean-Pierre Sergent en "Chronique d'un été" (1961), manifiesto del cinéma verité.
Edgar Morin (de gafas y gabardina, el último a la derecha) caminando por París con Michel Brault, Régis Debray y Jean-Pierre Sergent en "Chronique d'un été" (1961), manifiesto del cinéma verité.

«Resulta instructivo observar cómo los morinianos admiten primero, y luego racionalizan, el carácter no operacional del Método…».

A sus 104 años, Edgar Morin, nacido Nahum, murió en París sin aguacero. La noticia despertó aflicción y respeto unánimes. En el Vaticano, cuando muere un Papa, la feligresía católica reclama en la plaza pública Santo subito! ¡Ha muerto un santo, elevación a los altares ya! En Francia, cuando muere un Maestro, la progresía laica exclama en la radiotelevisón pública Panthéonisation! ¡Ha muerto un sabio, exequias oficiales ya! El Panteón es un monumental templo neoclásico, necrópolis digna y elegante de los mitos de la République. La inscripción Aux grands hommes, la patrie reconnaissante domina la fachada del mausoleo. Desde el primer día de junio, intelectuales, periodistas y personal de carrera de la administración y la enseñanza estatal exigen, más aún, solicitan, inhumar a Morin junto a Voltaire y Rousseau, Louis Braille y André Malraux, Victor Hugo y Marie Curie, Alejandro Dumas o Josephine Baker.

Es innecesario alzar la voz. Para cualquier examen de ingreso al Walhalla republicano, el humanista Edgar Morin está sobrecalificado —el difunto amaba los prefijos—. Llamar sociólogo, antropólogo y filósofo a Morin es reduccionista, aclara sin enfado cada especialista que oímos responder. Como llamarle pintor, dibujante e inventor a Leonardo, añaden sin humor.

Morin desborda las disciplinas de las Ciencias Humanas y Sociales. Es interdisciplinario. No: es transdisciplinario. No, no: reconfiguró un entero cuadro —abierto— del saber social y refundó las categorías —dinámicas— de todo pensamiento con vocación de actuar en la sociedad. El único odio que conoció Morin son las barreras: entre física y biología, entre pensamiento y acción, conciencia y estructura. Es un penseur du vivant, un pensador de lo vivo, que reinventó nuestra relación con la Tierra ignorando el apartheid que discrimina naturaleza y humanidad. Su visión transversal enlaza ciencias humanas y naturales a través de la idea de la reliancia del ser vivo.

«...la progresía laica exclama en la radiotelevisón pública: Panthéonisation!»
«...la progresía laica exclama en la radiotelevisón pública: Panthéonisation!»

La transversalidad cumple una misión. Imprescindible: reconectar lo que ha separado la educación tradicional. Promisoria: restaura la interdependencia entre el ser humano, la naturaleza y la sociedad. La reliancia es la capacidad y la necesidad de tejer vínculos entre las diferentes dimensiones del saber y el entorno. El pensamiento de Morin es complejo: nada es esto o aquello, es esto y aquello. Tesis y antítesis. Su complejidad es una dialéctica sin síntesis. Judío y después antisionista, resistente contra el invasor nazi y después anti-gaullista, el pensador complejo fue comunista desde 1941 pero muy pronto antiestalinista. A partir de 1951 —expulsado del PCF, no renunciante— se mantuvo a prudente distancia de marxismos y estructuralismos. En Autocrítica (1959, reed. 1970) cuenta la historia de esa ruptura.

Precursor de tantos intelectuales renuentes en abandonar los extremos y tardíos en abrazar la socialdemocracia, lo fue también de la ecología universitaria, la antropología visual y la biología de sistemas. Del Small is Beautiful de los 70. Del cinéma vérité y del direct cinema. De las luchas por la salud reproductiva de las mujeres. De los Youth Studies. Erigió a la juventud en sujeto social y reseteó con criterios etarios el diagrama obsoleto de la sociedad de clases. Según el historiador François Dosse, un artículo de Morin publicado en el vespertino Le Monde es la mejor interpretación que conoce de las rebeliones académico-juveniles del 68: la más lúcida, y la más precursora —fue publicada antes de los acontecimientos—. Por el número 18 de la revista Communications —«L’événement», 1972— que Morin coordinó, se lo reconoce como precursor del regreso al acontecimiento (événement) en una historiografía monopolizada por las largas duraciones.

Edgar Morin y Jean Rouch en "Chronique d'un été" (1961), manifiesto del cinéma verité.
Edgar Morin y Jean Rouch en "Chronique d'un été" (1961), manifiesto del cinéma verité.

La rebeldía, el inconformismo, son requisitos para aspirantes a cenotafio junto al creador del braille y la descubridora del polonio. Haber sido sujeto agente y paciente de polémicas —eso sí, sin meter miedo, sin que nadie venga después a escupir en la tumba—. Morin publicó más de 60 libros, algunos muy extensos, apretados en referencias, notas y noticias. Su obra cumbre es El Método, seis volúmenes publicados entre 1977 y 2004. No es un método en sentido tradicional, repiten sus seguidores estos días: no es una metodología, no es un concepto angosto, es una metáfora ancha.

La obra de Morin, como la de sus compatriotas y coetáneos Lacan, Foucault, Deleuze, Touraine, Atlan, Monod, Jacob, Friedmann, Balandier, Godelier, Marcel Cohen, y aun Barthes y Braudel, admite una clasificación bipartita. Sin violencia, cabe asignarle a cada libro un lugar en un inventario de dos entradas:

1. El haber, la realidad, la palabra. Aquí, obras estimables que exploran o abren nuevos territorios en las ciencias humanas y sociales. En París se enaltece el mérito del rigor, la precisión y la exhaustividad del estudioso; en Pisa, Edimburgo, Lima, Tokio o Coimbra pensamos que son deberes, no méritos;

2. El debe, el deseo, la metáfora. Aquí, obras de alta elucubración que, si en el hemisferio occidental no se nos enseñaran desde el jardín de infantes como evidencias de degré zéro —metáfora predilecta de la posguerra, de la que tampoco Morin se privó en L’An zéro de l’Allemagne (1946) —, serían difíciles de justificar. Sus bienes y servicios son dudosos; los daños que causan, duraderos.

«Morin estudia muy bien —con un equipo— un rumor antisemita en La rumeur d’Orléans (1969)...»
«Morin estudia muy bien —con un equipo— un rumor antisemita en La rumeur d’Orléans (1969)...»

Morin estudia muy bien —con un equipo— un rumor antisemita en La rumeur d’Orléans (1969); rehace muy bien —con otro equipo— la vida de su padre en Vidal et les siens (1989). En cambio, ¿qué buena noticia hallan los exégetas en los seis volúmenes de La Méthode, obra tan elogiada estos días? Contra el caveat en que la reduce su propia premisa —¡Atención, la realidad es compleja, el pensamiento también!— poco se puede alegar. No es fácil negarle preeminencia en la peculiar energía neológica que pertenece a los juegos de prefijos: déspécialisation, polycompétence, endoexo-boucle, ¡viva la auto-trans-méta-sociologie!

Resulta instructivo observar cómo los morinianos admiten primero, y luego racionalizan, el carácter no operacional del Método. El estudioso José Luis Solana Ruiz escribe que las ideas de Morin están «implicadas» —no «aplicadas»— en sus trabajos, pues aplicarlas en «sentido deductivista» sería una operación «formalista y mecanicista», contraria al proceder complejo. Los principios del pensamiento complejo no conforman una guía a priori de la que se deduzcan aplicaciones heurísticas precisas: son, dice, «una estrategia de conocimiento». Carlos Reynoso, que cita el pasaje, señala la ironía: el rótulo «deductivista» es desafortunado en este contexto, porque la operación que palpita en las entrañas de todo proceso deductivo es, precisamente, la implicación. El moriniano distingue entonces entre la metodología —que juzga infame— y el método —que ha de ser estupendo por cuanto el libro canónico ostenta ese título—. Método quiere decir camino, alega, y el camino se hace al andar. La cabriola es autoindulgente y algo raída por el uso, pero Solana siente que ha puesto la poesía de su parte. Quien ose impugnar el edificio por razones técnicas quedará como rústico que no ha entendido las nuevas reglas del juego. Con su negación explícita de de toda aplicación práctica, de toda utilidad operativa, la estrategia moriniana se instala en una tesitura más de sabiduría que de conocimiento: antes siquiera de empezar, reclama tratamiento de privilegio, y será en vano esperar que alguna vez rinda cuentas como la ciencia manda, o que participe en el debate científico en paridad de condiciones.

En los últimos treinta años se han multiplicado las traducciones castellanas de Morin y ha crecido en Iberoamérica su influencia, así como la de investigaciones y centros de altos estudios que buscan y encuentran inspiración en sus doctrinas. Escasas son, en cambio, las versiones inglesas de sus 60 libros, y modesta la presencia del Maestro en el universo anglófono. Hay que tener un corazón de piedra para no sonreír ante la asimetría.

El escritor y periodista argentino Alfredo Grieco y Bavio
El escritor y periodista argentino Alfredo Grieco y Bavio

*Alfredo Grieco y Bavio es filólogo, escritor, traductor y periodista. Ha sido editor de Internacionales en los diarios Página/12 (Argentina), Crítica (Argentina) y La Razón (Bolivia) e investigador en la Universidad de Buenos Aires y la Fundación Carlos Pusineri (Paraguay). Ha traducido, entre otros autores, a Edgar Morin (por ejemplo, la Breve historia de la barbarie en Occidente publicada por Paidós en 2001). Con Sergio Di Nucci y Nicolás Recoaro compiló las antologías Los chongos de Roa Bastos: Narrativa contemporánea de Paraguay (2011) y De la Tricolor a la Whipala (2014). Colabora con revistas académicas y con Revista Ñ (Clarín, Argentina), El Suplemento Cultural (ABC Color, Paraguay) y Radar (Página/12, Argentina). Ha publicado Cómo fueron los 60 (Espasa-Calpe, 1995), Días felices. Los usos del orden: de la Escuela de Chicago al Funcionalismo (Eudeba, 1999) y Plato Paceño (Plural, 2015), entre otros libros.

Edgar Morin, Breve historia de la barbarie en Occidente. Trad. Alfredo Grieco y Bavio. Madrid: Paidós, 2001.
Edgar Morin, Breve historia de la barbarie en Occidente. Trad. Alfredo Grieco y Bavio. Madrid: Paidós, 2001.