Un dulce con raíces en el frente de batalla
El origen del donut moderno se remonta a la Primera Guerra Mundial. En 1917, las voluntarias del Salvation Army, conocidas como “Lassies”, comenzaron a preparar donuts para los soldados estadounidenses en las trincheras francesas.
Aquellos anillos esponjosos, cocinados en condiciones precarias, ofrecían un consuelo que sabía a hogar en medio del caos.

En 1938, para rendir homenaje a estas mujeres y su gesto solidario, se instituyó oficialmente el Doughnut Day en Estados Unidos. Con el tiempo, la celebración cruzó fronteras y se internacionalizó.
Lea más: Endulzá tu tarde con unas novedosas donas de mandioca y coco
De raciones de guerra a fenómeno de masas

A lo largo del siglo XX, el donut pasó de ser una receta improvisada en el frente a una de las golosinas más populares del mundo.

La mecanización y la cultura del “take-away” impulsaron su expansión. Marcas como Dunkin’ Donuts y Krispy Kreme fueron claves en su masificación y diversificación.
Hoy, los donuts adoptan formas, colores y sabores impensados: desde los clásicos glaseados hasta los que combinan ingredientes gourmet como lavanda, matcha, tocino o sirope de arce. En muchos países, incluso han adquirido identidad propia y variaciones regionales.

Lea más: Receta fácil: solo tres pasos para hacer buñuelos de manzana o pera
La imagen del donut es universal. Se ha convertido en un símbolo de indulgencia, pero también de humor y cercanía. Basta pensar en Homero Simpson para entender cómo este dulce ha dejado huella en la cultura pop. Además, es protagonista habitual en redes sociales, sesiones fotográficas y campañas publicitarias.
El donut representa algo más que un antojo. Es un relato de resiliencia, creatividad y transformación. En cada mordida hay una historia que comenzó en las trincheras y hoy se comparte en vitrinas de todo el mundo.
Pero, ¿de qué está hecho?
Detrás del brillo tentador de un donut recién glaseado se esconde una alquimia sencilla, casi elemental. Harina, azúcar, huevos, un toque de manteca y algo de leche forman la base de una masa suave, elástica, que cobra vida gracias a la levadura.
Esa mezcla, humilde en apariencia, descansa y se infla lentamente, como si respirara. Luego llega el momento clave: la fritura. En aceite caliente, los anillos de masa se doran por fuera y se esponjan por dentro, transformándose en ese bocado dorado que cruza culturas y generaciones.
Al salir del aceite, el donut es una hoja en blanco para la imaginación: puede bañarse en glasé, vestirse de chocolate, cubrirse de azúcar o abrirse para recibir un relleno cremoso. Pero su esencia sigue siendo la misma: una combinación de ingredientes cotidianos que, juntos, logran algo casi mágico.
