Dificultad para empleos de calidad se vincula a limitada transición hacia actividad con más valor agregado

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ABC Color

La generación de empleo sigue siendo uno de los instrumentos más eficaces para combatir la pobreza y fortalecer el desarrollo económico. No solo permite a los países construir economías más autosuficientes y consolidar una base productiva sólida, sino que cumple un rol clave en la estabilidad social al atacar de raíz problemas como exclusión, conflictividad y migración forzada. Brinda dignidad, sentido de pertenencia y oportunidad de progreso. Sin embargo, la brecha entre el crecimiento de la población y la capacidad de las economías para generar empleo, sobre todo, el juvenil, se está ampliando de forma preocupante.

Más allá de su dimensión económica, el trabajo cumple una función social profunda. Brinda dignidad, sentido de pertenencia y oportunidades de progreso, al tiempo que potencia la participación de los jóvenes, empodera a las mujeres y fortalece el tejido comunitario. Sin embargo, la brecha entre el crecimiento de la población en edad de trabajar y la capacidad de las economías para generar empleo, sobre todo, para los jóvenes, se está ampliando de manera preocupante.

De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el número de personas desempleadas a nivel mundial alcanzaría alrededor de 185,8 millones en 2026, frente a los 182,9 millones de 2024, impulsado por la expansión de la fuerza laboral. Sin embargo, el problema no se limita al desempleo abierto, sino a la creciente dificultad de insertar a los jóvenes en empleos de calidad.

En 2025, la tasa mundial de desempleo juvenil había llegado al 12,4%, más del doble de la tasa general. A decir; 67,3 millones de jóvenes se encontraban sin trabajo. A la par, la proporción de jóvenes que no estudian, no trabajan ni reciben formación (NINI) alcanzó el 20,0%, lo que equivalió a unos 257 millones de personas que quedaron fuera tanto del sistema educativo como del mercado laboral.

El deterioro es aún más preocupante si se considera que la tasa de jóvenes NINI había alcanzado un mínimo de 19,7% en 2023. Desde entonces, la tendencia se revirtió y se proyecta que continúe aumentando de manera moderada hasta 2027. De forma similar, la tasa mundial de desempleo juvenil, que había venido disminuyendo desde 2020, se estabilizó en 12,3% en 2024 y se mantendría cerca de ese nivel en los próximos años. Estos datos confirman que el progreso en materia de empleo juvenil se ha estancado. Además, esta exclusión temprana representa una pérdida significativa de capital humano y limita las perspectivas de crecimiento económico a mediano y largo plazo.

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A este panorama se suma la brecha mundial de empleo, que alcanzaría cerca de 408 millones de personas en 2026. Además de los desempleados, esta cifra incluye a casi 222 millones de personas en edad de trabajar que estarían dispuestas a aceptar un empleo, pero que no son consideradas desempleadas porque no buscan activamente trabajo o no están disponibles, muchas veces por desaliento ante la falta de oportunidades. Una parte importante de este grupo corresponde a jóvenes que han abandonado la búsqueda laboral tras repetidos intentos fallidos de inserción.

La dificultad para generar empleos de calidad para los jóvenes está estrechamente vinculada a la limitada transición hacia actividades económicas de mayor valor agregado. La OIT advierte que la desaceleración en el paso hacia industrias más productivas y servicios de mayor sofisticación tecnológica es uno de los principales obstáculos para mejorar la calidad del empleo y elevar la productividad laboral. Sin este cambio estructural, el mercado de trabajo seguirá ofreciendo mayoritariamente ocupaciones de baja remuneración y escasa estabilidad.

Al mencionado panorama se suman los desafíos asociados a la transformación tecnológica. La inteligencia artificial y la automatización introducen un nuevo factor de incertidumbre en los mercados laborales. Si bien su impacto total sobre el empleo juvenil todavía no puede determinarse con precisión, la organización subraya que su magnitud potencial exige un seguimiento constante. En particular, existe el riesgo de que la IA complique la inserción laboral de jóvenes con educación superior en países de ingresos altos que buscan su primer empleo en ocupaciones de alta cualificación. Un potencial escenario si no se acompaña de políticas de formación, reconversión laboral y fortalecimiento de las capacidades productivas.

Dinámica regional

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En América Latina y el Caribe (ALC), la situación del empleo juvenil refleja con claridad las tensiones globales. Aunque el empleo total en la región aumentó en 4,4 millones de personas entre 2024 y 2025 y la tasa de empleo sobre la población subió levemente de 59,1% a 59,3%, la calidad de los puestos generados sigue siendo una asignatura pendiente. De hecho, 2 millones de esos nuevos empleos fueron informales, lo que refuerza la fragilidad del mercado laboral regional.

La informalidad, que representó el 51,1% del empleo total en 2025, afecta de manera desproporcionada a los jóvenes. Para muchos de ellos, el primer contacto con el mercado laboral ocurre en condiciones precarias, sin estabilidad de ingresos, sin protección social y con escasas posibilidades de acumulación de experiencia laboral reconocida. Países como Ecuador, México, Paraguay y Perú registran niveles especialmente elevados de informalidad, lo que limita aún más las oportunidades de inserción juvenil en empleos formales.

Aunque el desempleo general en ALC descendió ligeramente del 5,9% en 2024 al 5,5% en 2025, el desempleo juvenil se mantuvo elevado en 11,9%, casi tres veces la tasa de los adultos, que fue de 4,3%. Además, casi uno de cada cinco jóvenes de entre 15 y 24 años se encuentra en situación de NINI, lo que refleja una exclusión persistente del sistema productivo.

La brecha de género profundiza estas dificultades. En 2025, la tasa de desempleo juvenil femenino había alcanzado el 14,5%, frente al 10,1% en el caso de los hombres jóvenes. Esta diferencia pone en evidencia desigualdades estructurales en el acceso al empleo, en la calidad de los puestos disponibles y en las oportunidades de desarrollo profesional.

Puntualmente, Paraguay atraviesa una etapa en la que el peso de la población joven adquiere una relevancia estratégica para su desarrollo económico y social. De acuerdo con las estimaciones del Instituto Nacional de Estadística (INE), de las aproximadamente 5.900.000 personas que formarían la población total del país, los jóvenes de entre 15 y 29 años representaron el 25,4% del total. Por estructura etaria, el grupo de 15 a 19 años concentró el 34,4% de la población joven, el tramo de 20 a 24 años reunió el 33,2% y el de 25 a 29 años explicó el 32,3% del total.

En cuanto al mercado laboral juvenil, datos oficiales mostraron que, del total de la población de 15 a 29 años, alrededor de 977.000 formaban parte de la fuerza de trabajo, mientras que 527.000 se encontraban fuera de ella.

Dentro de la fuerza laboral juvenil, unos 870.000 jóvenes estaban ocupados y 107.000 desocupados. A esto se suma un problema adicional: la calidad del empleo. Entre los jóvenes ocupados, alrededor de 33.000 se encontraban subocupados por insuficiencia de tiempo de trabajo, es decir, tienen empleo, pero desean y pueden trabajar más horas.

El escenario sigue evidenciando que el empleo juvenil en Paraguay enfrenta una doble limitación: dificultades de acceso al trabajo y una alta presencia de empleos de baja intensidad laboral. La combinación de desempleo, subocupación y salida temprana de la fuerza de trabajo reduce las oportunidades de acumulación de experiencia y de ingresos estables. Por tanto, la capacidad de integrar a estos jóvenes en empleos formales y productivos será determinante para aprovechar el bono demográfico, fortalecer la productividad y reducir la informalidad en el largo plazo.

Finalmente, desde una perspectiva general, la incapacidad de absorber a la creciente población joven en el mercado laboral formal implica desaprovechar uno de los mayores activos de los países: su bono demográfico. Una generación sin acceso al empleo productivo no solo ve limitadas sus perspectivas individuales, sino que reduce el potencial de crecimiento de toda la economía.

El mensaje central que surge del informe de la OIT es claro: las cifras estables de desempleo global no deben interpretarse como una señal de fortaleza estructural. Detrás de esa aparente estabilidad persiste un problema profundo de calidad del empleo, con especial gravedad en el caso de los jóvenes. Sin políticas activas orientadas a la educación, la formación técnica, la transición hacia sectores de mayor valor agregado y la reducción de la informalidad, el mercado laboral difícilmente podrá absorber a los millones de jóvenes que se incorporarán en los próximos años.

En este sentido, el empleo juvenil se consolida como uno de los ejes estratégicos para el desarrollo económico y la cohesión social en la próxima década. La capacidad de los países para ofrecer oportunidades laborales dignas a su población joven no solo determinará su desempeño económico, sino también su estabilidad social y política.

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