Un perro con pérdida parcial o total de olfato —hiposmia o anosmia— puede parecer más inseguro, menos interesado en la comida y desconcertado durante el paseo. Como el olfato organiza gran parte de su exploración, comunicación y reconocimiento del entorno, la alteración no suele ser un simple cambio de hábitos: merece una consulta veterinaria, sobre todo si aparece de forma repentina.
A diferencia de las personas, los perros recogen información social, territorial y emocional a través de los olores. Por eso, cuando ese canal falla, no “olvidan” a su familia, pero pueden necesitar apoyarse más en la vista, el oído y las rutinas.
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Menos entusiasmo por comer y por salir: los cambios más visibles
La señal que más fácilmente se confunde con capricho es la pérdida de interés por la comida. El aroma participa de forma decisiva en el apetito: un perro que no detecta bien el olor del alimento puede acercarse al plato, probar poco o rechazar una comida que antes esperaba con entusiasmo.

También puede cambiar su conducta en la calle. Algunos perros caminan con la nariz muy cerca del suelo, insisten en un punto sin aparente motivo o tardan más en decidir hacia dónde ir. No necesariamente perciben “malos olores”: pueden estar intentando compensar una información que ya no llega con claridad.
En casa, es posible que busquen más contacto visual con sus cuidadores, se sobresalten si alguien se aproxima sin hacer ruido o duden ante objetos nuevos. Estos cambios no prueban por sí solos una pérdida olfativa, pero cobran relevancia si son recientes y se combinan con síntomas nasales.
Por qué perder el olfato puede volverlos más inseguros
El olfato no es un sentido accesorio para el perro. Su sistema olfativo está especializado en detectar y procesar señales químicas que ayudan a identificar individuos, seguir rastros y evaluar lugares. La investigación sobre enriquecimiento olfativo también ha mostrado que permitirles olfatear reduce la excitación y favorece conductas exploratorias más tranquilas.
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Sin esa información, un sitio habitual puede resultar menos predecible. La consecuencia no siempre es ansiedad, pero algunos animales muestran frustración, mayor vigilancia o rechazo a contextos que antes disfrutaban. En perros mayores, este cambio puede coincidir con deterioro cognitivo, aunque nunca debe atribuirse automáticamente a la edad.
No siempre es anosmia: congestión, dolor y enfermedades nasales
Una disminución del olfato puede ser transitoria si existe congestión por una infección respiratoria o inflamación de la mucosa nasal. Pero también puede relacionarse con cuerpos extraños —como una espiga vegetal—, enfermedad dental avanzada, traumatismos, rinitis crónica, infecciones por hongos en determinadas regiones o tumores nasales.

La pérdida olfativa congénita existe, pero es menos frecuente que los problemas adquiridos. Si el perro siempre se manejó sin interés por rastrear ni buscar comida, el veterinario evaluará ese antecedente; si el cambio fue abrupto, la prioridad es encontrar la causa.
Señales de alerta
La consulta debe ser pronta si la falta de olfato se acompaña de secreción nasal persistente, mal olor, estornudos repetidos, sangrado por una sola fosa nasal, dolor al tocar el hocico, hinchazón facial, respiración dificultosa o pérdida de peso. También requiere atención urgente si comenzó después de un golpe o junto con desorientación, convulsiones o cambios neurológicos.
El diagnóstico puede incluir examen de boca y nariz, análisis, imágenes y, en algunos casos, rinoscopía. No conviene usar descongestivos humanos, aceites esenciales ni remedios caseros: pueden irritar las vías respiratorias o ser tóxicos.
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Mientras se estudia la causa, ayuda mantener horarios previsibles, evitar soltarlo en zonas desconocidas y ofrecer comida húmeda o apenas tibia para reforzar su aroma, siempre que el veterinario no indique otra dieta.
