Ya en los años 30, el teórico Antonio Gramsci descubrió, desde una prisión de la Italia fascista, una verdad incómoda que luego adoptaron corrientes políticas de todo signo: para dominar hay que adueñarse de las palabras. Al sistema le conviene llamar a las cosas de una manera distinta a lo que realmente son. Y en Paraguay nos hemos vuelto expertos en el arte del eufemismo financiero.
Cuando el MEF nos dice que “colocó bonos”, lo que en realidad está haciendo es disfrazar una realidad cruda. Definamos las cosas por su nombre: el Estado es un aparato burocrático, político y militar que ejerce el monopolio de la fuerza en un territorio. Y el nuestro, en particular, es un administrador pésimo. La ineficiencia estatal salta a la vista: Comparemos la Copaco con una empresa privada de telefonía, por ejemplo.
La analogía del pariente deudor
Lo grave no es solo que el Estado sea un mal administrador, sino que esa ineficiencia genera un déficit crónico que alguien tiene que pagar. El comportamiento del sector público paraguayo se asemeja al de ese pariente habitué de los vicios, que no trabaja, cuyos hijos no van a la escuela y que vive al límite de sus tarjetas de crédito. Cuando el banco ya no le refinancia y la casa está a punto de hipotecarse, este personaje recurre al usurero del barrio.
El Estado hace exactamente lo mismo, pero con modales elegantes. Emite un “bono” –que no es más que un papel firmado con una promesa de pago– y lo coloca en los bancos y en el mercado bursátil para captar dinero fresco. ¿El objetivo real? Financiar su propio gasto corriente incontrolable.
Sin embargo, el relato oficial nos vende una narrativa idílica. Desde los despachos oficiales se argumenta con pompa que el mercado bursátil es un “actor esencial para crecer” y que la presencia del Estado es una “demostración de confianza de que se están haciendo bien las cosas”. Es una falacia insostenible. Celebrar que el sector privado le preste dinero al Estado no es un síntoma de salud económica, es la validación de un desequilibrio.
Eufemismos para no ajustar el gasto
La propaganda oficial destaca que la licitación captó una demanda de 620.000 millones de guaraníes, aunque decidieron adjudicar 360.000 millones. El argumento técnico para justificar este endeudamiento es poesía pura: “cubrir requerimientos de caja del Estado sin desordenar el manejo presupuestario”. Traducido al cristiano: el Estado gasta más de lo que recauda y, en lugar de realizar un ajuste estructural del gasto público, prefiere seguir pidiendo prestado. Es el equivalente a presumir que el prestamista del barrio nos sigue dando dinero porque “confía en nosotros”, ocultando que lo único que estamos haciendo es agrandar el agujero negro de la deuda pública.
¿Adónde va el dinero?
Mientas se maquilla la emisión de deuda, la realidad de la caja fiscal nos muestra las verdaderas prioridades del gasto. En estas mismas semanas, el MEF destina esos recursos para pagar salarios y transferencias a funcionarios de universidades nacionales y gobernaciones, sin plantearse la racionalidad de esos gastos.
Esto nos obliga a abrir debates de fondo que la clase política prefiere esquivar.
¿Está bien sostener empresas deficitarias y/o ineficientes cumpliendo funciones que bien puede realizar la actividad privada? ¿No deberíamos construir un estado pequeño pero poderoso dotado de herramientas como la AI en vez de tremendos gastos improductivos financiados con el lomo y el endeudamiento de los contribuyentes paraguayos?
Mientras no llamemos a las cosas por su nombre –déficit en lugar de “requerimiento de caja” y deuda en lugar de “herramienta bursátil”– seguiremos aplaudiendo los parches financieros de un Estado que se niega a reformarse, comprometiendo el bienestar de las futuras generaciones.