Ubicado sobre la ruta II, el Centro Educativo de Itauguá cuenta con tres hectáreas, en un predio que décadas atrás era un cuartel militar. Un total de 120 guardias, en horarios diferenciados, se encargan de la custodia del sitio.
Hasta el 9 de diciembre pasado, el Centro contaba con 168 menores infractores, sobrepasando ampliamente la capacidad del sitio, ya que el predio está en condiciones de recibir solo a 100 personas, admitió el director del lugar, Édgar Moyano.
Los menores tienen casi siempre cómo ocupar su tiempo en el lugar, porque nueve meses del año deben acudir al colegio que funciona en el mismo predio, pero en las horas libres las actividades son varias y los riesgos del ocio son muchos.
Por su condición de menores, ellos no pueden ser obligados a ningún tipo de actividad en la cárcel, salvo las escolares, por exigencia de organismos de Derechos Humanos.
En los amplios patios se observa a los chicos conversando, tomando tereré y algunos jugando fútbol. Otros se dedican a la limpieza de los baños y de los descuidados pabellones.
Un 70% fuma en el Centro Educativo y el director reconoce que nada puede hacer al respecto, porque es lo que eligen los menores. Los cigarrillos son proporcionados por los familiares, según el titular del Centro.
La jornada en el Centro Educativo empieza temprano, puesto que a las 7:00 ya están en pie y a las 7:30 desayunan. En esta época de vacaciones, pasan el tiempo con las actividades ya mencionadas.
Así como en las cárceles de adultos, en el correccional también existen aquellas reglas que no están escritas. Por seguridad, un menor que ingresa no debe revelar el hecho por el cual se encuentra procesado, a fin de evitar inconvenientes con los otros jóvenes.
En el lugar hay un taller de carpintería, una pequeña cantina tercerizada, pabellones con camas y las comodidades básicas como ventiladores de techo e iluminación eléctrica.
Las paredes de los pabellones están peladas y con dibujos que representan a los barrios más populosos de Asunción, entre ellos la Chacarita. También en sus pinturas se identifican con los clubes Olimpia y Cerro Porteño.
Entre los chicos hay una especie de respeto, por lo cual casi no existen casos de peleas, contó el director del lugar.
El Centro Educativo tuvo los rigores de una reciente tormenta con granizada, que dañó los techos de algunos pabellones y de parte del tinglado.
Los baños son limpiados por los menores, pero igualmente los inodoros están rebasados, sucios y malolientes. Los pabellones tienen ventanas con rejas pero no vidrios, por lo cual los internos se encuentran expuestos al frío, al calor y a los mosquitos.
Las ropas son lavadas a mano sobre dos largas mesas, al costado de uno de los pabellones, debido a que no hay un lavarropas industrial en el Centro.
En conversación con ABC Color, los menores dijeron estar cómodos en el lugar, aunque pidieron televisores para pasar el tiempo.
Durante el recorrido fue una constante la música nacional tropical a todo volumen, menores fumando y en grupos. Nadie quiere hablar sobre sus delitos, para evitar problemas con el resto de la comunidad.
El predio es amplio, pero de a poco los menores van sintiendo los rigores del hacinamiento, en especial con la llegada del verano.
Las ropas son secadas en el interior de los pabellones, muy lejos de la luz solar. Muchos de ellos se sienten cómodos en el lugar y hasta parecen reencauzar sus vidas, pero al salir y volver a sus barrios, nuevamente caen en las garras de la delincuencia.
Algunos, pese a ser jóvenes, registran hasta seis entradas al Centro Educativo de Itauguá. La mayoría está allí por casos de asalto y robo, y una menor cantidad por homicidio.
Usan un lenguaje propio, según explicó el director, viven bajo sus códigos y uno de los pocos escapes hacia la tranquilidad es el fumar cigarrillos.
Desde lo lejos, guardias fuertemente armados, apoyados por cámaras de vigilancia, resguardan el movimiento de los menores.
Así transcurre la vida de los menores, de los cuales solo unos pocos tienen condenas. A la espera de una reinserción en la sociedad.
