El multiplicador secuestrado

Cómo una teoría económica pensada para administrar el ciclo terminó convertida en una justificación permanente para gastar.

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Cada vez que se tiene una elección reaparece un argumento que suena técnico y resulta difícil de discutir en una tribuna: el Estado tiene que gastar porque el gasto público mueve la economía y genera empleo. Con esa idea se justifica casi todo: una planilla más grande, una obra, un subsidio o un presupuesto que crece año tras año. El argumento tiene un origen económico serio; el problema comienza cuando se toma solo la parte conveniente de la teoría.

Lo que Keynes realmente planteaba

Keynes nunca sostuvo que cualquier gasto, en cualquier momento y financiado de cualquier manera, fuera bueno. Pensaba en una situación concreta: demanda privada en caída y recursos ociosos. Allí, una obra paga salarios y proveedores, quienes los reciben gastan una parte y el impulso inicial puede generar más actividad que el desembolso original.

La palabra importante es puede. El multiplicador no es una constante: depende del ciclo, del endeudamiento, de cómo se financia el gasto y de cuánto se fuga hacia ahorro o importaciones. En economías pequeñas, abiertas y con tipo de cambio flexible, como la paraguaya, buena parte del impulso termina fuera del país. No deberíamos asumir que cada guaraní se multiplica igual, sin importar el momento ni el destino.

Hay además una mitad incómoda. La política keynesiana es contracíclica: el Estado sostiene la demanda en la crisis, pero cuando la economía se recupera, el estímulo debe retirarse y las cuentas recomponerse. Gastar produce beneficios visibles e inmediatos; ahorrar rara vez da votos. Por eso esa segunda mitad casi nunca llega.

La advertencia de Hayek y Buchanan

Hayek advirtió que ninguna autoridad posee toda la información dispersa que coordina una economía. Buchanan sumó la política: ¿qué ocurre cuando quienes aplican una teoría también necesitan ganar elecciones?

Si en los malos tiempos siempre hay una justificación para gastar y en los buenos la disciplina cuesta votos, el resultado es un sesgo persistente hacia el déficit. Pero el abuso de una teoría no la invalida: demuestra un problema de incentivos, no que el mecanismo sea falso.

Lo que el gasto no muestra

Dos gobiernos pueden gastar lo mismo y obtener resultados muy distintos. Una carretera que reduce costos logísticos no se compara con una estructura administrativa que crece sin generar servicios. Ambas aumentan la demanda; solo una amplía la capacidad productiva. El salario de un funcionario innecesario también se consume, pero ese recurso pudo ir a infraestructura, educación o salud.

Con la corrupción ocurre algo similar. Si una obra cuesta cien y el Estado recibe infraestructura equivalente a sesenta, el gasto se realizó, pero solo una parte se convirtió en patrimonio público. Y cuando las empresas descubren que rinde más competir por contratos que por productividad, el talento se desvía hacia la búsqueda de rentas: capturar beneficios en lugar de crear valor.

No toda campaña es una inversión que busca recuperarse. Pero cuando el financiamiento electoral es opaco y la discrecionalidad sobre contrataciones y nombramientos es alta, el presupuesto incorpora una variable ajena a la economía: la rentabilidad política. Quien financia espera reciprocidad; quien moviliza espera un cargo.

El relato que nos aleja de la competitividad

Hay un costo que no figura en ningún presupuesto: el del relato. La política construyó una narrativa en la que gastar equivale a hacer, inaugurar a resolver y contratar a servir. Es eficaz porque es simple y visible, pero nunca muestra si la obra redujo costos o si el servicio mejoró. Un país compite por su infraestructura, la formación de su gente y la confianza en sus instituciones, y nada de eso mejora con anuncios. Los inversores y los jóvenes que deciden si quedarse o emigrar leen esas señales mejor que cualquier discurso.

Paraguay todavía tiene a su favor una estructura demográfica joven que no durará para siempre. Si esa ventana se usa para sostener un relato de gasto sin resultados, llegaremos al final del bono demográfico con más compromisos fiscales, menos productividad y una ciudadanía cansada de promesas. Si se usa para invertir en capital humano, infraestructura e instituciones, podemos ser un país más competitivo, con mayores y mejores oportunidades para su gente.

Gastar mejor

Cumplir el tope de déficit es necesario, pero no alcanza: se puede respetar la regla fiscal y aun así asignar mal los recursos. Quizás el verdadero problema nunca haya sido Keynes, sino quedarnos solo con la parte que permite gastar e ignorar las advertencias de Hayek y Buchanan. La pregunta de fondo es práctica: ¿qué obtiene la sociedad por cada guaraní que gasta el Estado? Mientras esa no sea la discusión, seguiremos debatiendo si gastar más o menos, cuando el desafío es otro: gastar mejor.

(*) Economista