En el universo musical del sur de Brasil, donde las tradiciones gauchas se entrelazan con los sonidos del Río de la Plata, el acordeonista Renato Borghetti ha construido durante décadas un lenguaje propio. Su instrumento (la gaita de ocho bajos) parece pequeño frente a la amplitud de los territorios que recorre su música, pero en sus manos se convierte en un vehículo capaz de conectar memorias rurales, ciudades contemporáneas y tradiciones compartidas entre países.
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En conversación antes de su concierto en Asunción, Borghetti habla con naturalidad de esa red cultural que une a Brasil, Paraguay, Argentina y Uruguay mucho antes de cualquier acuerdo político o económico. Para él, la música fue siempre el verdadero espacio de integración regional.
“Creo que la cultura de América del Sur —Brasil, Paraguay, Argentina, Uruguay— se funde profundamente. Mucho antes de que se hablara del Mercosur o de bloques económicos e integración, la música ya estaba ahí”, dijo. En ese mapa sonoro aparecen ritmos que viajan de un país a otro y cambian ligeramente de forma, pero mantienen un mismo pulso cultural.
El acordeonista menciona ejemplos concretos de esa circulación musical. “Yo ya escuchaba polcas paraguayas desde hace tiempo, pero creo que la guarania tiene mucho que ver con la música del centro de Brasil. También compartimos el chamamé, que llega vía Argentina y se mezcla con lo paraguayo hasta alcanzar Rio Grande do Sul”, explicó.

Una raíz gaucha compartida
Para Borghetti, la identidad musical que cultiva tiene un punto de partida claro: la tradición gaucha del sur de Brasil. Sin embargo, esa tradición no es exclusiva de un territorio, sino parte de una cultura que se extiende por toda la región.
“Para mi trabajo es fundamental hacer música de donde vengo, de mis orígenes en el sur de Brasil. Es la música gaucha que compartimos: existe el gaucho argentino, el uruguayo, el paraguayo y el nuestro, el que nace en Rio Grande do Sul”, señaló. Esa base, explicó, es la que sostiene su propuesta artística incluso cuando explora nuevas sonoridades.
Aunque hoy su música circula por escenarios internacionales, Borghetti no proviene de una familia de músicos. Su historia comienza entre la ciudad y el campo, en una infancia marcada por las tradiciones rurales.
“Yo nací en la ciudad, soy urbano, pero tengo una vivencia de campo muy grande por mi familia. Mi padre siempre tuvo propiedades rurales, así que me crié a caballo y lidiando con las tradiciones gauchas”, recordó. Fue en ese entorno donde recibió su primer instrumento. “Mis padres me regalaron un pequeño acordeón cuando era chico”.
Desde entonces, el desafío ha sido encontrar un equilibrio entre la tradición que heredó y las transformaciones de su propio lenguaje musical. “Intento que este folclore se toque de la forma en que yo lo pienso: quiero que tenga modernidad y contemporaneidad, pero sin perder la raíz”, explicó.

El delicado equilibrio entre tradición y modernidad
Ese intento de actualizar el folclore sin romper con su esencia es una búsqueda constante en la carrera de Borghetti. Una búsqueda que, según reconoce, nunca está completamente resuelta.
“El equilibrio no es fácil porque nunca está en el mismo lugar; siempre descubrís algo nuevo que interfiere en tu música”, dijo. Para él, mantener esa tensión entre pasado y presente exige atención permanente.
La paradoja aparece muchas veces en la recepción del público. “A veces pasa que vas al interior y tu música suena muy urbana, o vas a la ciudad y suena muy ‘de campo’”, comentó. Esa ambigüedad, sin embargo, forma parte de la naturaleza de su propuesta artística.
“Encontrar ese equilibrio es una búsqueda constante que no solo aplica a la música, sino a la vida misma: a las amistades, a la familia, al amor. Se trata de saber ceder y saber arriesgar”, reflexionó.
Su formación dentro del movimiento tradicionalista del sur de Brasil también influyó en ese proceso. Borghetti comenzó a tocar en los Centros de Tradiciones Gauchas, conocidos como CTG, espacios dedicados a preservar la música, la danza, la poesía y la historia de la cultura gaucha.
“Yo empecé ahí antes de tocar profesionalmente, así que conozco bien el terreno”, dijo. Cuando comenzó a introducir cambios en el lenguaje musical, la reacción no siempre fue inmediata. “Al principio hubo algo de resistencia, ese ‘esto no se puede hacer’, pero se resolvió de forma muy bonita”.

El sonido íntimo del trío
En el escenario actual, Borghetti se presenta en un formato que privilegia la cercanía sonora: el trío junto a su hijo Pedro da Costa Borghetti en el bombo legüero y Neuro Júnior en la guitarra de siete cuerdas. La elección responde a una búsqueda estética que se fue definiendo con el tiempo.
“Trabajé mucho tiempo con sextetos y cuartetos”, explicó. La transición hacia una formación más pequeña estuvo vinculada a su deseo de construir un sonido más acústico y flexible.
“Dejé de tocar con sexteto principalmente por la batería y el contrabajo. No por el instrumento en sí, porque el instrumento no tiene la culpa de nada —siempre depende del músico—, sino porque busqué compensar esas sonoridades armónicamente en los arreglos”, explicó.
El resultado es una formación que reemplaza esas funciones con otros recursos. “Uso una guitarra de siete cuerdas para compensar el grave del contrabajo y el bombo legüero para la parte rítmica. Busco una sonoridad nueva, lo más acústica posible”.
La dinámica interna del grupo también es fundamental para que esa propuesta funcione. “Con el trío tocamos juntos hace seis o siete años; de hecho, mi hijo toca conmigo y es un placer viajar con él”, comentó. Esa cercanía se traduce en una comunicación musical casi intuitiva.
“Tenemos tanta intimidad musical que prácticamente no armamos un repertorio fijo: decidimos qué tocar en el momento según el clima del teatro”, explicó.

Un instrumento pequeño, un universo sonoro
El instrumento que define la identidad de Borghetti es la gaita de ocho bajos, un acordeón diatónico que muchos músicos consideran apenas un punto de partida antes de pasar a instrumentos más complejos.
Para él, sin embargo, esas limitaciones se transformaron en un estímulo creativo. “Es el mismo instrumento que me regalaron de chico”, dijo. En lugar de abandonarlo, decidió explorar todas sus posibilidades.
“Muchos músicos lo usan solo para iniciarse porque es pequeño y ‘limitado’: no tiene todas las notas ni cromatismos. Es como un piano que solo tuviera las teclas blancas”, explicó.
Su decisión fue ir en sentido contrario. “En lugar de cambiar de instrumento por uno con más recursos, opté por estudiar más este y ver cómo compensar sus limitaciones con frases rápidas o composiciones específicas”, señaló.
Esa elección también define su relación con la composición. Aunque ha grabado alrededor de treinta discos, Borghetti se identifica principalmente como intérprete. “Me considero más instrumentista que compositor, aunque tengo muchas obras propias”, dijo. “Mi composición surge de forma natural dentro de mi propuesta regional”.

Enseñar para devolver
En los últimos años, su trabajo también se ha expandido hacia un proyecto educativo que busca garantizar la continuidad de ese instrumento y de la tradición musical que lo rodea.
La iniciativa se llama Fábrica de Gaiteiros y nació de una preocupación concreta: la desaparición de las fábricas de acordeones en Brasil.
“Cuando empecé, había varias fábricas de acordeones en Brasil, pero todas quebraron. Nos quedamos sin producción nacional”, recordó. El problema tenía una consecuencia directa para los jóvenes músicos.
“El acordeón es el instrumento símbolo de nuestra música, pero traer uno de Europa es carísimo, imposible para un joven que quiere empezar”, explicó.
La solución fue crear una fábrica propia en la localidad de Barra do Ribeiro, cerca de Porto Alegre. Allí se construyen gaitas de ocho bajos destinadas exclusivamente a la enseñanza. “No vendemos ninguna: el 100% de la producción se destina a niños y jóvenes de 7 a 15 años de forma gratuita”, explicó.
El proyecto ya lleva más de una década en funcionamiento y ha crecido considerablemente. “Hoy tenemos 25 escuelas en Rio Grande do Sul y Santa Catarina, con unos 700 alumnos”, señaló.
La tecnología también forma parte del proceso educativo. “Acompañamos todo por una plataforma digital: quién entra, quién falta, cuántos niños y niñas hay... la tecnología nos ayuda a gestionar este impacto social”, comentó.

La música como gratitud
Cuando habla de ese proyecto, Borghetti no lo describe como una extensión de su carrera, sino como una forma de retribución. “Siento que le debo mucho a la música”, dijo. “La fábrica es mi forma de devolver un poco de todo lo que el instrumento me dio”.
Su visita a Paraguay también despertó una emoción particular al recordar la solidaridad regional durante las inundaciones que afectaron al estado brasileño de Rio Grande do Sul el año pasado.
“Nuestra fábrica quedó bajo el agua”, recordó. Saber que desde Paraguay también se enviaron gestos de apoyo fue significativo para él. “Saber de esa solidaridad paraguaya me hace muy feliz”, afirmó.
Antes de despedirse, el músico vuelve al mismo punto que atraviesa toda la conversación: la idea de que la música, en esta parte del continente, siempre ha sido un territorio compartido.
