En su reflexión dominical, el obispo cuestionó la normalización de la violencia y la indiferencia que se vive en la sociedad actual. Resaltó que estas prácticas se observan a diario y terminan siendo aceptadas como algo habitual.
Hizo referencia a las bienaventuranzas y recordó que Jesús declara felices a quienes trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. En ese sentido, señaló que el mensaje cristiano plantea un desafío claro frente a la violencia que hoy padece la sociedad, llamando a la paciencia, la mansedumbre y la docilidad del corazón como actitudes fundamentales.
Valenzuela subrayó que Jesús rechazó de manera total el uso de la fuerza y cualquier forma de resistencia armada, incluso en contextos de opresión. Recordó que, ante intentos de arrastrarlo a movimientos violentos, Cristo se negó rotundamente y optó siempre por el testimonio y la verdad, afirmando: “Para esto he nacido y para esto he venido al mundo”.
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Evitar la violencia
El obispo explicó que la propuesta de Jesús no fue una revolución violenta ni una imposición por la fuerza, sino una transformación profunda del corazón y de la sociedad, basada en el amor, la justicia y la conversión personal. En ese sentido, aclaró que el Evangelio no justifica la violencia como respuesta ante la injusticia o la agresión, advirtiendo que reaccionar con violencia solo profundiza el problema y genera consecuencias aún más graves.
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“El que devuelve el golpe es peor, porque perpetúa el círculo de la violencia”, afirmó, al tiempo de insistir en que la violencia nunca puede ser el camino para construir un cambio verdadero y duradero.

Asimismo, sostuvo que Jesús nunca fue indiferente ante el mal ni cómplice de las injusticias. Agregó que el mensaje cristiano no consiste en callar frente a lo incorrecto ni en abandonar a los pobres, débiles y excluidos en manos de los poderosos, sino en denunciarlas con firmeza, pero desde el amor y la coherencia. Remarcó que el cambio es una palabra clave del Evangelio, pero aclaró que ese cambio no se alcanza mediante la confrontación violenta, sino a través de la conversión personal y comunitaria, y del amor activo, un amor que no es pasivo ni resignado, sino que actúa, interpela, empuja y genera verdaderos cambios en la sociedad.
Finalmente, monseñor Valenzuela enfatizó que la violencia no se limita únicamente a los hechos de inseguridad o criminalidad que ocupan los titulares, sino que también se expresa de múltiples formas en la vida cotidiana, como la violencia familiar, psicológica, la intolerancia, el maltrato, la exclusión y la indiferencia hacia el sufrimiento del otro.
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Señaló que se trata de una problemática compleja que interpela profundamente la conciencia cristiana y humana, y llamó a no responder violencia con violencia, sino a pedir al Señor paciencia, fortaleza interior y sabiduría, afirmando que solo desde esa actitud es posible romper el círculo de ese mal y avanzar hacia la construcción de una sociedad más justa, solidaria y verdaderamente humana.
