Reconocida por sus notables libros de historia, Ana Barreto llevaba una vida tranquila, serena y, por sobre todo, feliz. Casada y con dos preciosos hijos, Silvio (8) y Renato (6), todo su mundo se vio alterado tras recibir la peor noticia que se puede dar a una mujer: tenía cáncer de mama.
Su primer diagnóstico fue negativo; la enviaron a casa con la recomendación de hacer ejercicios y bajo la promesa de retornar luego de 12 meses para otra prueba de rutina. No se preocupó del tema durante un tiempo, pero sentía que algo andaba mal.
Visitó a otro médico, quien con solo palmar sus senos le diagnosticó lo que jamás esperó: “Ana, no me gusta hacerle perder tiempo a la gente. Eso que tenés ahí es un tumor y es muy feo”.
Su vida se desplomó en ese instante. Para seguir viviendo, ella debía enfrentarse desde ese momento a incontables análisis, cirugías, quimio y radioterapias.
Se vio obligada a seguir un tratamiento en São Paulo, Brasil, por lo que –además de la contienda que libraba contra el cáncer– debía permanecer lejos de sus hijos. Pero nunca claudicó. Hoy recuerda esos días no con pesar, sino con el orgullo de haber ganado una importante batalla.
¿Cómo fue conocer el diagnóstico? Hacía meses que había sentido como una piedrita en el seno. Fui con una mastóloga en quien confiaba mucho y me indicó una mamografía. Con el resultado en mano –en el que las imágenes no mostraban nada– me dijo que podría tratarse de una calcificación o que quizás yo somatizaba un problema personal y una situación de estrés. Me mandó a casa, me recomendó que hiciera más ejercicios y cuidara mi dieta, para marcar mi retorno en 12 meses. Fui a casa, solo que tras seis meses no me cerró esa explicación y cambié de profesional. Fui junto con el Dr. Eduardo Allo y pensé que me recetaría antiinflamatorios, pero básicamente, con solo palpar, gatilló la peor noticia que cualquier mujer puede escuchar.
¿Cómo viviste el proceso de aceptación?
En el momento que el doctor me confirmó que no había ningún error en su diagnóstico, lloré y maldije a la mastóloga que me había enviado a casa. “¡Cáncer, cáncer, cáncer!”. La palabra sonaba ampliada en mi cabeza. Había firmado contratos, tenía dos hijos pequeños, tenía solo 34 años. Lo primero que pregunté fue si moriría y la respuesta fue clara: “Sin tratamiento, sí, Ana”. De allí en más debía pasar por cirugía, quimio y radioterapia. Lloré y lloré. Entonces él me dijo: “Te vas a dar permiso para llorar metiéndote en el baño sola; podés romper platos si querés, pero una vez que abras la puerta, ya no llores; lo que se viene no te tiene que encontrar rendida”. Hasta hoy en día esa frase me ayuda.
¿Recibiste el apoyo que hacía falta? Al salir del consultorio estaba perdida; caminé instintivamente y sonó el teléfono. Era mi mamá, que quería saber cómo me fue: “Tengo cáncer, mami”, le dije. Ella llegó, se deshizo de las órdenes de exámenes y salió cual rayo a comprar pasajes de avión a São Paulo. Horas después estábamos mamá, papá, mi prima Jazmín –sin ella no sé qué hubiéramos hecho– y yo rumbo a la ciudad que me vería nacer de nuevo. Mamá me acompañó en todo, sufrió mis dolores y penas, siguió mi misma dieta e hizo conmigo los mismos ejercicios.
¿Fue duro afrontar el tratamiento? ¿Cómo lograste superarlo? Yo siempre busqué ponerle letras a toda mi vida. Tardé meses en buscar una palabra, una sola, que describiera el cáncer y encontré que era una cosa indigna de ser deseada. El cáncer era un indeseable. Pero tuve la fortuna de ser atendida por un mastólogo paulista extraordinario, el Dr. Waldemir Rezende, quien desde el principio me dejó en claro que sería muy difícil, pero que él estaría a mi lado; promesa que cumple hasta el día de hoy, cuando me pregunta cómo estoy. Nunca me cuestioné “¿por qué a mí?”, pero sí “¿por qué ahora?”. Mi mayor temor nunca fue morir, sino dejar a mis niños sin mamá. Pero el mayor miedo fue, a la vez, el mayor estímulo, porque cuando creía que no aguantaría el tratamiento, me imaginaba los momentos que aún debía pasar con mis hijos y en los que tenía que acompañarlos. Un tratamiento de cáncer es mucho, muchísimo peor que lo que vemos, leemos o escuchamos.
¿Pasaste por muchos procedimientos médicos? Pasé por cuatro cirugías: una de procedimiento para colocarme el portacath que llevo bajo la piel; una de reconstrucción mamaria –tengo pendiente otra– y dos de urgencias por derivaciones de la quimioterapia. También atravesé ocho ciclos de quimioterapia en un lapso de seis meses e innumerables exámenes de imágenes y, al menos, 50 análisis de sangre.
¿Por qué realizaste tus tratamientos en el Brasil? Fue una decisión que papá y mamá tomaron cuando la biopsia confirmó el cáncer. Creo que se debió a lo que nosotros, como familia, entendimos que fue una actitud negligente por parte de aquella médica. Pero tuve dos equipos médicos: uno en São Paulo y otro en Asunción, encabezado por el oncólogo Mario Meyer. Si bien los primeros eran los médicos tratantes, el Dr. Meyer tuvo que solucionar todas mis internaciones de urgencias, que no fueron pocas. En un país donde la gente muere por falta de drogas quimioterapéuticas en los hospitales públicos o esperan meses para conseguir un turno, yo fui una privilegiada. Malos médicos y malos hospitales hay en todas partes del mundo, y excelentes también; a mí me tocaron los mejores.
¿En qué aspectos cambió tu rutina diaria? Mi alimentación cambió radicalmente: eliminé azúcares y carbohidratos, para priorizar frutas, semillas, muchas verduras, mucho pescado, leche de almendras, legumbres, aceite de oliva, cúrcuma, jengibre, té verde y litros de té de manzanilla. Además de este cambio extremo, era incapaz de escribir y tenía tanto vértigo que no podía leer.
Hay un aspecto muy difícil al salir del país y es que una se va sola. Yo fui con mi madre a vivir al Brasil y, aunque es cerca, vivir en tratamiento no es como estar de vacaciones. Prácticamente, no podía cuidar a mis hijos y en seis meses los vi solo durante tres semanas. Todo eso tuvo un gran costo emocional para ellos y para mí. Creo que ser historiadora me ayudó infinitamente, como haber leído literatura y haber disfrutado del cine. En los días realmente malos, me imaginaba a mí, muerta de miedo y sin experiencia, en una oscura y fría trinchera en medio de una guerra, agazapada, aguardando, esperando que el enemigo atacara. Pero luego de la cirugía llegaron esos días en los que los rastros de la quimioterapia desaparecían para dar lugar a una nueva persona: cabellos, cejas, pestañas nuevas; ganas de leer, escribir, poder escuchar música; tenía ganas de caminar ¡y podía caminar más de 50 m!
¿Qué nuevo sentido le dio a tu vida esta experiencia? Es un estado en el que sabés quién sos, dónde estás parada y quiénes te rodean. Yo supe lo que es el amor incondicional cuando vi a mi mamá sufrir el cáncer conmigo. Vi cuáles de mis amigos se quedaron a oír mis miserias, mi miedo a morir. A veces, quienes tenemos cáncer nos comportamos como alguien que se está ahogando, por eso, quien venga a tu rescate necesita saber nadar muy bien, porque de lo contrario, podrías llevarlo a un lugar emocionalmente cansador. Una mano me basta hoy en día para nombrar a mis amigos. Me tocó ver el vacío de varias personas, gente que aprovecha el momento de debilidad para venderte en un remate de despojos. Pero así como vi mezquindad, también vi solidaridad increíble, personas que me enviaban miel pura para alimentarme bien, verduras orgánicas, semillas, así como estampas y rosarios, pese a que no soy creyente. Me escribieron versos, oficiaban misas y, por sobre todo, contenían diariamente a mis padres y hermanas. Gestos simples, como una sesión de fotos para devolverme la autoestima cuando ya había perdido cabello, pestañas y estaba a punto de quedarme sin cejas. También vi a gente perder la batalla y a otras ganarla. Yo soy atea, pero ahora tengo un respeto más grande por la espiritualidad humana. La fe es muy importante, sea cual fuera la creencia: Dios, dioses, Jesucristo, orixás, Buda, Mahoma o la medicina. Yo tuve confianza plena en la ciencia y en mis médicos, y eso es fundamental; parte de la cura es creer que uno va a curarse. Hoy, creo que hay una Ana mejor, sin dudas.
¿Seguís con los tratamientos? ¿Por qué razón son necesarios?
En este momento, mi mayor desafío es cumplir cinco años en remisión. Me dieron un alta para volver a casa, pero no es estrictamente una cura definitiva. De momento, tengo un pacto de paz con el cáncer; él se retiró derrotado, y yo debo cuidarme en muchos aspectos y seguir un monitoreo cercano que incluye medicamentos, análisis y visitas periódicas al oncólogo, para defender, las fronteras de mi territorio. Aún vencido con un tratamiento exitoso, el cáncer puede retornar luego de un tiempo como metástasis o un nuevo cáncer primario. Por ello, el control periódico es fundamental.
¿Qué consejo darías a las mujeres que están pasando por algo similar? Un diagnóstico de cáncer y un tratamiento no se enfrenta sola; hay muchísimas mujeres que recorrimos esa difícil senda y muchas otras más que van a recorrerla. Ante un diagnóstico de cáncer, lo primero es no desesperarse, pero actuar; lidiar con las emociones, ya que hay un tiempo para llorar y enojarse, aunque el momento inicial es de lucha. Hay un momento en el que las respuestas van a venir, pero lo primero es mirar de frente y solo de frente. El tratamiento imposibilita en muchos sentidos: físico y emocional, así que toda ayuda es grandiosa; desde alguna colaboración económica o, simplemente, una tarea doméstica. Es crucial tener confianza en el médico y nunca tener miedo de preguntar. Las personas vivimos dictando órdenes a nuestro cuerpo, pero no lo escuchamos, cuando lo ideal es estar atentas a cualquier cambio en la piel, los latidos, la respiración. Se debe cuidar la alimentación y, principalmente, trabajar en las emociones. El núcleo familiar debe estar pendiente de las reacciones del paciente, y respetar sus angustias, miedos y llantos sin dejar por ello de dar fuerzas. Creo que a veces, con tanto dolor encima, tenemos solo angustias para repartir; así que quienes van a sortear este trance deben buscar apoyo emocional en otras personas. Creo, finalmente, en el amor como cura.
Aunque todavía le quedan batallas por ganar, Ana es un ejemplo de lucha y perseverancia. Su vida dio un giro, pero ella sigue manteniendo el espíritu fuerte y guerrero, propio de la digna mujer paraguaya.
NUEVA VIDA, NUEVOS PROYECTOS
Desde pequeña, Ana ama la historia, por lo que hizo de ella una profesión. Tras finalizar sus estudios en la universidad Católica de Asunción e introducirse de lleno en su carrera, ha enseñado y publicado varios libros sobre el pasado paraguayo. Su objeto de análisis han sido siempre las mujeres y los discursos sobre la nación.
Habituada a dedicar varias horas al día a la escritura y la lectura, el duro régimen médico que se vio obligada a llevar adelante no le daba tregua siquiera para caminar. Pero, tras volver de una batalla contra el cáncer, Ana poco a poco, va ganando terreno y se ha puesto nuevos desafíos para volver a escribir, enseñar y encargarse de un pequeño negocio familiar. Asegura, no obstante, que su prioridad es ocuparse de sus hijos.
Texto nadia.cano@abc.com.py
