Todo puede comenzar con una señal aparentemente menor: un perro que se rasca de forma insistente, se muerde la base de la cola o un gato que dedica horas al acicalamiento. A veces también aparecen pequeños puntos negros en el pelaje, conocidos como “suciedad de pulga”. Sin embargo, las pulgas y las garrapatas son mucho más que una molestia cutánea.

Al alimentarse de sangre, pueden transmitir microorganismos capaces de provocar enfermedades que afectan distintos órganos y sistemas, con consecuencias que van desde anemia y fiebre hasta decaimiento general e incluso trastornos neurológicos.
Lea más: Pulgas y garrapatas: cómo proteger a tu mascota sin dañarla
Pulgas: pequeñas, persistentes y con efectos en cadena
La pulga (comúnmente Ctenocephalides) puede desencadenar dermatitis alérgica por picadura, una reacción intensa que a veces se expresa con pocas pulgas visibles. En cachorros, gatitos o animales mayores, una infestación importante puede contribuir a anemia.

Además, puede transmitir tenia (Dipylidium caninum): ocurre cuando el animal, al acicalarse, ingiere una pulga infectada. El signo típico suele ser la presencia de “granitos de arroz” cerca del ano o en la cama.
En gatos, la pulga está asociada a bartonelosis (Bartonella henselae), bacteria vinculada a la “enfermedad por arañazo de gato” en humanos. No todos los gatos enferman, pero la prevención del ectoparásito reduce el riesgo de circulación.
Lea más: Prurito sin pulgas en perros: aprendé cómo identificar y tratar la picazón persistente
Garrapatas: el riesgo que cambia con la región y la estación
Las garrapatas (como Rhipicephalus o Ixodes, según la zona) pueden transmitir enfermedades vectoriales relevantes en perros y, en ocasiones, en personas.

Entre las más conocidas están ehrlichiosis y anaplasmosis (bacterias que afectan células sanguíneas), babesiosis (protozoo que puede causar anemia y orina oscura), y enfermedad de Lyme (Borrelia, más ligada a ciertas regiones).
En algunos países también se vigilan rickettsiosis y otras fiebres por garrapatas.
El riesgo no es igual en una ciudad costera que en áreas rurales o periurbanas, ni en invierno que en temporadas cálidas y húmedas. Por eso, el plan preventivo debería ajustarse siempre con un veterinario a la zona donde vive o pasea el animal.
Lea más: Juguetes de materiales plásticos que podrían estar intoxicando a tu perro
Señales de alerta: cuándo no esperar
Más allá de ver el parásito, conviene consultar si aparecen fiebre, decaimiento marcado, falta de apetito, mucosas pálidas, cojera inexplicable, ganglios aumentados, vómitos persistentes o si el animal “se apaga” en pocos días.
En gatos, el letargo y la pérdida de peso pueden ser especialmente sutiles al inicio.
Prevención realista y segura en la vida diaria
La prevención eficaz suele combinar antiparasitarios veterinarios (pipetas, comprimidos o collares, según especie y estilo de vida) con medidas ambientales: aspirado frecuente, lavado de mantas y control de rincones donde se acumula pelo. Esto no es un detalle menor, ya que gran parte del ciclo de la pulga ocurre en el ambiente, no sobre el animal.

Evitá usar productos “para perros” en gatos: algunos compuestos pueden ser tóxicos. Y si retirás una garrapata, hacerlo con la técnica adecuada reduce lesiones y la posibilidad de que queden piezas bucales; si no estás seguro, es mejor que lo haga el veterinario.
¿Pueden enfermar los humanos por pulgas y garrapatas?
Sí, algunas enfermedades asociadas a pulgas y garrapatas son zoonóticas (pueden pasar a personas), aunque no siempre el contagio ocurre “directo” desde la mascota.

Mantener el control antiparasitario del animal y del hogar es, en la práctica, una medida de salud familiar tanto como de bienestar animal.
