El acceso oportuno a profesionales, información confiable y tratamientos basados en evidencia aparece como una de las claves para reducir su impacto.
Cada 22 de julio se conmemora el Día Mundial del Cerebro, una fecha impulsada por la World Federation of Neurology para poner en agenda un tema que atraviesa mucho más que la consulta médica.
La campaña 2026 se centra en el lema Brain Health: Access for All, con un mensaje directo para gobiernos, sistemas de salud, profesionales y comunidad: la salud cerebral debe ser accesible para todas las personas.
El dato dimensiona la urgencia. Según la World Federation of Neurology, más de 3.400 millones de personas viven actualmente con condiciones neurológicas, lo que convierte a los trastornos del cerebro en una de las principales causas de discapacidad a nivel global.
Detrás de esa cifra hay historias concretas: personas con epilepsia, trastornos del ánimo, esquizofrenia, TDAH, deterioro cognitivo u otras condiciones que pueden afectar la autonomía, el aprendizaje, el trabajo, los vínculos y la vida cotidiana.
Por eso, hablar de salud cerebral no implica únicamente hablar de enfermedad. También significa hablar de funcionalidad, inclusión, continuidad del cuidado y acceso a herramientas terapéuticas que, indicadas y monitoreadas por profesionales de la salud, pueden ayudar a mejorar el control de síntomas, reducir el impacto de las enfermedades y acompañar a los pacientes en distintas etapas de su vida.
Salud mental: cuando el objetivo también es recuperar funcionalidad
Entre los grandes desafíos de la salud cerebral están las enfermedades mentales severas, como la esquizofrenia y el trastorno bipolar.
Aunque muchas veces se las aborda desde sus episodios más visibles, estas condiciones también pueden afectar aspectos menos evidentes, pero decisivos: la motivación, la interacción social, la capacidad de sostener actividades cotidianas y la posibilidad de recuperar proyectos personales, familiares o laborales.
En ese contexto, el abordaje terapéutico moderno busca ir más allá del control de episodios agudos: apunta también a mejorar la funcionalidad, favorecer la adherencia al tratamiento y reducir el impacto de síntomas persistentes.
La cariprazina es un antipsicótico atípico que actúa como agonista parcial de los receptores dopaminérgicos D2 y D3, con especial afinidad por D3.

La literatura científica la describe como una alternativa terapéutica relevante en esquizofrenia y trastorno bipolar, con interés particular en el abordaje de síntomas negativos de la esquizofrenia, como apatía, retraimiento social, pérdida de motivación y disminución de la expresión emocional.
Para pacientes y familias, estos síntomas pueden ser especialmente difíciles de reconocer, porque no siempre se expresan como una crisis.
Sin embargo, suelen estar asociados a un deterioro importante de la calidad de vida.
Desde una mirada de salud pública, el aporte de tratamientos innovadores radica en su potencial para acompañar objetivos clínicos centrales: estabilidad, continuidad, reintegración social y mejor desempeño en la vida diaria.
Como en toda enfermedad psiquiátrica, el diagnóstico oportuno, el seguimiento especializado y la individualización del tratamiento son determinantes.
Epilepsia: reducir crisis para mejorar seguridad, autonomía y calidad de vida
La epilepsia es una de las enfermedades neurológicas más frecuentes y puede afectar a personas de todas las edades.
Para quien convive con crisis epilépticas, el impacto no se limita al episodio clínico: también puede condicionar la posibilidad de estudiar, trabajar, conducir, practicar actividades recreativas o desenvolverse con seguridad en la vida diaria.
Por eso, uno de los objetivos centrales del tratamiento es reducir la frecuencia de las crisis y mejorar la tolerabilidad, de modo que el paciente pueda sostener su terapia en el tiempo.
El brivaracetam es un medicamento anticrisis que se une de manera selectiva a la proteína vesicular sináptica SV2A, un mecanismo vinculado con la modulación de la liberación de neurotransmisores.
La evidencia clínica y de práctica real lo posiciona como una opción terapéutica para crisis focales, ya sea como tratamiento adyuvante o en determinados contextos de monoterapia, según la indicación aprobada en cada país y la evaluación médica individual.

Un metaanálisis de estudios de vida real que incluyó 35 estudios y 10.956 pacientes reportó tasas de respuesta clínica —definidas como una reducción de al menos 50% en la frecuencia de crisis— cercanas al 36% a los 3 meses, 35% a los 6 meses y 40% a los 12 meses de tratamiento.
Estos datos refuerzan la importancia de contar con alternativas que permitan adaptar la estrategia terapéutica a las necesidades de cada paciente.
En epilepsia, cada avance terapéutico debe entenderse dentro de un abordaje integral: diagnóstico correcto del tipo de crisis, adherencia al tratamiento, educación del paciente y su entorno, identificación de factores desencadenantes y seguimiento neurológico regular.
TDAH: atención, funciones ejecutivas y acompañamiento a lo largo de la vida
La salud cerebral también incluye funciones ejecutivas como la atención, la planificación, la organización, el control de impulsos y la capacidad de sostener tareas.
En ese terreno, el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, conocido como TDAH, suele quedar reducido a una idea incompleta: “falta de atención”.
En realidad, puede afectar el rendimiento académico, laboral y social, tanto en niños y adolescentes como en adultos. Su reconocimiento temprano es clave para evitar diagnósticos tardíos, frustración acumulada y deterioro de la autoestima.
La lisdexanfetamina es un profármaco estimulante indicado en pacientes adecuadamente diagnosticados.
La evidencia disponible muestra que los tratamientos estimulantes, incluida la lisdexanfetamina, pueden reducir síntomas nucleares del TDAH, como inatención, hiperactividad e impulsividad, cuando se utilizan bajo evaluación y seguimiento médico.
Además de su uso en TDAH, la lisdexanfetamina también cuenta con evidencia en adultos con trastorno por atracón moderado a severo, una condición caracterizada por episodios recurrentes de ingesta excesiva acompañados de sensación de pérdida de control y malestar significativo.
En este contexto, los ensayos clínicos muestran que puede reducir la frecuencia de los días con atracones frente a placebo y ayudar a disminuir el riesgo de recaída en pacientes respondedores, siempre dentro de una evaluación médica integral y considerando su perfil de seguridad.

Su uso no debe interpretarse como una estrategia estética o de descenso de peso, sino como parte del abordaje clínico de un trastorno de la conducta alimentaria.
El tratamiento farmacológico no reemplaza el acompañamiento integral. La psicoeducación, las estrategias conductuales, el apoyo familiar, escolar o laboral y el monitoreo clínico son componentes esenciales para que la intervención sea segura, efectiva y orientada a la funcionalidad del paciente.
Un llamado a acercar la salud cerebral a las personas
El Día Mundial del Cerebro invita a mirar estas condiciones desde una perspectiva común: todas requieren información confiable, reducción del estigma, acceso a profesionales capacitados y disponibilidad de tratamientos basados en evidencia.
La salud cerebral no se limita a una especialidad médica ni a una etapa de la vida; atraviesa el desarrollo, la educación, el trabajo, la salud mental, la vida familiar y la participación social.
En ese camino, la innovación terapéutica cumple un rol importante, especialmente cuando permite abordar necesidades clínicas aún relevantes, como los síntomas negativos en esquizofrenia, el control de crisis en epilepsia, el impacto funcional del TDAH o el abordaje del trastorno por atracón moderado a severo en adultos.
Sin embargo, debe estar siempre acompañada por diagnóstico preciso, indicación profesional, seguimiento continuo y educación del paciente.
Consultar a tiempo puede marcar una diferencia significativa: en muchos casos, permite iniciar tratamientos adecuados, prevenir complicaciones y mejorar la calidad de vida.
Ante síntomas neurológicos, cambios persistentes en el estado de ánimo, dificultades de atención que impacten la vida cotidiana o episodios compatibles con crisis epilépticas, la recomendación es consultar con un profesional de la salud.
El diagnóstico y el tratamiento deben ser siempre individualizados y supervisados por especialistas.
