Sabemos que los enólogos trabajan para producir vinos cada vez más exclusivos, de sabores únicos y de precios extravagantes. Siempre digo que el hacer un vino es todo un arte, ya que uno trabaja desde la viña un año antes, pasando por las cuatro estaciones en las cuales el ciclo de vida de la viña se manifiesta de forma diferente. Se trabaja manualmente con total delicadeza; el enólogo recibe las uvas y, dependiendo de lo que él desee, las trabaja artesanalmente ayudado por la tecnología durante todo el proceso de fermentación, crianza en barrica y guarda en botella para sacar al mercado –como muchos dicen– “El” vino.
Todo este trabajo hoy es ayudado finamente por la tecnología que elabora fichas técnicas cada vez más detalladas con fotografías, análisis de las uvas, de los suelos, estudios meteorológicos e inclusive estudios de ADN, para saber exactamente cómo evoluciona la planta y, sobre todo, el vino.
Pero, vuelvo a repetir, la tecnología está allí a disposición, pero el arte está en manos del enólogo; es a esta persona a quien las bodegas confían sus productos para sacar al mercado los grandes vinos que todos disfrutamos. Es el que decide cuándo elabora un gran vino (casi siempre son blends), las cantidades de cada vino varietal que integra la composición, así como también decide el tiempo de barrica de cada varietal y es el que realiza el assamblage (mezcla de vinos) final, antes de embotellar.
Pero bueno, ¿para qué esto del control estricto en fichas técnicas y pareceres de estudios tecnológicos del vino? Primero que todo, para conocer la evolución y asesorarse mejor cuando suceden cosas en la viña. Pero más que todo, hoy en día es para proteger los grandes vinos de los falsificadores y de los productos alterados que se venden.
¿Vinos falsificados?
Pues sí, ¡claro! Algunas botellas cuestan entre mil y seis mil dólares americanos sin mucha dificultad, incluso se subastan botellas a precios que van de treinta mil hasta quinientos mil dólares y es difícil saber el verdadero origen de ellas. Siempre se trata de llevar registros de las mismas desde las bodegas donde fueron elaboradas, a quiénes fueron vendidas las botellas, cuál fue la bodega y en qué condiciones fueron guardadas, para tratar de tener el máximo de información para dar al cliente que resulta comprador final de este producto.
Para ello, tanto en Gran Bretaña como en Italia ya hay un departamento policial que se dedica exclusivamente a la investigación de los vinos falsificados y al desmantelamiento de grupos organizados que se dedican a este negocio.
Así también, hay juicios aún pendientes entre compradores finales y empresas de subasta de gran renombre por vender productos de dudoso origen que pasaron por sus manos.
Por suerte, esto aún no llega a los vinos sudamericanos; aún bebemos el verdadero arte del enólogo y no una falsificación, pero aquí ya toman cuidado porque los vinos de nuestro continente cada vez ganan más preponderancia.
Salud a todos, ¡viva el vino y viva el arte del enólogo!
