Los países sudamericanos expandieron sus territorios desde fines del siglo XIX apropiándose de espacios que les eran hasta entonces ajenos. Esa expansión se realizó mediante la apropiación de vastas extensiones de tierras indígenas que se habían mantenido al margen del espacio colonial europeo.
Contemporáneo de la «Conquista del Oeste» norteamericana y de la expansión colonial sobre África u Oceanía, este proceso se materializó a través de distintos tipos de acción militar: la ocupación de los territorios mapuches por los ejércitos chileno y argentino, la conquista del Chaco meridional y el Chaco central por regimientos de Resistencia, Formosa y Salta, el sometimiento militar de las cordilleras chiriguanas por el ejército de Tarija o la ocupación de la Tierra del Fuego o de la Isla de Pascua son algunos ejemplos que dan los autores de estas formas tardías de colonización sudamericana.
En el Paraguay del siglo XIX, la navegación mecanizada abrió el Alto Paraguay a la industria del tanino y se instalaron puertos industriales –Puerto Casado, Puerto Sastre, Puerto Mihanovich, Puerto Pinasco–, algunos con ferrocarriles que penetraban en el territorio para extraer troncos de quebracho enganchando gran cantidad de mano de obra indígena.
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También se establecieron colonias menonitas desde mediados de la década de 1920. El primer grupo fue recibido en el puerto de Asunción por el presidente Eligio Ayala, quien se dirigió a los colonos en su idioma, el alemán. Los menonitas forman parte de la congregación anabaptista; poseen sus propiedades en cooperativas, organizan sus escuelas en su idioma nativo y no aceptan presencia policial alguna. Son, además, pacifistas y en Paraguay fueron eximidos del servicio militar obligatorio. Paraguay fue el único país que se comprometió a respetar su negativa a usar armas de fuego.

En este contexto, la Guerra del Chaco ocupa una posición singular. Después de tres años, el fin de las hostilidades llegó en junio de 1935, con un armisticio. 60 mil soldados bolivianos y 30 mil paraguayos murieron por el Chaco. Esta experiencia marcó profundamente ambas sociedades. Pero el Chaco boreal hacia 1930 estaba poblado por naciones autóctonas mantenidas al margen de la órbita colonial primero y, después, de la republicana. Esas culturas coexistían al margen de las sociedades nacionales paraguaya y boliviana.
El hecho esencial es la ocupación y enajenación de territorios indígenas, repartidos en grandes estancias ganaderas, con la mano de obra indígena destinada a las plantaciones de caña de azúcar o los obrajes madereros. Uno de los capítulos iniciales describe la exploración del territorio y las fundaciones de fortines militares entre 1910 y 1932. Se trató de un intento apresurado tanto de Bolivia como de Paraguay por reclamar como suya la mayor porción de terreno posible.
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Por otro lado, desde el siglo anterior hubo esfuerzos de grupos religiosos, entre ellos los pioneros anglicanos, como el pastor y misionero Wilfred Barbrooke Grubb, autor de A church in the wilds (Londres 1914), libro que es tanto un tratado de sociología, historia y teología como un relato de aventuras. En respuesta al avance anglicano, la Iglesia católica comenzó a enviar misioneros. Se sabe que San Juan Bosco consideró la presencia salesiana un contrapeso a la protestante. Entre los documentos presentados por los autores hay dos cartas, de 1934 y 1935, en que los sacerdotes de la orden de los Oblatos de María Inmaculada, llegados al Chaco bajo patrocinio boliviano, discuten con el Paraguay, tras la guerra, los términos de su continuidad en la región en momentos en que el territorio ya está bajo soberanía paraguaya. Eran los ejércitos los interlocutores de los misioneros.
Una novedad de esta contribución intelectual es el estudio de temas que solo conocíamos desde el punto de vista militar. Desfilan en el libro el descubrimiento de Pitiantuta –el agua en el Chaco era tan vital que el inicio de la guerra se dio justamente en esa laguna–, la colonización del Pilcomayo por los bolivianos, el bombardeo de Bahía Negra, la captura de un tanque en Nanawa, la violación de mujeres indígenas, la sanidad en la guerra y las epidemias en Puerto Sastre. Hay ejemplos poco conocidos de episodios en los cuales los indígenas fueron los protagonistas, como el enfrentamiento de los tomaraho con los militares de Puerto Sastre por la entrega de armas, o el levantamiento en armas de los nivaclé, en protesta por el fusilamiento del guerrero Yacutche. Al ampliar el alcance temporal (1910-1960), la investigación no se encasilla en las batallas oficiales (1932-1935). El capítulo final, «El Chaco colonizado, 1935-1970», describe el fin de la guerra, la dolorosa proletarización de los indígenas, el viaje a los ingenios azucareros de Salta, Argentina, el trabajo en los obrajes del Alto Paraguay y el destino de los guerreros.
Hay en las conclusiones postulados controvertidos: «…la cronología de esta Guerra en el Chaco no empieza ni acaba con la Guerra del Chaco». Los autores consideran que la fundación de fortines y la búsqueda de alianzas con grupos indígenas regionales para eventual apoyo guerrero ya eran parte de la guerra misma sin que esta hubiera aun estallado oficialmente. Tampoco dudan en afirmar que la guerra del Chaco no acabó con la guerra del Chaco, pues «los enfrentamientos y ajusticiamientos siguieron mucho más allá en el tiempo». Por mucho tiempo hubo asaltos a las estancias, y las redadas y violaciones de mujeres indígenas persistieron mucho después de la paz diplomática.
Demostrando que el Chaco Boreal no era un espacio vacío o deshabitado –el «desierto verde» de los relatos convencionales– y que el avance de las líneas de fortines bolivianos y paraguayos operó como un proceso de desposesión territorial, Para otra historia de la guerra del Chaco presenta una perspectiva novedosa y es una gran contribución a la bibliografía sobre el Chaco Boreal, cuya historia merece estudio más allá de las episódicas batallas militares. Los autores tienen una rica trayectoria: Luc Capdevila, historiador y catedrático de la Universidad de Rennes 2, ha publicado, entre otras obras, Une colonie française au Paraguay: la Nouvelle-Bordeaux (2005), Une guerre totale, Paraguay 1864-1870: essai d’histoire du temps présent (2007) y Paraguay bajo la sombra de sus guerras. Historia, memoria y construcción política, siglos XIX/XXI (2021), y Nicolas Richard, antropólogo e investigador del Centre National de la Recherche Scientifique (Francia) y del Instituto Francés de Estudios Andinos (Bolivia), es conocido por el volumen colectivo Mala guerra: Los indígenas en la guerra del Chaco (2008), un riguroso intento académico de recopilar los puntos de vista de los pueblos chaqueños (ishir, enlhet, chané, ayoreo, nivaclé, guaraní, macá, pilagá…). Ambos se suman a la nutrida colonia de paraguayistas nacidos en el extranjero, que tanto han contribuido a nuestra historiografía.
Nicolas Richard y Luc Capdevila
Para otra historia de la guerra del Chaco. Colección de documentos y relatos sobre la ocupación militar de los territorios indígenas del Chaco boreal (1910-1960)
Instituto Francés de Estudios Andinos / Centro de Artes Visuales, 2025
657 pp.

*Beatriz González de Bosio es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Católica Nuestra Señora de la Asunción y licenciada en Historia por la Universidad Nacional de Asunción, miembro del Centro de Estudios Antropológicos de la Universidad Católica (Ceaduc), vicepresidenta de la Academia Paraguaya de Historia y presidenta del Centro Unesco Asunción. Ha publicado Periodismo escrito paraguayo, 1845-2001: de la afición a la profesión (2001) y El Paraguay durante los Gobiernos de Francia y los López (en coautoría con Nidia Areces, 2010), entre otros libros.

