Para quienes buscan preparaciones “más limpias”, los tonos rojos vuelven a la cocina por la vía más directa: la de los alimentos que ya nacen pigmentados. Frutos rojos y remolacha se consolidan como aliados para teñir platos dulces y salados sin recurrir a colorantes artificiales, con una ventaja adicional: aportan sabor, acidez y matices aromáticos que un aditivo no puede imitar.
La remolacha
La remolacha es, probablemente, el pigmento natural más eficaz y estable en cocina doméstica.

Su color proviene de las betalaínas, que ofrecen un rojo intenso capaz de transformar masas, cremas y salsas con poca cantidad.

La clave está en elegir el formato adecuado: asada y triturada para preparaciones densas (hummus, cremas, panificados) o en jugo para teñir glaseados, bebidas y marinadas.

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En repostería, puede integrarse como puré en bizcochos y brownies: no solo colorea, también suma humedad. Para evitar que el sabor terroso domine, funciona bien combinarla con cacao, cítricos o yogur.
Frutos rojos
Los frutos rojos —frutilla, frambuesa, mora, arándano— tiñen con antocianinas, pigmentos sensibles al pH: en medios ácidos tienden a verse más rojos y brillantes; en medios más neutros o alcalinos, viran a morados o azulados.

Por eso rinden especialmente en coulis, mermeladas rápidas, yogures, bebidas, helados y rellenos donde la acidez natural de la fruta o un toque de limón ayuda a “encender” el color.

En salsas para carnes, una reducción de frutos rojos con vinagre o vino puede aportar un rojo oscuro elegante, más cercano al granate que al rojo vivo.
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Tips para utilizarlos bien
El calor y la oxidación son los principales enemigos del rojo natural. Tanto en remolacha como en frutos rojos, una cocción prolongada apaga el tono.

Los cocineros domésticos pueden ganar intensidad concentrando primero: reducir jugos a fuego suave, usar purés espesos o incorporar el color al final de la preparación.
En el caso de los frutos rojos, triturar y colar permite un color más homogéneo; para bebidas y postres fríos, trabajar con fruta congelada suele ofrecer buen rendimiento de pigmento.

También importa el “vehículo” en el que se aplica el color. En bases blancas —crema, queso, glaseado, arroz, yogur— el rojo luce más y requiere menos cantidad.
En masas oscuras o salsas intensas, conviene buscar tonos profundos: remolacha asada o reducción de frambuesa/mora. Y un detalle práctico: el contacto con lácteos y harinas puede suavizar el color, por lo que es preferible ajustar de a poco, midiendo.
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Más allá de la estética, el uso de pigmentos naturales responde a una tendencia que cruza salud percibida, transparencia y creatividad culinaria. Con remolacha y frutos rojos, el rojo deja de ser un “efecto” y vuelve a ser un ingrediente: uno que pinta, sí, pero también cuenta una historia de sabor real.
