Horizontalidad, poesía y canción: el universo creativo de El David Aguilar

El David Aguilar con camiseta negra y abrigo de cuadros, sonríe en una estación con detalles arquitectónicos elegantes.
El cantautor mexicano El David AguilarGentileza

El cantautor mexicano El David Aguilar se presentará por primera vez en Paraguay el 25 de abril en La Esquina Cooltural (República Francesa esq. Eligio Ayala). El concierto forma parte de su recorrido por distintos escenarios de la región, en un momento en el que el artista continúa expandiendo su propuesta entre la canción, la poesía y la colaboración con otros músicos. Entradas en Ticketea.

Hay países que todavía no aparecen en el mapa personal de un músico, incluso después de años de giras y escenarios recorridos. Para El David Aguilar, Paraguay era uno de esos pendientes. “Estoy muy emocionado porque Paraguay es uno de los países que no me ha tocado visitar antes; de América del Sur me faltan solo Paraguay, Bolivia y Venezuela”, dice, como quien enumera no solo destinos, sino también una especie de deuda afectiva con el territorio.

La expectativa no está puesta únicamente en el concierto, sino en el descubrimiento. En la posibilidad de llegar por primera vez a un lugar donde su música aún está por encontrarse con quienes la escucharán en vivo. “Hay una emoción bonita por conocer, por estar ahí y poder mostrar mi trabajo y mis canciones”, agrega.

En esa idea de “mostrar” aparece también algo más profundo: el gesto de llevar un repertorio construido a lo largo de más de dos décadas hacia un público nuevo, sin referencias previas, donde cada canción vuelve a ponerse a prueba.

El origen: una vida rodeada de música

Si el presente de El David Aguilar está atravesado por la idea del viaje, su origen parece responder más a una permanencia: la de una casa donde la música ya estaba antes que cualquier decisión. Al mirar hacia atrás, incluso pone en duda la idea de haber elegido ese camino. “Sin duda influyó mucho. Últimamente he pensado que ni siquiera decidí del todo ser músico, sino que era algo que estaba tan en mi entorno que, en los últimos años, me he preguntado qué tanto nació realmente de mí”, dice.

La escena es doméstica y constante: instrumentos disponibles, un padre que tocaba varios de ellos y una práctica casi ritual del canto compartido. “Desde muy chico, a los 10 u 11 años, yo ya sabía y ‘avisé’ que me iba a dedicar a esto. Había muchos instrumentos en casa, mi papá tocaba varios y se cantaba mucho; todavía se canta mucho cuando vamos a lo de mis papás, aunque ahora sea más en plan karaoke”. Más que una epifanía puntual, lo que aparece es una continuidad, una forma de vida que se fue naturalizando hasta volverse destino.

El David Aguilar lleva abrigo a cuadros, de pie con expresión tranquila, en un entorno con cortina roja de fondo.
El cantautor mexicano El David Aguilar se presentará por primera vez en Paraguay.

Sin embargo, en ese recorrido también hay momentos que funcionan como hitos. Recuerda la adolescencia como una etapa de exploración intensa, donde el aprendizaje iba de la mano con la imitación y la curiosidad. “Cuando tenía 12 o 13 años y ya tenía claro que quería formarme, recuerdo desde canciones de Green Day hasta The Man Who Sold The World, que fue la primera que me aprendí en la guitarra”. A partir de ahí, el camino se diversifica: el rock en español, bandas como Maná, incursiones en el metal o el rock progresivo. “Fueron proyectos de estilos muy distintos que me marcaron”, resume.

Esa amplitud no desaparece con el tiempo, sino que se reorganiza. Más adelante, un profesor y el contacto con la poesía abren otra puerta, que lo conecta con la tradición de cantautores de distintos puntos del mundo hispanohablante. Pero incluso ahí, la identidad no se define por una sola línea. “Aunque también me gusta mucho la música norteña; siento que lo mío es un híbrido, me siento como un ‘multigrano’”, explica, intentando nombrar una mezcla que no termina de fijarse.

Esa idea del híbrido encuentra su raíz en la convivencia de universos sonoros dentro de su propia casa. Por un lado, lo que llegaba a través de su padre: “Queen, The Beatles, Bee Gees, algo de country estadounidense, Chicago, Creedence…”. Por otro, lo que efectivamente se cantaba: José Alfredo Jiménez, Álvaro Carrillo, Juan Gabriel. “Lo que oíamos por mi papá era una cosa, pero lo que cantábamos nosotros era música tradicional mexicana. Mi influencia es ese híbrido”.

El descubrimiento de la poesía como forma de vida

Si en su formación musical hay una acumulación de capas, el vínculo con la poesía aparece, en cambio, como un punto de inflexión. No tanto por la escritura en sí, sino por la forma en que redefine su manera de estar en el mundo. “Exactamente como lo dices”, responde cuando se le menciona la idea del lenguaje como refugio, y enseguida vuelve a una escena precisa: un profesor “muy bohemio” en una clase de Orientación Vocacional.

Más que teoría, lo que recibió fueron estímulos. Películas, imágenes, referencias que abrían otras posibilidades. Una de ellas fue El lado oscuro del corazón, donde la poesía no aparece como un objeto, sino como una forma de vida encarnada en autores como Oliverio Girondo, Juan Gelman y Mario Benedetti. “Yo tenía 13 años y ya conocía el concepto, pero no sabía que la poesía era una manera de ser; pensaba que era algo que simplemente se escribía”, recuerda. La revelación no pasa por el lenguaje en sí, sino por lo que lo rodea: “No sabía que la poesía trascendía las palabras”.

El David Aguilar, vestido casual, parece relajado con una mano sobre la mesa y rostro introspectivo en un ambiente de luz tenue.
El David Aguilar realizará una gira por la región con sus canciones.

Hay una escena de esa película que se le queda fija: el intercambio de poemas por comida. Ahí se produce un desplazamiento de sentido. “Entendí que esto tenía un valor en la forma de vivir”, dice. A partir de ese momento, la poesía deja de ser una herramienta expresiva y empieza a operar como una lógica, una manera de interpretar la experiencia. Después vendrán otras lecturas —los poemas de Jaime Sabines, por ejemplo—, pero el origen está en ese descubrimiento adolescente, en ese gesto casi urgente de escribir para ser otra cosa.

La imagen que construye de esos años es también colectiva: cafeterías, amigos, servilletas como soporte improvisado. “Mi contacto con la poesía viene de ahí, de la adolescencia, de juntarme con amigos en cafeterías a escribir en servilletas para sentirnos más grandes. Queríamos saltarnos la adolescencia”. En ese intento de adelantarse al tiempo, la escritura funciona como atajo, como simulacro de madurez.

Con los años, esa relación no se vuelve más estable, sino más consciente de sus propias fluctuaciones. Frente a la idea de que la poesía es un territorio inaccesible o excesivamente intelectual, su respuesta introduce una variable distinta: la disposición. “La poesía es una licencia que te das para salirte un poco de la realidad”, explica, aunque reconoce que no todos conectan con ese desplazamiento. Incluso para él, ese vínculo es intermitente. “Yo mismo tengo días en los que no tengo el ‘software’ de la poesía activo y digo: ‘¿Por qué estoy escribiendo estas mamadas?’”, dice entre risas.

Lejos de idealizarla, la describe como un estado que aparece y desaparece. “Pero luego llega un jueves cualquiera, baja la poesía y me siento superconectado”. Esa irregularidad, más que un obstáculo, parece formar parte del proceso: momentos de desconexión seguidos de irrupciones inesperadas, como si la poesía no fuera algo que se controla, sino algo que ocurre.

Escribir: entre la confesión, la canción y el lenguaje propio

Cuando vuelve sobre sus primeras formas de escritura, El David Aguilar no habla de canciones, sino de poemas. “Primero escribía solo poemas en servilletas o papeles, intentando imitar a los pocos autores que conocía. Me acuerdo y me da mucha ternura; así se empieza”, dice. En ese gesto inicial no hay aún una idea de obra, sino una exploración intuitiva del lenguaje. La poesía aparece como una práctica doméstica, casi lúdica, antes de convertirse en una búsqueda consciente.

Con el tiempo, esa relación con la escritura se reconfigura. “No diría que hoy ya ‘encontré’ algo definitivo, pero he entendido que, en mi caso, la poesía es una elección de estilo casi confesional. Se trata de vaciarme”, explica. La idea de la confesión no remite aquí a la exposición, sino a una forma de depuración: decir lo esencial, sin ornamentos. “Me gusta usar palabras sencillas, no rimbombantes. Prefiero a los poetas francos, directos y económicos, que hablan con parquedad pero con estilo”.

El David Aguilar, con traje gris y gafas de sol grandes, sentado con expresión pensativa en fondo blanco.
El David Aguilar.

En paralelo a su trabajo como compositor, mantiene un espacio propio en redes donde publica versos sueltos, fragmentos que no necesariamente están pensados para transformarse en canciones. Esa distinción es importante para él: no todo lo que escribe pertenece al mismo territorio. “Soy la misma persona, pero ese proyecto de poesía no tiene que ver con la canción. La poesía es un estilo donde me importa cómo acomodo los versos en la hoja o una puntuación que yo mismo inventé”, señala.

La canción, en cambio, responde a otra lógica. “Las canciones son otra vía, una oportunidad para explorar más”, dice. En ese espacio, el lenguaje puede volverse más flexible: a veces directo, otras veces cargado de metáforas, juegos fonéticos o repeticiones que, fuera de la música, perderían sentido. “La letra de canción es un género literario aparte. En la academia no está tan esclarecido su rol, pero la canción merece su propio lugar. El Nobel a Bob Dylan dice algo al respecto”.

Esa diferenciación no es solo teórica, sino práctica. Su forma de escribir se ha expandido también a partir del trabajo con otros músicos. “Como me volví coautor de muchos proyectos —me llaman como coach de escritura de canciones—, he aprendido a escuchar distintos estilos y visualizar composiciones ajenas. Eso ensanchó mi óptica”, explica. En ese intercambio aparece una idea que atraviesa su proceso creativo: la influencia como acumulación.

“Yo no hubiera compuesto mi canción Prieta si no me hubiera empapado de un montón de gente”, reconoce. Esa exposición constante a otras formas de hacer música también redefinió su propia práctica. Durante años organizó encuentros semanales en su casa, donde distintos artistas compartían su trabajo. “Yo observaba el mejor rasgo de cada proyecto y trataba de incorporarlo al mío. En el arte se vale robar, pero tiene que ser de muchísimas personas para que el robo se desdibuje y se convierta en un mosaico. Así creamos, a partir de lo que hemos consumido”.

Ese proceso de apropiación y transformación, más que una estrategia, parece una forma de aprendizaje continuo. Una manera de construir lenguaje propio desde lo compartido. Incluso la idea de estilo, que suele funcionar como marca de autor, aparece en su discurso como algo poroso. “El otro día un amigo me cantó una canción ‘al estilo Aguilar’ y supe por qué lo hizo. Me dio mucha risa”, cuenta. Lejos de incomodarlo, esa identificación lo confirma en algo que no termina de fijarse del todo. “Supongo que todos nos volvemos imitables, ya sea por respeto o por burla, pero no me importa mucho. Me honra que alguien lo diga, siento bonito porque significa que hay algo ahí”.

El David Aguilar, sentado con traje gris y zapatillas azules, observa a la cámara en un fondo claro y sencillo.
El David Aguilar se muestra en esta entrevista muy honesto y amable.

Los vínculos: colaborar, pertenecer, poner límites

En su recorrido, El David Aguilar ha construido una red amplia de colaboraciones que incluye nombres como Natalia Lafourcade, Jorge Drexler, Mon Laferte, El Caloncho o Loli Molina. Sin embargo, más que una lista de figuras, lo describe como una experiencia de intercambio constante entre formas distintas de entender la música. “Ha sido muy bonito. He tenido la suerte de compartir con proyectos que me gustan mucho; en algunos hay amistad y en otros es una relación laboral”, explica.

Ese tránsito entre lo afectivo y lo profesional también implica una cierta exposición continua. En proyectos colectivos como The Guapos —junto a Leiva, Jay de la Cueva y Adán Jodorowsky— reconoce que la dinámica social puede volverse intensa. “A veces eso provoca un poco de ansiedad social, sentir que descuidas lazos por lo muchos que son”, admite, en referencia a la multiplicidad de vínculos que se generan en la industria musical.

Frente a eso, aparece una idea que atraviesa su forma de relacionarse: la horizontalidad. “Sobre los ‘niveles’, yo siempre he tratado de que eso no exista. Si me habla alguien que está en el ‘top’, voy a tratar de que la energía sea completamente horizontal, de la misma forma que si me hablara un chavito que va empezando”, dice. Más que una postura ideológica, lo plantea como una forma de comportamiento cotidiano, casi como una ética de trato. “Fantaseo con que esa horizontalidad suceda”.

Pero esa apertura también convive con los límites. Con el paso del tiempo, reconoce que la gestión de los vínculos se vuelve más consciente. “Hay un factor determinante que es la edad. Llega un momento en que no puedes sostener tanto y quieres ser más económico con tu energía”, explica. Lo que en sus veintes era una red amplia y poco definida, hoy se ordena de otra manera. “Tenía amistades a diestra y siniestra sin identificarlas bien, pero por salud mental entendí que es necesario saber quiénes son amigos, quiénes son conocidos y quiénes pertenecen al universo laboral”.

El cantautor El David Aguilar.
El David Aguilar.

Ese “universo laboral”, sin embargo, no es rígido. Se mueve, cambia de lugar, se reconfigura. “Alguien del trabajo de pronto ingresa al círculo de amistad y viceversa. Así es la naturaleza humana”, dice. En esa fluidez aparece una lectura menos controlada de los vínculos, donde las categorías no son fijas sino transitivas. “Cada vínculo que haces transforma la posibilidad de los demás; es un movimiento meticuloso y delicado donde no tienes el control específico de la situación”.

En ese tránsito entre geografías que todavía se abren y palabras que nunca terminan de fijarse, El David Aguilar parece habitar un lugar donde la creación no es destino sino movimiento. La música, la poesía y los vínculos se le aparecen como formas de lo mismo: una manera de estar en el mundo sin intentar clausurarlo del todo, de ensayar lenguajes que cambian con el tiempo y con los otros. Tal vez por eso el viaje a Paraguay no se plantea como llegada, sino como otra posibilidad de empezar a escuchar.