En una entrevista reciente me formularon una pregunta directa: ¿Puede Paraguay, finalmente, dar un salto cuantitativo en su desarrollo gracias a la energía barata?
La pregunta no es casual. Surge en un contexto específico: la reciente promulgación de los decretos que fijan el precio de la energía entre US$ 32-37 por MWh por un período de 15 años, que promueven activamente al Paraguay como destino para criptominería, centros de datos y actividades intensivas en consumo energético.
Bajo esta narrativa, la abundancia de electricidad proveniente de Itaipú y Yacyretá permitiría atraer inversiones que transformarían la economía nacional.
La idea es atractiva. Pero la evidencia económica sugiere que es profundamente equivocada. El problema no es la energía. El problema es confundir consumo de energía con desarrollo económico.
El error conceptual: capital no es desarrollo
Gran parte del entusiasmo actual de un “salto cuantitativo” descansa sobre una premisa simplista: si hay ingreso de capital, el desarrollo llegará automáticamente. No es cierto.
Esta idea ha sido refutada repetidamente por la literatura económica.
La evidencia económica es clara: los países no se desarrollan porque reciben inversiones. Se desarrollan cuando aparecen empresas capaces de producir bienes y servicios complejos, generar conocimiento productivo y crear empleos de calidad. El capital ayuda. Pero no transforma por sí solo (una condición necesaria pero no suficiente para producir desarrollo).
El crecimiento basado únicamente en la entrada de capital puede inflar el PIB sin cambiar nada esencial. Por eso existen países ricos en recursos, pero con economías poco diversificadas y profundamente desiguales.
Y ahí está el punto que suele omitirse: sin diversificación productiva no hay ingresos sostenidos para la población. Sin ingresos, la demanda interna permanece limitada Y sin una base de demanda, no existe un proceso de desarrollo sostenido, solo crecimiento estadístico, que no se traduce en bienestar.
La historia del desarrollo lo demuestra una y otra vez: lo determinante no es cuánto capital entra, sino la naturaleza de la actividad productiva que esa inversión logra sostener.
Esta no es la primera vez que Paraguay escucha la promesa de un salto cuantitativo.
En los años setenta, Itaipú fue presentada como la palanca que transformaría estructuralmente la economía paraguaya. La narrativa era clara: la abundancia de energía permitiría industrialización, desarrollo de infraestructura y crecimiento sostenido.
Itaipú fue, sin duda, una obra monumental y una fuente extraordinaria de recursos energéticos. Pero esa ventaja no se tradujo en la transformación productiva que se anticipaba.
El país creció, pero no transformó su estructura productiva. Paraguay continúa dependiendo de actividades primarias y de bajo valor agregado, mientras la industrialización sigue siendo limitada.
La lección histórica es clara: la disponibilidad de energía, por sí sola, no produce desarrollo.
Criptominería, el nuevo mito
Hoy se repite una narrativa similar, aunque con otro protagonista. La promesa ahora es la criptominería.
Según este argumento, Paraguay podría convertirse en un hub energético global, aprovechando un precio de la electricidad fijado políticamente entre $32-37 por Mh, por un período de 15 años, sin un mecanismo explícito de actualización del dólar.
Un dólar hoy no equivale a un dólar dentro de 15 años. Este punto no es menor. Congelar en términos nominales el precio de un insumo estratégico en dólares, en un contexto internacional incierto, reproduce un problema ya conocido: sustituir una regla técnica por un valor político.
Sobre esa base, se asume que ese precio –definido fuera de una estructura técnica de costos– atraerá inversiones intensivas en consumo eléctrico, dando por sentado que hay una infraestructura eléctrica capaz de sostener esa demanda, cuando esa capacidad no ha sido desarrollada.
Pero desde el punto de vista económico, la criptominería posee características muy distintas a las actividades que históricamente han impulsado el desarrollo.
Se trata de una actividad que consume enormes cantidades de energía, emplea muy poca mano de obra y genera escasos encadenamientos productivos. No crea un ecosistema industrial, no desarrolla proveedores locales y no contribuye de manera significativa a la acumulación de capacidades tecnológicas en la economía doméstica.
En términos económicos, la criptominería es esencialmente una actividad intensiva en electricidad y casi neutral en empleo. Transforma electricidad en procesamiento computacional, pero no necesariamente en desarrollo económico.
A esto se suma un aspecto cada vez más documentado a nivel internacional: estas actividades no solo demandan grandes volúmenes de energía, sino que también generan presiones significativas sobre la infraestructura eléctrica y el entorno local. Estudios recientes advierten que la expansión de centros de datos y procesamiento intensivo puede provocar disrupciones en los sistemas energéticos sin generar beneficios proporcionales en empleo o desarrollo productivo.
El desarrollo necesita empresas, no solo electricidad
La literatura económica es consistente en este punto: los países que han logrado transformaciones profundas —Corea del Sur, Taiwán, Irlanda o Singapur— no lo hicieron gracias a recursos naturales baratos.
Lo hicieron porque construyeron empresas capaces de competir en sectores complejos, innovar y sostener procesos de aprendizaje productivo en el tiempo.
El desarrollo no surge del acceso a un insumo– por abundante que sea– sino de la capacidad de organizar ese insumo en actividades productivas que generen valor agregado, empleo y conocimiento.
Cuando esa base empresarial no existe, incluso grandes flujos de inversión pueden coexistir con economías poco diversificadas y con limitadas oportunidades para la población. El resultado es conocido: crecimiento que no se traduce en empleos de calidad ni en ingresos sostenidos.
Esto explica por qué numerosos países ricos en petróleo o minerales han experimentado expansión económica sin lograr desarrollo sostenible. La riqueza se genera, existe, pero no se convierte en desarrollo.
El límite energético real
Existe además un problema práctico que rara vez se menciona en el debate público. Las actividades intensivas en energía requieren no solo disponibilidad de generación, sino una infraestructura de transmisión capaz de sostener grandes volúmenes de consumo de manera estable. Esa capacidad no puede asumirse: debe existir.
Paraguay enfrenta limitaciones significativas en este ámbito. Durante décadas, la inversión en expansión de líneas de transmisión y modernización de la red eléctrica ha sido insuficiente. En este contexto, la expansión acelerada de actividades de alto consumo energético puede generar tensiones en el sistema eléctrico nacional, trasladando costos a los consumidores domésticos y a la industria local.
El problema, entonces, no es solo económico. Es estructural: se está construyendo una estrategia de desarrollo sobre una capacidad que aún no ha sido desarrollada y cuya ausencia ya es evidente.
Crecimiento del PIB no es desarrollo
Una economía puede registrar crecimiento del PIB sin mejorar significativamente el bienestar de su población. Esto ocurre cuando las actividades que impulsan ese crecimiento generan poco empleo, concentran rentas en pocos actores y no crean capacidades productivas locales.
En esos casos, el crecimiento existe, pero sus beneficios no se expanden. La economía crece pero no se transforma.
Paraguay ofrece un ejemplo claro de este fenómeno. En los últimos años, el país registra uno de los mayores crecimientos del PIB en la región y reducciones en los indicadores de pobreza. Sin embargo, ese crecimiento convive con un aumento de la pobreza extrema y con carencias estructurales persistentes.
La evidencia es visible: lluvias recientes volvieron a exponer la fragilidad de la infraestructura básica. Caminos intransitables, ciudades vulnerables, sistemas colapsados, que no son anomalías; son el reflejo de una economía que no convirtió su crecimiento en capacidades reales.
Pese a décadas de disponibilidad de recursos energéticos extraordinarios, ni siquiera fue suficiente para resolver déficits básicos de infraestructura en las principales rutas del país. La economía crece, pero no construye.
Las actividades extractivas -incluyendo las basadas en el uso intensivo de energía, tienden a reproducir este patrón: generan riqueza pero no necesariamente desarrollo.
La variable que no se menciona
Existe, sin embargo, una dimensión que rara vez se incorpora en la discusión del uso de la energía como estrategia de desarrollo: la calidad institucional.
La narrativa actual asume que un precio atractivo de la energía será suficiente para atraer inversiones de gran escala. Pero la evidencia muestra que los inversionistas no toman decisiones solo en función de costos. Evalúan, sobre todo, la previsibilidad del entorno.
Paraguay enfrenta debilidades estructurales en este ámbito. Los indicadores internacionales de corrupción y calidad institucional ubican al país no solo en posiciones rezagadas, sino que reflejan un problema más profundo: la falta de previsibilidad en la aplicación de las reglas.
El sistema de justicia no opera como garante imparcial de derechos, sino como un espacio percibido como vulnerable a influencias y a asimetrías de poder. En este marco, el riesgo no es la incertidumbre en abstracto, sino un espacio donde la aplicación de la ley no siempre es independiente de las relaciones de poder.
Estos factores no son secundarios. Inciden directamente en la decisión de invertir a largo plazo, porque la inversión productiva no solo requiere costos competitivos, sino reglas creíbles y aplicables.
La experiencia reciente lo confirma. Algunos proyectos relevantes han sido anunciados, pero siguen siendo casos aislados. No han dado lugar a un proceso de aglomeración productiva ni a la formación de un ecosistema empresarial dinámico. Una inversión sectorial aislada no constituye una estrategia de desarrollo. Solo produce actividad económica puntual.
Asumir que capitales llegarán masivamente solo por el precio de la energía implica ignorar una realidad básica: la inversión productiva requiere instituciones que reduzcan el riesgo, no solo insumos baratos.
El verdadero salto pendiente
El salto cuantitativo que Paraguay necesita no es energético. Es institucional y productivo.
Implica construir infraestructura moderna, educación técnica, fortalecer empresas capaces de innovar y participar en cadenas de valor más complejas. Este es el tipo de transformación que históricamente ha sostenido el desarrollo.
La energía puede ser una ventaja competitiva importante. Paraguay ya la tiene. Lo que no ha logrado es convertir esa ventaja en una estructura productiva que genere valor, empleo y bienestar de manera sostenida.
Por eso, frente a la pregunta inicial —si Paraguay puede dar un salto cuantitativo a partir de energía barata— la respuesta es clara: no en estas condiciones.
No porque falte energía. Sino porque falta la estructura productiva capaz de transformarla en desarrollo. La electricidad es un insumo. No es una estrategia.
Sin cambio esencial
El crecimiento basado únicamente en la entrada de capital puede inflar el producto interno bruto (PIB) sin cambiar nada esencial.
(*) Exdirectora Financiera de Itaipú