Repensar el empleo antes de buscar talento

"Mientras el empleo no signifique algo valioso para la vida de las personas, el talento no va a aparecer donde nosotros lo buscamos".
"Mientras el empleo no signifique algo valioso para la vida de las personas, el talento no va a aparecer donde nosotros lo buscamos".

La dificultad para atraer perfiles valiosos no siempre revela una escasez de talento, sino una crisis más profunda en la forma en que las empresas conciben el trabajo, el liderazgo y los vínculos. Hoy, el verdadero desafío pasa por revisar si los empleos que se ofrecen siguen siendo realmente habitables.

Colegas míos me dicen, una y otra vez, lo difícil que se volvió encontrar personas con talento para dirigir sus empresas. La preocupación es real, pero tal vez la pregunta esté mal planteada desde el inicio.

La pregunta no es por qué no encontramos personas capaces, la pregunta es: ¿qué tipo de personas estamos buscando quienes queremos delegar responsabilidades?

Seamos honestos…, seguimos ofreciendo empleos que, en muchos casos, ya no resultan habitables. Estructuras verticalistas donde decidir sigue siendo privilegio de pocos. Esquemas salariales donde la remuneración no responde a la responsabilidad asumida, sino a límites implícitos: nadie puede ganar más que quien contrata. Culturas donde lo que se espera es obediencia, adaptación y rendimiento; nada más. Y en el medio, algo aún más sutil, pero igual de determinante: la condescendencia. Esa forma de relación que aparenta cercanía, pero en el fondo marca distancia. Que escucha, pero no habilita. Que incluye cuando siempre nos sonríen.

Durante casi veinte años yo mismo no vi nada de esto. Creí, como muchos, que ofrecer empleos era suficiente: sueldo, horario, tareas, objetivos, beneficios. Como si con eso alcanzara. Como si una persona pudiera dejar en la puerta de la empresa su historia, sus preguntas, su necesidad de dignidad, de reconocimiento y de vínculo. Como si trabajar fuera simplemente cumplir funciones y no también una experiencia humana profunda, cargada de emociones, expectativas y formas de estar con otros.

Recién después entendí algo que parece obvio, pero que no lo es en la práctica: trabajar es, antes que nada, relacionarse, estar con otros, y este pequeño —pero gigante— detalle es el que más nos cuesta re-comprender como empresarios; y no solamente cuando buscamos un director o gerente. Esto atraviesa a toda la organización, sin embargo, seguimos enseñando lo contrario: “a la empresa se viene a trabajar”.

¿Solo a trabajar? ¿Sin sentir, sin pensar, sin cuestionar, sin vincularse?

Quizá por eso incluso las industrias más sofisticadas del mundo, llenas de manuales, procesos e instructivos, siguen fallando en lo mismo. Podemos optimizar sistemas, pero no podemos estandarizar lo humano y es ahí donde todo empieza a derrumbarse.

Seguimos ofreciendo posiciones de poder dentro de esquemas que ya no inspiran. Lugares donde dirigir significa controlar, sostener inercias, administrar fragmentaciones o defender certificaciones que no generan entusiasmo. Entonces no es que falten personas capaces, lo que falta, es disposición a revisar cómo estamos entendiendo estos roles. Y más aún, cómo la economía misma los ha definido… y cómo nosotros hemos obedecido esas definiciones sin cuestionarlas.

Mientras el empleo no signifique algo valioso para la vida de las personas, el talento no va a aparecer donde nosotros lo buscamos. Se va a ir y a veces a lugares más pequeños, más inciertos, incluso menos rentables, pero más significativos.

Tal vez llegó el momento de aceptar que algo no está funcionando como creemos y no solo en Paraguay. El mundo hoy no disimula. Debemos empezar a preguntarnos en serio: ¿qué experiencia humana ofrecemos a los demás? ¿Qué tipo de vínculos producimos? ¿Cuánta condescendencia se necesita para sostener lo que hoy llamamos normal?

Si somos honestos, muchos de los empleos que hoy ofrecemos no valen la pena ser vividos.

*Empresario y escritor.

ABC Empleos