«Vive la Résistance!»

Edgar Morin en 1945 en Berlín.
Edgar Morin en 1945 en Berlín.

«La interdisciplinariedad es propia del conocimiento moderno; solo en apariencia sus disciplinas, partes del campo del saber y fuerzas del ejercicio de poder, están aisladas».

He tenido una semana para escribir sobre el autor francés todoterreno fallecido el 29 de mayo a los 104 años, pero soy de las que corren al aeropuerto diez minutos antes de que despegue el avión, así que estas líneas tendrán ritmo de batucada. De lo que dice Edgar Morin –«la realidad es compleja, el diálogo entre disciplinas es esencial para el conocimiento, nuestra patria común es la tierra, la especialización no debe hacernos perder de vista la totalidad, dicotomías como emoción / razón, naturaleza / cultura, individuo / sociedad son artificiales», etcétera, etcétera– cuesta disentir. Es, prima facie, imposible encontrar en la obra de Morin, empedrada de buenas intenciones, algo que no merezca aprobación automática. Su tipo de discurso (tipo, porque no lo he observado solo en Morin; lejos de ello) genera un efecto de verdad, e incluso una ilusión de evidencia que hace de la obviedad virtud. ¿Cuál es el secreto de su poder de persuasión?

«La noción de hombre –se lamenta Morin en uno de sus escritos más conocidos– se encuentra fragmentada en diferentes disciplinas biológicas y todas las disciplinas de las ciencias humanas: el psiquismo está estudiado de un lado, el cerebro de otro, el organismo de un tercero, los genes, la cultura, etc. […] Lo importante es no olvidarse de que el hombre existe y no es una ilusión naïf de humanistas precientíficos. Se llegaría, si no, a un absurdo (en realidad, ya hemos llegado en ciertos sectores de las ciencias humanas, donde la inexistencia del hombre ha sido decretada puesto que este bípedo no entra en las categorías disciplinarias)» (1).

Esas últimas líneas aluden a Foucault. Como se sabe, Nietzsche anunció la muerte de Dios, y Foucault, la de su asesino; el primero constató con ello el fin de un cosmos sustentado en una verdad metafísica; el segundo, el desalojo del hombre, en tanto sujeto de verdad, por la primacía del lenguaje. El lugar del desplazado no era suyo desde siempre: «en el transcurso del siglo XVIII apareció en los discursos científicos […] un objeto nuevo: el hombre», dice Foucault (2)–. Al afirmar la caducidad de ese invento moderno, objeto y sujeto de las ciencias humanas, Foucault se sustrae del artilugio metafísico y ahistórico de cualquier «naturaleza humana». Morin, en cambio, se distrae, parece inconsciente de cuánto de fe pone en su credo («Lo importante es no olvidarse de que el hombre existe…»).

Edgar Morin (a la derecha) y Jacques-Francis Rolland, miembros de la Resistencia, en 1943 en Toulouse.
Edgar Morin (a la derecha) y Jacques-Francis Rolland, miembros de la Resistencia, en 1943 en Toulouse.

Es Foucault un pensador al que Morin no hace justicia –no el único: otro es Descartes–. Si Morin se proclamó «transdiciplinario», Foucault fue in-disciplinario, e indisciplinado. La interdisciplinariedad es propia del conocimiento moderno; solo en apariencia sus disciplinas, partes del campo del saber y fuerzas del ejercicio de poder, están aisladas. Con su capacidad de descubrir relaciones peligrosas (y afinidades electivas) entre una modalidad histórica de la subjetividad y unos procedimientos de gobierno, entre la matriz normativa del comportamiento y la pretensión científica de neutralidad axiológica, entre la criminalidad y la academia, Foucault nunca deja de asombrar. Morin, en cambio, no asombra jamás. Todo en su obra es razonable y sensato; peor aún, decente y encomiable… Véase este pasaje de La vía (2011):

«La noción de sujeto se define como la autoafirmación egocéntrica de un yo que se sitúa en el centro de su mundo de forma exclusiva (nadie puede decir yo en mi lugar), es decir, ser sujeto implica un principio egocéntrico que da prioridad al yo sobre toda otra persona o consideración. Pero, al mismo tiempo, todo sujeto lleva en sí un principio de inclusión en un nosotros que lo incita a integrarse en una relación comunitaria y de amor con los demás, con los nuestros (familia, amigos, patria), y que aparece desde el nacimiento con la necesidad vital de apego del recién nacido. Este principio de integración puede llevar al sujeto hasta el sacrificio de su vida en aras de ese nosotros. El ser humano se caracteriza por ese programa doble: el uno lo lleva al egocentrismo, a sacrificar a los demás; el otro lo lleva a sacrificarse por los demás, al altruismo, a la amistad y al amor. Nuestra civilización tiende a favorecer el programa egocéntrico. El programa altruista y solidario está presente, sin duda, pero muchas veces se halla inhibido o dormido. Puede despertar. Es ese programa el que debe estimularse mediante la reforma ética» (3).

Punch, Vol. CLXIX, diciembre de 1925
Punch, Vol. CLXIX, diciembre de 1925

El término middlebrow apareció impreso por primera vez en diciembre de 1925 en el semanario satírico Punch: «La BBC afirma que ha descubierto un nuevo tipo humano, el “middlebrow”. Se trata de personas que esperan llegar a acostumbrarse algún día a lo que se supone que les gusta» (4). Si las nuevas clases medias que no habían ido a la universidad ni sabían lenguas extranjeras fueron antes middlebrow y víctimas, por ello, del rutinario desdén de intelectuales como Virginia Woolf, hoy el gusto académico es la guía más segura para orientarse en el universo middlebrow (5). Yo creo que Morin es un autor middlebrow que conquistó –incluso (o, ¡ay!, principalmente) en las universidades– un target ávido de consumo aspiracional de sucedáneos de filosofía. Sus generalidades solemnes hacen parecer burocrático y trivial el afán de precisión y admiten casi cualquier contenido, por lo cual parecen poder explicarlo prácticamente todo, y sus neologismos de fácil digestión brindan a precio de saldo la ilusión de pertenecer a la intelligentsia. Más importante aún: traduce ideas tranquilizadoramente familiares, que flotan en opiniones y charlas vulgares –los peligros de la tecnología sin ética, la urgencia de superar el egoísmo con altruismo social, la complejidad, cura del pensamiento único, etcétera–, a frases dignificadas por un ropaje erudito.

Precisamente por lo aquí expuesto, la crítica de Morin al Estado de Israel es signo inequívoco de lo insostenible del sionismo hoy. En 2002, este judío, hijo de migrantes sefardíes de Tesalónica, firmó, con Sami Naïr y Danièle Sallenave, un artículo en Le Monde denunciando una dialéctica infernal que convierte a la víctima en verdugo: «Los judíos, que fueron humillados, despreciados y perseguidos, humillan, desprecian y persiguen a los palestinos» (6). Fue acusado y procesado y absuelto de antisemitismo. No escarmentó. «La respuesta de Israel no solo es desproporcionada: se ha convertido en una venganza bárbara», protestó, un mes después de los atentados de Hamás del 7 de octubre de 2023, en un artículo firmado también por Étienne Balibar y Michael Löwy, entre otros (7). «Estoy atónito e indignado», declaró en 2024 en la Feria del Libro de Marrakech al hablar de los crímenes de Israel. «Permitir que un pueblo muera de hambre es un crimen que nos perseguirá a todos», reza la carta que, con Annie Ernaux, Balibar y otros, dirigió en 2025 al gobierno francés, exigiéndole que garantizara la llegada de ayuda humanitaria a Gaza (8)... Nada me importa lo demás. Es al viejo soldado de la Resistencia, que no se dejó intimidar, al que hoy saludo.

Edgar Morin en 1945, en la Kurfürstendamm, Berlín.
Edgar Morin en 1945, en la Kurfürstendamm, Berlín.

Notas

(1) Morin, Edgar (2010). Sobre la interdisciplinariedad. Icesi.

(2) Foucault, Michel (2013). ¿Qué es usted, profesor Foucault? Siglo Veintiuno.

(3) Morin, Edgar (2011). La vía. Espasa.

(4) Punch Magazine (1925). Vol. CLXIX, 23 de diciembre.

(5) Del pérfido comentario sobre el paso del gusto middlebrow de las clases medias sin estudios terciarios al campo académico es responsable mi brillante primo el escritor y periodista porteño Alfredo Grieco y Bavio (conversación personal, junio de 2026), citado aquí de memoria.

(6) Morin et al. (2002). «Israël-Palestine: le cancer». Le Monde, 4 de julio.

(7) Morin et al. (2023). «Nous appelons le président Macron à réclamer sans délai le cessez-le-feu». Le Monde, 9 de noviembre.

(8) Morin et al. (2025). «Laissez entrer l’aide à Gaza». Mediapart, 16 de mayo.

Armando Andrade Tudela: “M.A.” (2024, serigrafía sobre madera). El rostro de la poeta Montserrat Álvarez en la exposición MONTSERRAT, galería Carreras Mugica, Bilbao, España. Fotografía: Ander Sagastiberri.
Armando Andrade Tudela: “M.A.” (2024, serigrafía sobre madera). El rostro de la poeta Montserrat Álvarez en la exposición MONTSERRAT, galería Carreras Mugica, Bilbao, España. Fotografía: Ander Sagastiberri.

*Montserrat Álvarez estudió Filosofía en la Universidad de Zaragoza (España), la Universidad Católica (Perú) y el Instituto de Estudios Humanísticos y Filosóficos (Paraguay). Dirige El Suplemento Cultural y también escribe en él. El artista Armando Andrade Tudela le dedicó recientemente la exposición MONTSERRAT en Carreras Mugica, la mayor galería de arte del País Vasco, España. Su libro más reciente es el poemario Nómade, publicado en Buenos Aires en 2023.