No creer en la verdad

En enero de 2017, cuatro años antes de la pandemia, el escritor escéptico Michael Shermer publicó una columna en el portal digital Scientific American titulado “Cómo convencer a alguien cuando los hechos fallan”, en el que expone cómo la ciencia evalúa el comportamiento de las personas que se resisten a aceptar determinadas situaciones a pesar de las evidencias.

Shermer sostiene, esencialmente, que un individuo rechaza todo aquello que ponga en peligro su visión particular del mundo. Es decir, es imposible cambiar la percepción —al menos de forma pública— de lo que esa persona entiende o cree en relación a un hecho específico. Surgen así los antivacunas, los terraplenistas y quienes se sienten apasionados por esas historias conspiratorias. Es, sencillamente, creer porque sí o hilando determinadas medias verdades para ajustarlas a su comodidad.

El escritor habla de dos factores: la disonancia cognitiva y el efecto contraproducente. Citando al psicólogo social León Festinger explicó que lo primero, la disonancia, es la tensión que siente la persona cuando piensa, al mismo tiempo, en dos cosas contradictorias. Es entonces cuando el humano, en vez se reconocer su error ante la evidencia, trata de insistir con sus “predicciones” hasta acertar en alguna. En el caso del efecto contraproducente, es cuando alguien recibe una serie de evidencias sólidas y la persona las acepta, pero solo para acomodarlas a su visión personal del mundo.

La pandemia dividió más aún a la población global en cuanto a las percepciones sobre qué es válido y qué no. El desconocimiento del proceso científico (que consiste básicamente en un infinito giro de prueba y error), sumado a la avaricia de las farmacéuticas, la corrupción de los políticos, gobiernos y periodistas, la crisis económica, y la desinformación en todos los niveles dejó de lado las evidencias. Poco le importa a la gente este debate por las alteraciones que su rutina sufrió en pandemia. Muchos ni tienen qué comer.

Tampoco ayuda el egoísmo, la falta de información y de comunicación dentro de la comunidad científica nacional e internacional. El psiquiatra Manuel Fresco conversó con ABC Cardinal la semana pasada y dio una muy certera argumentación del por qué vemos a personas formadas, educadas, de las que uno pensaría son racionales, compartir información falsa a través del WhatsApp, el Telegram o las redes. Si bien cada caso es individual, muchas de ellas ya tenían un preconcepto sobre determinadas situaciones –por ejemplo, los antivacunas– que ahora solo reforzaron su percepción sobre ellas por más evidencias que existan sobre su efectividad.

La situación se agrava cuando implica a la salud. Por ejemplo, hay gente –entre ellas médicos– que está convencida de que la Ivermectina es el medicamento más eficaz contra el covid a pesar de las evidencias científicas que demuestran lo contrario. Sostienen que un complot farmacéutico internacional ignora su efectividad porque es una droga barata que no genera grandes ganancias a las empresas que las producen. Vaya y pase si no genera efectos adversos al consumirla, pero las conclusiones indican que su administración retrasa los tiempos de consulta de estos pacientes y generan, en algunos casos, daños irreversibles.

Los consejos de Shermer se centran en que las personas “mantengan las emociones al margen al analizar la información, escuchen con atención al interlocutor e intenten expresar detalladamente la otra postura, con respeto”, para demostrar que, “aunque los hechos sean otros de los que se pensaba, esto no significa necesariamente que se altere su visión del mundo”.

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