El pacto secreto

Anteayer, viernes 1° de mayo, se cumplió un siglo y medio (1865-2015) de la firma del documento que cambió para siempre la historia de Paraguay.

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FIRMAS Y CONJURAS

En medio de la guerra civil uruguaya entre colorados y blancos –los últimos en el gobierno, un gobierno favorable a Paraguay–, Brasil –cuya exigencia de libre navegación por el río Paraguay, principal vía de acceso al Mato Grosso, creaba tensiones con nuestro país– invadió Uruguay en 1864 para apoyar a los colorados.

Ante este ataque al gobierno del Partido Blanco, único aliado con que contaba en el Río de la Plata, Paraguay le declaró la guerra al Imperio.

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En contrapartida, Brasil y Argentina simpatizaban con el Partido Colorado de Uruguay, y, al tiempo que Brasil invadía este país, el militar uruguayo colorado Venancio Flores, antiguo aliado del presidente argentino Mitre, se levantaba contra el gobierno del Partido Blanco.

Así las cosas, cuando Francisco Solano López pidió permiso al gobierno argentino para que su ejército cruzara, rumbo al combate, por Corrientes, y Mitre negó el permiso, Paraguay le declaró también la guerra a Argentina.

Entonces, ya derrocado el gobierno uruguayo favorable a Paraguay, y con Flores en el poder, se firmó en Buenos Aires, el 1° de mayo de 1865, entre Argentina, Uruguay y Brasil, un tratado cuyo artículo 18 prescribía secreto absoluto hasta haber cumplido sus fines: era el famoso «Tratado Secreto» que declaraba imposibles la paz y el bienestar de los aliados mientras López gobernara Paraguay, cuyo artículo 5 prohibía deponer las armas antes de haberlo derrotado en esta guerra, que no sería «contra el pueblo del Paraguay, sino contra su gobierno», que estipulaba que Paraguay pagaría indemnizaciones a los vencedores y en cuyo artículo 16 Brasil y Argentina, por adelantado, se repartían tierras paraguayas.

VERSIONES, IMAGINARIOS, IDEOLOGÍAS

En la versión de los aliados (difundida profusamente en la prensa y después sostenida en el relato escolar y oficial, como sucede habitualmente), la guerra se libraba en defensa de la democracia y la civilización contra un déspota, Francisco Solano López, que mantenía en el atraso a su país. En el marco general del tópico de «la luz contra las tinieblas», en este caso el progreso y la libertad los representaban, curiosamente, un imperio esclavista (Brasil), una democracia fraudulenta (la de Mitre) y un gobierno golpista (el de Flores). La tiranía y la barbarie, por su parte, quedaban encarnadas por el Paraguay de López.

Se ha señalado la política exterior de Gran Bretaña como un factor (el decisivo, para varios historiadores) de esta guerra. La versión de los aliados suma a esos análisis una dosis extra de verosimilitud de modo pintoresco. Me explico.

ETNOGRAFÍA DELIRANTE

Las vértebras de discursos como el de los aliados son dicotomías del tipo «democracia-tiranía», «ciencia-superstición (o religión)», «progreso-atraso», «civilización-barbarie», etcétera. Una serie de antítesis ligada inconscientemente en el imaginario suramericano a otra de aspecto aún más cómico y caprichoso: «norte-sur», «tecnociencia (lo que sí funciona)-filosofía (babeos esquizoafásicos de orates intoxicados)», «anglosajón-mediterráneo», «Norteamérica (colonos racionales, proactivos, exitosos, rectos, ingleses)-Latinoamérica (conquistadores flojos, irracionales, vividores, medievales, oscurantistas, zánganos, corruptos, españoles)».

Sí, ríanse de mí si quieren, pero llevo muchos años escuchando cortésmente, en situaciones sociales, desde mi infancia, sin mostrar ni un ápice de mi profundo y consternado estupor, estas y otras fabulaciones demenciales que la gente llama opiniones, y me limito a exponer lo recogido en esta especie de trabajo etnográfico de campo que me ha tocado en suerte en lugar de una vida.

ESCÁNDALO

Tal esquema binario es coherente con la tesis de un apoyo propiamente ideológico –en el sentido, sobre todo, de Bordieu– a la política británica bajo el ataque aliado al Paraguay de López por atrasado y tiránico (¿y quizá por no muy abierto, en consecuencia, al comercio exterior? Los impulsos morales humanos son tan complejos y confusos...). Pero a lo que esto venía es a que, teniendo en cuenta dichas tesis sobre los intereses británicos en la guerra, es raro que el tratado secreto fuera revelado precisamente por los británicos.

Lettsom, embajador inglés en Montevideo, comentó al ministro uruguayo Carlos de Castro su preocupación de que Brasil y Argentina quisieran repartirse Paraguay, y Castro, para tranquilizarlo, le dio una copia del tratado bajo promesa de la más estricta reserva. Lettsom lo leyó y comunicó a su gobierno que tenía esa copia y que había jurado guardar el secreto, pero el primer ministro, lord John Russell, le aclaró que él solo debía lealtad a Su Majestad y le intimó a enviarle esa copia. Lettsom lo hizo y la copia del Tratado fue elevada al Parlamento el 2 de marzo de 1866, llegó de inmediato a la prensa, The Times la publicó y pudo ser leída, así, en el mundo entero.

En nuestro país, El Semanario publicó unas palabras de reconocimiento, muy conmovedoras y tristes de leer aún hoy, en su edición del 25 de agosto de 1866:

«El señor conde de Russell ha hecho esta vez un gran servicio, no solamente a la causa […] que sostiene el Paraguay, sino a la humanidad entera […]. Si alguna vez llegase a manos del Gran Político de Inglaterra nuestra humilde hoja, desearíamos que estas constancias fueran aceptadas como las expresiones muy sinceras del agradecimiento que le tributa en nombre de la prensa paraguaya por el importante servicio que tan desinteresadamente ha prestado […]».

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

«I said it when it was sad and lonely and final»

Raymond Chandler, The Long Goodbye (1953)

Es difícil fijar con precisión el momento a partir del cual López y cada paraguayo tuvieron del todo claro que solo seguían peleando para morir dignamente.

Quizá fue el 16 de agosto de 1869, cuando, en Acosta Ñu, unos tres mil niños paraguayos con falsos bigotes pintados con carbón enfrentaron a veinte mil soldados imperiales. Quizá fue cuando López se internó en la selva con muy pocos soldados, seguido por mujeres, niños y viejos. Quizá fue mucho antes. Pero en algún punto todos tuvieron que saberse muertos: era obvia su suerte de ejército de sombras que iba solo a dejarse los restos de la vida en lo hondo del monte para acabar sin entregarse al enemigo. Probablemente lo sabían ya hacía mucho cuando, en Cerro Corá, al fin, el 1° de marzo de 1870, las tropas imperiales rodearon a López, su mujer, Elisa Lynch, Panchito y sus otros hijos y cerca de cuatrocientos hombres.

Eran veinte veces más y tenían armas de precisión y caballería, pero hubo que ofrecer una recompensa por la cabeza de López para que los soldados del Imperio se atrevieran a ir por ella: cien mil libras esterlinas.

Todo el relato de este conflicto bélico es muy singular, pero a partir de aquí entra en el área brumosa de lo colosal y del asombro.

Hasta los más rutinarios entre los libros de historia se transmutan en libros de otro género cuando empiezan a sucederse estas escenas absurdas que en realidad forman parte de una fábula antiquísima y extraña, más vieja que los tiempos reales de esta guerra.

Hay situaciones que pertenecen, de hecho, al tiempo sin tiempo de los sueños. Es conocido el relato. El general que se deja degollar para no pronunciar el salvador «Me rindo». El vicepresidente Sánchez, octogenario, abriendo los ojos asombrados para, con lánguido tono incrédulo, sonreír: «¿Rendirme yo?», pegar un bastonazo y recibir la bala que lo mata. Panchito recitando, niño aplicado, su póstuma y fatal lección bien aprendida («¡Un coronel paraguayo no se rinde!»)...

El Estado paraguayo se endeudó para costear esta guerra en la que murió más de la mitad de su población masculina y al término de la cual, con su economía arruinada, quedó a merced de los vencedores.

Y, ¡oh, Fortuna humorista!, entre el baño de sangre de esta historia desesperada y negra, queda el burlesco detalle de aquellos comerciantes y hacendados porteños y entrerrianos que se enriquecieron abasteciendo a los ejércitos –«También», me dijo alguien una vez, «existen los que medran en la desgracia»–.

juliansorel20@gmail.com

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