Anoche, cuatro propuestas dieron forma a la primera noche del festival: Alfredo Rolando Ortiz junto a un grupo de cámara dirigido por Miguel Ángel Echeverría; Matías Rojas y Jorge Díaz con sus músicos; Marcos Lucena y sus amigos, y Marcelo Rojas. Cada presentación tuvo una identidad propia, con arreglos, combinaciones instrumentales y repertorios que permitieron acercarse a distintas posibilidades expresivas del arpa.
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En esa diversidad también estuvo el sentido de la jornada. El arpa conserva una historia inherente a la identidad musical del país, pero su presencia en el escenario no se limita a reproducir un repertorio conocido. En manos de intérpretes de diferentes generaciones, puede encontrarse con una orquesta, dialogar con una flauta traversa, integrarse a la música de cámara o compartir protagonismo con la voz y la danza. La noche ofreció distintas maneras de habitar ese universo.
Alfredo Rolando Ortiz: una historia que cruza fronteras
La apertura musical reunió a Alfredo Rolando Ortiz con once músicos de una formación de cámara, bajo la dirección del maestro Miguel Ángel Echeverría. La presencia del arpista aportó también una historia que trasciende las fronteras paraguayas: nació en Ciego de Ávila, Cuba, y emigró a Venezuela con su familia cuando tenía once años. Allí comenzó a estudiar el arpa venezolana y, un año después, se acercó al arpa paraguaya de la mano de Alberto Romero. Su recorrido posterior lo llevó a Colombia, donde estudió Medicina y comenzó su carrera profesional como músico, y luego a Estados Unidos, desde donde desarrolló una trayectoria internacional.

Ese itinerario ayuda a comprender la amplitud de su vínculo con el instrumento. Intérprete, compositor, autor y divulgador, Ortiz ha dedicado buena parte de su carrera a acercar las arpas latinoamericanas a públicos de distintos países, tanto mediante sus conciertos como a través de sus composiciones y publicaciones.
En el Teatro Municipal, su repertorio comenzó con “Guaranias a mis amores” y continuó con una “Improvisación a Luis Bordón”, durante la cual se sumó Luisinho Bordón con la guitarra. El programa incluyó además la Suite Sudamericana para Arpa y Orquesta, una composición propia articulada en torno a las músicas colombiana, ecuatoriana y paraguaya.
La suite ofreció un marco para poner en relación distintas tradiciones del continente desde el encuentro entre el arpa solista y la formación orquestal. En esa combinación se inscribió una de las propuestas de la noche: mostrar el instrumento paraguayo en diálogo con una concepción musical que cruza geografías y lenguajes.

Nuevas voces y encuentros instrumentales
La participación de Matías Rojas y Jorge Díaz tuvo, además, un significado particular dentro de la programación. Su presencia se dio a través del proceso de selección que el festival realiza habitualmente para incorporar músicos más allá de los nombres convocados de manera oficial, abriendo el escenario a otras propuestas y permitiendo que el público conozca nuevos talentos.
Junto a Koki Cabañas en guitarra y Daniel Pavetti en percusión, Rojas y Díaz plantearon un encuentro entre arpa, flauta traversa, guitarra y percusión. El programa enlazó obras reconocidas del repertorio paraguayo con composiciones de otros autores y una pieza propia de Rojas, “Reencuentro”.
La interpretación de “Panambi Vera”, de José Asunción Flores y Manuel Ortiz Guerrero, abrió el recorrido, seguida por “Adiós Suecia”, de Sergio Cuevas. Después llegó la composición de Rojas, antes de “Arpa, Flauta y Guitarra”, de Lorenzo Leguizamón, durante la cual una pareja de bailarines se sumó a la escena. El cierre llegó con “Ángela Rosa”, de Félix Pérez Cardozo.

La propuesta permitió acercarse a la música paraguaya desde una formación en la que cada instrumento aporta una voz distinta. La incorporación de la danza, por su parte, amplió el diálogo hacia el movimiento y la presencia corporal, recordando que estas músicas también se transmiten y cobran sentido en la experiencia compartida.
Marcos Lucena y las posibilidades de una misma voz
Con la propuesta de Marcos Lucena y sus amigos, el arpa clásica ocupó el centro de una propuesta que recorrió distintos formatos dentro de una misma presentación. El programa comenzó con “Étude de concert ‘Au matin’”, para arpa sola, y luego abrió espacio a otras combinaciones instrumentales, antes de incorporar la danza.
En “Andante para Euterpe”, el arpa compartió espacio con voz, oboe y corno. “Orion”, por su parte, propuso un trío para arpa, corno y violonchelo. Las dos obras situaron al instrumento en un contexto de música de cámara, donde la composición y la relación entre las distintas voces adquieren un lugar central.
La presentación tomó otro carácter con “Acuarela Luqueña” y “Che polka mi”, acompañadas por siete arpas y tres bailarinas. La presencia conjunta de los instrumentos y la danza llevó la propuesta hacia una escena colectiva, en la que el arpa se integró a un movimiento compartido.

La diversidad de la presentación respondió al deseo de mostrar que un instrumento asociado con frecuencia a una imagen tradicional puede formar parte de diferentes estructuras musicales y escénicas. En el trabajo de Lucena, cuya trayectoria reúne interpretación, composición y enseñanza, esa exploración encontró espacio tanto en la ejecución solista como en los conjuntos y las danzas.
Marcelo Rojas y un repertorio que sigue encontrando público
La presentación de Marcelo Rojas reunió una formación integrada por guitarra, bajo, percusión y acordeón, con Víctor Hugo Echeverría, Kike Lezcano, Nito Lezcano y Justo Areco, respectivamente. El conjunto acompañó al arpista en un repertorio que incluyó “Cascada”, “Despertar Nativo”, “Balada para Adelina”, “É o amor” y otras.
Las piezas trazaron un recorrido por distintos repertorios populares, con el arpa como centro de una formación que incorporó otros timbres y recursos instrumentales. “Pájaro campana”, una de las composiciones más emblemáticas asociadas al instrumento paraguayo, formó parte de una selección que conectó la memoria musical con la interpretación en conjunto.
Nacido en Yuty, Marcelo Rojas comenzó a estudiar arpa a los diez años. Desde entonces construyó una carrera como solista, intérprete y compositor, con presentaciones en escenarios de América, Europa, Asia y Oceanía. Su participación en el festival se sumó a una noche en la que distintas trayectorias encontraron un espacio común sin renunciar a sus particularidades.

Una tradición que sigue reuniendo
Hay algo valioso en la continuidad de un festival que llega a su decimonovena edición y que vuelve a reunir a personas de distintas edades alrededor de un mismo instrumento. La presencia de familias entre el público invita a pensar en una transmisión que no ocurre únicamente en las clases, los conservatorios o los escenarios, sino también en el acto de escuchar juntos, de reconocer una melodía y de compartir el aprecio por una música que forma parte de la historia cultural del Paraguay.
Las cuatro propuestas de la noche mostraron que esa continuidad puede sostenerse de distintas maneras. En el recorrido internacional de Alfredo Rolando Ortiz, en la apertura de espacio para músicos como Matías Rojas y Jorge Díaz, en la exploración de formatos de Marcos Lucena y en la formación de Marcelo Rojas, el arpa apareció como un instrumento capaz de conservar su raíz mientras encuentra nuevas relaciones y posibilidades.
A un paso de cumplir dos décadas, el Festival Mundial del Arpa sigue ofreciendo un lugar para ese encuentro. Y la concurrencia de su primera noche dejó una imagen auspiciosa: la de una tradición que permanece viva no solo porque tiene una historia, sino porque nunca deja de convocar y emocionar a quienes quieren escucharla.
