La doctora Raquel Iglesias analizó para ABC Color el peso de este legado, el trauma transgeneracional del “matriarcado de subsistencia” y el surgimiento de una mujer que busca liderar sin cargar sola con el peso del mundo.
La figura de la mujer paraguaya como “reconstructora” tras la Guerra de la Triple Alianza ha sido, durante décadas, motivo de orgullo nacional. Sin embargo, ese reconocimiento —que la ubica incluso como “la más gloriosa de América”— podría encerrar también una carga simbólica que aún hoy condiciona la vida de muchas.
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La doctora Iglesias sostiene que es “innegable que las mujeres paraguayas de la Post Guerra (…) han sido las reconstructoras del Paraguay”, tras haberlo perdido todo: “sus hombres, sus hijos, sus trabajos, sus casas, sus joyas, sus sueños, su paz. Todo”. A pesar de la miseria material y emocional, explica que “pudieron levantarse cada día, y volver a creer en la vida… trabajar, sembrar, llorar la pérdida pero no sucumbir ante el enemigo y ante la miseria”.
Este proceso, según la profesional, no solo implicó una reconstrucción económica, sino también demográfica. “Volvieron a amar y tener hijos… no solo reconstruyeron materialmente sino además repoblaron al país”, señala, en un contexto marcado por la desproporción entre hombres y mujeres sobrevivientes, que derivó en nuevas dinámicas familiares. “La realidad de un hombre por cada siete mujeres instaló dos cosas: la madre soltera y el ‘privilegio’ de los hombres de ‘sembrar’ hijos”.
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Hoy, advierte Iglesias, esa herencia podría funcionar como una “trampa emocional” que se transmite de generación en generación. “Generaciones de mujeres que crían, educan y sostienen a sus hijos solas… bisabuelas, abuelas, hijas, nietas y bisnietas siguiendo esa misma historia de abnegación”, afirma. En este esquema, cuestiona que incluso se responsabilice a la mujer por embarazos no planificados: “Al parecer, hasta se culpa a la mujer de ‘no cuidarse’, pero se olvida que hay otro actor con la misma responsabilidad: el hombre”.
En ese sentido, recuerda las palabras del intelectual paraguayo Ignacio A. Pane, quien ya en 1898 advertía sobre la conducta de algunos hombres tras la guerra: “Piénselo bien el obrero que pierde más de un día entero a la semana, más de cuatro o cinco horas diurnas o nocturnas cada día, más de la tercera parte del año y casi la mitad de la vida, en buscar una mujer para satisfacer un día o dos su apetito sensual y arrojarla luego a la miseria junto con un ser que lleva su sangre libertina y pervertida, para buscar en seguida a otra mujer, en quien gastar fuerzas pecuniarias, físicas y morales, y arrojar nuevamente estas energías, mujer e hijos, a la vorágine del mal".
Esta es sin duda, una deuda no solo con la mujer, sino con los hijos que han sufrido no saber quien es su padre, o han sabido pero nunca tuvieron el derecho de tener su presencia, atención, cariño y cuidados.
Cita nuevamente a Ignacio A. Pane , un hombre de la Post Guerra de ahí su valor al instar a los obreros y obreras a no sembrar hijos, a no ver a la mujer como un objeto y dice: “Por todo ello, lo grosero, lo bárbaro, lo puramente salvaje, lo que es incompatible con cualquier adelanto, lo que ha impedido, impide e impedirá siempre las grandes y duraderas conquistas del progreso humano, es el considerar a la mujer como simple carne de placer, que se arrebata o se compra, para probarla y arrojar luego los huesos al estercolero,…”(Pane, Ignacio, 1898).
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El “matriarcado de subsistencia”
Iglesias vincula estas prácticas a lo que denomina un “matriarcado de subsistencia”, construido culturalmente a lo largo del tiempo. Retoma definiciones clásicas como la de Claude Lévi-Strauss, quien describió la cultura como “un sistema estructurado basado en reglas inconscientes”, así como la de Edward Tylor, que la entendía como “ese todo complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, derecho, costumbres”.
“A partir de estas definiciones podemos entender (…) el peso que tiene la cultura paraguaya de la propia mujer hacia sí misma”, afirmó. Se trata de patrones que —dice— han sido transferidos “como reglas inconscientes”, consolidando la figura de la mujer como jefa de hogar, muchas veces “en la soledad, en el desamparo del hombre que los engendró pero sin reclamar”.
Si bien esta posición la coloca como heroína —“porque lo es”— también puede implicar, según la especialista, una renuncia tácita al derecho de la corresponsabilidad en la crianza, al respeto y al afecto dentro de la estructura familiar.
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Una nueva generación
No obstante, Iglesias observa cambios. “Hay una nueva generación de jovencitas tanto del área rural y urbana que buscan un futuro diferente de verdadero respeto e igualdad”, indica, al tiempo que reconoce la existencia de hombres que hoy asumen su paternidad “de forma responsable y orgullosa”.
Aun así, considera que el desafío pendiente es “desinstalar esa cultura, ese concepto, esa creencia de mujer abnegada y madre soltera”, y avanzar hacia una noción de autoestima basada en la igualdad. “Que el hombre tiene 50% de responsabilidad en no traer hijos no deseados o en la crianza de los que vienen”, enfatiza.
Para la doctora, la mujer paraguaya contemporánea mantiene “ese sello de grandeza de sus ancestras”, pero puede ejercerlo sin renunciar a sus derechos: “seguir siendo tan gloriosa sin dejar de lado sus sueños, ilusiones y derechos en el mismo podio de igualdad que su compañero de vida”.
“Lo importante es que las mujeres hoy se saben más o igual de capaces que los hombres, siguen siendo las que más se gradúan, son más buscadas para ocupar altos cargos de decisión y dirección por su altísima capacidad de liderazgo y resultados”, concluyó.
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