Hasta hace no mucho, era común que los adolescentes soñaran con vivir un amor supremo, uno más fuerte que cualquier metal, por el que se diera la vida, como el de Romeo y Julieta.
Esas fantasías son naturales en una etapa en la que la madurez aún está en proceso, tanto por razones biológicas como por falta de experiencia. Lo preocupante es que hoy no solo los jóvenes sostienen ese ideal: también muchos adultos siguen persiguiéndolo, los vemos saltando de una relación a otra, buscando una que finalmente “dé la talla”.
El mundo posmoderno quizá empujó al amor real hacia un segundo plano. Porque el amor verdadero no suele aparecer con brillantina ni tiene filtro perfecto. No siempre deslumbra. Más bien se construye. Requiere esfuerzo, compromiso, paciencia y una decisión cotidiana de sostener el vínculo cuando la emoción inicial ya no lo hace sola.
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El amor real no es instagrameable
La realidad —menos espectacular pero más honesta— muestra que el amor que se vive en la rutina no vende. No genera likes.
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Sin embargo, el amor que suma se reconoce en lo simple: en poder hablar sin miedo, en sentirse acompañada en los días difíciles, en saber que hay alguien emocionalmente disponible cuando se necesita apoyo. Y eso no sucede por casualidad, sino por trabajo compartido.
El amor real no es instagrameable porque no es perfecto ni está libre de desencuentros. La terapeuta Sue Johnson (fundadora de la Terapia Centrada en las Emociones -TCE) explica que lo que sostiene una relación no es la ausencia de conflictos, sino la seguridad emocional: esa sensación profunda de que el otro está, incluso cuando hay diferencias.
Y como toda pareja está formada por personas imperfectas, el perdón, la paciencia y la tolerancia no son detalles opcionales, sino parte del sostén.
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¿Vivís un amor real o uno mágico? Si te preguntas qué tipo de amor te une a tu pareja, podés observar señales simples: ¿sentís tranquilidad o ansiedad en la relación?, ¿podés ser vos misma sin temor a incomodar?, ¿ante un desacuerdo hay diálogo o silencio castigo? Las respuestas suelen ser más claras de lo que imaginamos. Solo necesitamos animarnos a escucharlas.
El amor verdadero no necesita fuegos artificiales. Necesita paz.
Por: Sonia Grimm – Psicóloga. Registro Nro. 14530-LP
