Pequeño, de ojos prominentes y melena abundante, el perro Pekinés carga con una biografía que desborda su tamaño. En China fue durante siglos más que una mascota: era un símbolo de estatus, un animal de corte asociado al poder imperial y a una idea de majestuosidad inspirada en el león, criatura ausente en gran parte del imaginario cotidiano chino pero presente en el budismo y en la iconografía de guardianes de templos.

La historia del llamado “perro león” mezcla registro y leyenda. Una de las narraciones más difundidas cuenta que nació del amor entre un león y un pequeño mono —una explicación mítica para justificar su aspecto leonino en miniatura—.
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La historia documentada
Más allá del relato, lo documentable sitúa a estos perros en el entorno palaciego de Pekín, especialmente durante las dinastías Ming y Qing, cuando se consolidó una crianza selectiva dentro de la Ciudad Prohibida.

Allí se buscaban rasgos concretos: cara chata, abundante pelo alrededor del cuello y un porte altivo.
Esa crianza tuvo un componente político: el Pekinés era parte del protocolo y del prestigio.
Diversas fuentes históricas describen que su posesión estaba restringida a la familia imperial y a círculos cercanos; en algunos periodos, sacar un ejemplar del palacio sin autorización podía considerarse un delito grave.
La idea de que “solo el emperador podía tocarlo” condensa una realidad más amplia: no era un perro común, sino un animal custodiado, intercambiado como favor y usado para reforzar jerarquías.

El salto del Pekinés al mundo occidental se produjo de forma abrupta en el siglo XIX. Tras el saqueo del Antiguo Palacio de Verano en 1860, durante la Segunda Guerra del Opio, varios ejemplares fueron tomados como botín y llevados al Reino Unido.
Uno de ellos, según la tradición, fue entregado a la reina Victoria. Desde entonces, el “perro león” se instaló en salones europeos y, con el tiempo, se transformó en raza de exposición y compañía.
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Hoy el Pekinés sigue siendo un recordatorio viviente de cómo la cultura y el poder pueden moldear incluso a un perro: de objeto casi sagrado en la corte china a icono global de una aristocracia doméstica en miniatura.
