Un contexto que lo cambia todo
Los perros no obedecen órdenes en abstracto, sino en contextos muy concretos. Pueden sentarse impecablemente en el salón tranquilo, pero “olvidar” la orden cuando la puerta suena y entran tres personas hablando a la vez.

El contexto se altera de golpe: hay nuevos olores, movimientos inesperados, cambios en el tono de voz de los humanos y, a menudo, un tutor más nervioso de lo habitual.
Para el perro, el escenario deja de ser “momento de obedecer” y pasa a ser “momento altamente estimulante que requiere explorar, saludar o defender”.
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Sobrecarga emocional y de estímulos
La llegada de visitas dispara la excitación. Aumentan las hormonas del estrés y de la activación, y con ellas baja la capacidad de autocontrol. Lo que en calma es una orden sencilla, en alta excitación se vuelve un reto cognitivo.
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Muchos perros tampoco han sido entrenados específicamente para comportarse ante desconocidos en casa. Se les enseña a “sentarse” o “venir” en situaciones controladas, pero rara vez se practica con timbre, risas, niños corriendo o varias personas cruzando la puerta al mismo tiempo.
El resultado: el perro no reconoce que aquellas mismas reglas aplican en este “nuevo mundo” socialmente cargado.
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Reforzados sin querer por las propias visitas
La visita llega, el perro salta, ladra o se sube al sofá. Aunque el tutor lo regañe, con frecuencia las visitas ríen, lo acarician para “calmarlo” o le hablan con voz aguda. Desde la perspectiva del animal, la secuencia es clara: “cuando vienen personas, si me altero recibo atención”.

Incluso la atención negativa (empujones suaves, gritos, apartarlo con las manos) puede funcionar como refuerzo. El perro aprende que esa conducta es la que más respuestas provoca en los humanos presentes.
La presión social sobre el tutor
Cuando hay gente mirando, muchos tutores cambian la forma en que se relacionan con su perro: dan órdenes más rápidas, gritan más, tiran de la correa o se muestran tensos y avergonzados.
Los perros son expertos lectores del lenguaje corporal humano y perciben esa ansiedad.
Ese cambio súbito de energía y coherencia en el tutor debilita aún más las señales habituales. No se trata solo de que el perro “no quiera” obedecer, sino de que el mensaje que recibe es más confuso y menos predecible.
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¿Se puede revertir la desobediencia social?
Los especialistas recomiendan trabajar en tres frentes:
- Entrenamiento en contexto realista. Practicar órdenes básicas con timbre, sonidos de visitas grabados o amigos que colaboren, empezando con poca intensidad y aumentando gradualmente.
- Gestión del entorno. Uso temporal de correa corta, barreras o una habitación tranquila al inicio de la visita para evitar que la excitación se dispare desde el primer segundo.
- Pautas claras para las visitas. Pedir que ignoren al perro mientras salta o ladra y solo le presten atención cuando esté en calma, sentado o tumbado.
Lejos de ser simple “maldad canina”, la desobediencia social es la respuesta previsible de un animal altamente social, expuesto de pronto a un cóctel de estímulos, emociones y señales humanas contradictorias. Comprender el fenómeno es el primer paso para cambiarlo.
