¿Las barras bravas o las familias?

Recuerdo bien la época en la que estando aún en el colegio, me escapaba de la clase para ir a ver los partidos de mi club.

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Obviamente, me aseguraba de que mis padres no se enteraran de esa irresponsabilidad que se repetía casi con seguridad cada vez que mi equipo jugaba entre semana. Los fines de semana, sí iba a la cancha con permiso casi forzado de ellos.

Ahora, ya con mi propia familia constituida y que me considero un poco más maduro, intenté reactivar mi afición de ir a los estadios cada fin de semana y, si se puede, a los juegos internacionales.

Incluso, la semana pasada llevé a toda mi familia, pero me di cuenta de que, tal vez, cometí una feroz irresponsabilidad al arriesgarlos innecesariamente.

De manera ingenua, creía que nuestros escenarios deportivos ya estaban aptos para recibir a las familias y que por fin podríamos ir sin miedo, como antes.

Es más, ahora que quiero ir en familia a la cancha tengo más miedo que antes cuando era joven y que iba con mis amigos.

Lo que sucedió en la Nueva Olla del club Cerro Porteño, cuyo sector visitante fue destrozado por la barra brava de Guaraní, denota que nuestras hinchadas siguen siendo retrógradas, violentas y que en vez de fomentar la fiesta y atraer al público, terminan espantando a la gente y sembrando miedo.

¿De quién es la culpa? No creo que sea solamente de la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF), que sigue permitiendo el ingreso de estos inadaptados, para usar un término suave.

¿Será responsabilidad de la Policía? Tampoco. Al contrario, me parece que el departamento de Seguridad en Eventos Especiales y Deportivos, de un tiempo a esta parte, por lo menos supo contener a las barras bravas, por medio del diálogo permanente con sus líderes.

¿La Fiscalía es floja? A medias. Porque el encarcelamiento de cinco de los miembros de la barra de Guaraní identificados en el último incidente en la Nueva Olla es una señal clara de mano dura, pero obviamente se necesitan medidas más drásticas y ejemplificadoras.

¿Entonces, de quién es la culpa? Y puede ser que sea también culpa de nosotros mismos, de la sociedad, que muchas veces actuamos encubriendo a estos delincuentes, dándoles cabida donde no se merecen.

No creo que la eliminación de las barras bravas sea la solución, pero tampoco podemos seguir permitiendo que se adueñen de un espectáculo tan lindo como el fútbol, que es lo único que muchas veces nos hace olvidar de nuestras penas por la crisis que vive el país.

No podemos pretender avanzar como país o como sociedad si luego de cada partido reportamos jóvenes, algunos menores de edad, que se pelean por unos trapos de colores o se disparan sin motivo razonable.

No podemos seguir enterrando a adolescentes, algunos casi niños, que fueron baleados al bajar de un micro, luego de ir a ver jugar a su club.

En Gran Bretaña, había también hace dos décadas una crisis a causa de los barrabravas. Los famosos hooligans fueron, tal vez, la hinchada más violenta del mundo.

¿Y cómo desaparecieron? Desalentando la violencia desde las escuelas, suprimiendo la difusión de escenas violentas y que se asemejen a las de las canchas de fútbol.

También se prohibió, de por vida, el ingreso de los inadaptados a los estadios de fútbol. Algunos ligaron penas carcelarias de hasta 30 años. 

Las empresas de transporte que llevaban a estos vándalos eran sancionadas. Sobre este punto, ¿se imaginan a los colectiveros paraguayos recibiendo multas por llevar a las barras?

La inversión en tecnología en los estadios fue también determinante, según la recopilación de varios medios de prensa de Europa. Al menos en este sentido, Paraguay parece empezar a usar esta herramienta.

En fin. El fútbol es una fiesta y como tal debe ser disfrutada, no sufrida.

Ojalá muy pronto podamos volver a ver a los papás llegando de la mano con sus hijos a las canchas y regresar felices a sus casas.

ileguizamon@abc.com.py