En un país donde las expresiones de los pueblos indígenas todavía suelen quedar relegadas a los márgenes de los discursos sobre el arte, la segunda edición de “Maestros del Arte Popular e Indígena del Paraguay: El fuego que queda” propone detener la mirada allí donde se encuentran los saberes, las técnicas y las formas de creación transmitidas de generación en generación.
Lea más: Día de la Polca Paraguaya: una música que encontró su propia forma de sonar
La exposición, inaugurada el jueves 17 en el Espacio Cultural Itaú del Centro Cultural del Puerto de Asunción, recupera un proyecto iniciado hace 13 años por Fundación Texo y vuelve a colocar a sus protagonistas en el centro.
14 artistas, distintos territorios y formas de crear
La propuesta reúne obras de Esteban Klassen, Salmi López Balbuena, Efacio Álvarez, Jorge Carema, Carolina Noguera, Narcisa Ramos, Esperanza Gómez, Doriana Falcón, Angélica Klassen, Floriberta Fermín, Richart Peralta, José Escobar, Simón Pychangui y Patricio Jiménez, artistas vinculados a diferentes territorios y tradiciones del Paraguay.

Sus trabajos atraviesan diversas formas de creación y utilizan materiales y técnicas como el arte textil, la talla en madera, el dibujo, la pintura y la cerámica. Más que presentar estas piezas como testimonios de un pasado detenido, la muestra las incorpora a una conversación sobre el arte paraguayo contemporáneo y sobre la permanencia de conocimientos que continúan produciéndose en el presente.
Durante la inauguración, el curador Fernando Allen insistió precisamente en el protagonismo de quienes integran la muestra. “Lo importante son estos 14 artistas que nos acompañan”, señaló, invitando al público a acercarse a ellos, conversar, hacer preguntas y conocer directamente el trabajo que realizan.
Un arte que sigue vivo
Para el curador Fredi Casco, esta segunda edición es, en buena medida, el resultado de un proceso que comenzó mucho antes de que las obras llegaran a la sala. Recordó que la primera experiencia fue “seminal” para Fundación Texo y que, a partir de entonces, la institución continuó investigando y trabajando con comunidades y artistas, en colaboración con Fernando Allen y otras instituciones.

“Nosotros nos imaginamos la posibilidad no solamente de incorporar el arte popular indígena, sino también pensar esto incluyendo el arte contemporáneo en un sentido más amplio”, explicó Casco. Desde esa perspectiva, el tiempo transcurrido entre ambas ediciones no representa una interrupción, sino parte de un proceso de investigación y acompañamiento que permitió ampliar la mirada sobre estas producciones.
La exposición adquiere así una dimensión que excede la recuperación de una iniciativa institucional. Las obras permiten acercarse a distintas maneras de entender el territorio, la comunidad y la creación, pero también cuestionan las fronteras con las que muchas veces se organiza la historia del arte. En lugar de situar el arte indígena como una expresión periférica o exclusivamente vinculada al pasado, “El fuego que queda” lo presenta como parte activa de la cultura paraguaya actual.
Es justamente en esa convivencia entre materiales, técnicas, memorias y formas de creación donde la exposición encuentra una de sus mayores riquezas. El arte textil, la madera, el dibujo, la pintura y la cerámica aparecen como lenguajes diferentes, pero atravesados por una misma dimensión: el conocimiento que se aprende, se practica y se transmite.

La palabra “maestro” como una cadena de conocimientos
La palabra maestro adquiere, en este contexto, un peso particular. Roberto Galeano, de Fundación Itaú, llamó durante la inauguración a pensar el término no solamente en relación con los artistas presentes, sino también con quienes les enseñaron y transmitieron sus conocimientos.
“Si estos maestros hoy están haciendo el arte que vamos a recorrer aquí, es porque tuvieron maestros y maestras que, de alguna manera, supieron transmitir saberes tan ricos”, expresó.
Esa transmisión es una de las claves para comprender el sentido de la exposición. Cada pieza habla de una práctica artística, pero también de una memoria que no existe de manera aislada: hay una comunidad, un territorio y una cadena de conocimientos detrás de ella. El arte aparece entonces como una forma de continuidad, capaz de conservar determinados saberes al mismo tiempo que los mantiene vivos y sujetos a nuevas interpretaciones.
Desde esta perspectiva, mirar las obras implica también preguntarse por todo aquello que no está necesariamente contenido en el objeto terminado: las personas que enseñaron una técnica, los materiales disponibles en un territorio, las historias que acompañan una práctica y las decisiones de quienes continúan creando.

Mirar el Paraguay desde otros lugares
También Martín Nasta, director ejecutivo de Fundación Texo Paraguay, planteó la muestra como una oportunidad para volver a mirar el país desde otros lugares. Según expresó, esta segunda edición ratifica que “los creadores que están fuera de las fronteras urbanas” también definen el repertorio artístico del Paraguay y que el arte puede funcionar como un puente hacia “un Paraguay profundo, creativo y diverso”.
La frase adquiere especial relevancia al pensar el lugar que históricamente han ocupado las producciones indígenas dentro de los circuitos de exhibición y valoración artística. Aquí, sus autores no aparecen únicamente como portadores de una tradición, sino como creadores contemporáneos, con obras que pueden ser observadas, discutidas y pensadas desde el presente.
La muestra coincide además con los 10 años de Fundación Texo y con la continuidad de su trabajo en torno al arte popular e indígena.

Luego, las obras incorporadas en esta edición pasarán a formar parte de la colección de Fundación Texo. La institución cuenta además con la sala Annick Sanjurjo de Arte Popular Indígena, que continuará vinculada a la preservación y difusión de estas expresiones.
El fuego que permanece
“El fuego que queda” puede leerse, en ese sentido, desde el propio título: aquello que permanece encendido no es únicamente una tradición que sobrevive al paso del tiempo, sino una capacidad de crear, transmitir y transformar.
Trece años después de aquella primera edición, la exposición vuelve a preguntar qué miramos cuando hablamos de arte paraguayo y, sobre todo, a quiénes reconocemos como sus maestros. En sus 14 artistas, en la diversidad de sus técnicas y en los saberes que atraviesan cada obra, la muestra propone ampliar esa mirada y acercarse a un Paraguay cuya producción artística también se construye lejos de los centros urbanos.

La exposición permanecerá abierta hasta el 28 de noviembre, en el Espacio Cultural Itaú del Centro Cultural del Puerto de Asunción, en el horario habitual del espacio, de miércoles a sábado de 14:00 a 20:00.
