Seguro contratado o tranquilidad comprada

Cuando una persona contrata un seguro, rara vez piensa que está celebrando un contrato jurídico complejo. En la mayoría de los casos, lo que busca es algo mucho más simple y humano: sentirse tranquilo. Quiere saber que, si ocurre un accidente, un incendio, un robo, una enfermedad, una demanda o la muerte de quien sostiene económicamente a la familia, no quedará completamente solo frente a las consecuencias. Por eso, aunque técnicamente se contrata una póliza, en la práctica muchas veces se compra tranquilidad.

Esa diferencia entre “seguro contratado” y “tranquilidad comprada” parece apenas una cuestión de palabras, pero encierra una tensión profunda. Desde el punto de vista jurídico, el seguro es un contrato. Tiene partes, objeto, prima, riesgo cubierto, suma asegurada, exclusiones, cargas y condiciones. Desde el punto de vista del asegurado, en cambio, suele ser una promesa de respaldo. Esa promesa puede estar perfectamente delimitada en la póliza, pero también puede estar cargada de expectativas que no siempre coinciden con la realidad del contrato firmado.

Allí aparece uno de los grandes desafíos del mercado asegurador: hacer coincidir lo que el asegurado cree haber comprado con lo que efectivamente fue contratado. No hay peor siniestro que aquel en el cual el asegurado descubre, demasiado tarde, que su tranquilidad era más psicológica que jurídica. La frase “yo pensé que estaba cubierto” resume buena parte de los conflictos que luego llegan a reclamos administrativos, mediaciones o juicios. Y muchas veces ese pensamiento no nace de la mala fe del asegurado, sino de una deficiente explicación, de una lectura apresurada o de una póliza redactada en un lenguaje poco accesible.

El seguro, por su naturaleza, no elimina el riesgo. Lo administra, lo distribuye y, en ciertos casos, compensa sus consecuencias económicas. Quien asegura su vehículo no evita el accidente; quien asegura su vivienda no impide necesariamente el incendio; quien contrata un seguro de vida no derrota la muerte. Lo que hace el seguro es transformar una incertidumbre potencialmente devastadora en una previsión económicamente organizada. Esa es, precisamente, la fuente de la tranquilidad: no la desaparición del peligro, sino la existencia de una respuesta pactada frente al daño. Pero para que esa tranquilidad sea real, debe apoyarse en tres pilares: claridad, suficiencia y confianza. Claridad significa que el asegurado debe comprender qué está cubierto, qué no está cubierto, bajo qué condiciones y hasta qué límites. Suficiencia implica que la suma asegurada y el alcance de la cobertura sean razonables frente al riesgo que se pretende proteger. De poco sirve contratar una póliza si, al momento del siniestro, la indemnización resulta simbólica frente a la magnitud del daño. Confianza, finalmente, supone que la aseguradora actuará con diligencia, buena fe y profesionalismo cuando llegue el momento de cumplir. También corresponde señalar que la tranquilidad no depende únicamente de la aseguradora. El asegurado tiene un rol activo. Debe declarar correctamente el riesgo, leer o solicitar explicación de las condiciones principales, actualizar datos relevantes, pagar la prima en tiempo oportuno, denunciar el siniestro dentro de los plazos establecidos y colaborar en el proceso de liquidación. El agente, corredor o intermediario cumple aquí una función clave. No debería limitarse a vender una póliza, sino ayudar a traducir el lenguaje técnico del seguro a decisiones concretas para la vida del cliente. Su tarea no consiste únicamente en conseguir una prima competitiva, sino en orientar sobre coberturas adecuadas, advertir exclusiones importantes, explicar franquicias y acompañar en caso de siniestro. Cuando esa labor se realiza bien, el seguro deja de ser un formulario y se convierte en una verdadera herramienta de protección. En definitiva, contratar un seguro debería ser mucho más que cumplir con una exigencia legal, acceder a un crédito, retirar un vehículo de una concesionaria o proteger formalmente un inmueble. Debería ser un acto consciente de previsión. La póliza es el documento; la tranquilidad es el valor que el asegurado espera recibir.

No elimina el riesgo

El seguro, por su naturaleza, no elimina el riesgo. Lo administra, lo distribuye y, en ciertos casos, compensa sus consecuencias económicas.

(*) Abogado