Sobre la incómoda sensación de quedarnos solos

A quién no le pasó en una -o varias- ocasiones en la vida: Debiendo recitar o participar de un coro en el colegio subidos en el escenario, dar un examen ante un grupo de profesores o realizar alguna presentación laboral frente a Directores y principales accionistas de la empresa, el hecho de hacerlo en equipo y entre varios nos otorgó la sensación de seguridad, en consideración a que algún olvido, nota mal entonada o equivocación en una cifra se podría diluir en el conjunto o ser corregida o complementada por nuestros circunstanciales compañeros. La responsabilidad compartida trae implícita por un lado el compartir los logros satisfactorios y por el otro también las consecuencias de los desaciertos y fracasos.

En el contexto geopolítico, América Latina se encontraba hace un par de décadas en una situación en la que, dentro del Operativo Cóndor, los Estados Unidos apoyaron a varios gobiernos y regímenes de derecha, en los que por regla general las botas se imponían a las ideas, para mantener de esta forma la paz y estabilidad al precio de acallar voces y apagar razones con argumentos del peso equivalente a la fuerza con que era aplicado su instrumento cachiporráceo de ejecución. Este sistema rigió por varios años, y más adelante con el cambio de la política exterior norteamericana y el surgir de nuevas corrientes libertarias los pueblos americanos volvieron a independizarse y, para bien y para mal, comenzaron a elegir a sus autoridades por medio del sufragio universal, en jornadas electorales muy difusas en principio pero que a lo largo de los años han ganado justa fama de ser eso mismo: Justas y ecuánimes. Hoy por hoy, podemos decir al término de la mayoría de las elecciones “El Soberano ha Elegido”.

Y a partir de aquí se presenta una situación totalmente nueva: Igual que aquél niño que se sentía muy solo parado en medio del escenario, percibiendo que era escrutado por miles de ojos críticos entre los que se encontraban los de su madre y la profesora de castellano que le ayudaba moviendo los labios en el recitado, el actuar de las Naciones de una y otra tendencia es observado por el público mundial, que se entera casi en tiempo real de lo que allí ocurre y toma partido de una u otra forma. Y esa situación de no estar todos los jugadores del mismo lado de la cancha, sino separados y no en dos sino en varias facciones y hasta sub-facciones, los expone enormemente en relación a qué tan bien jueguen el partido.

Devenida la nueva etapa independentista del joven continente, podemos arriesgar a decir que a partir de este segundo “corte de ombligo” tuvimos escenarios tan cambiantes como los líderes que los encabezaban, algunos sumamente carismáticos, por cierto. Y peculiaridades no menos significativas: Candidatos que se vendieron como de derecha bien marcada que, en ciertos aspectos relacionados a la distribución de la riqueza actúan con un sentido social bien llamativo, porque socializan, pero solamente hacia los grupos de “amigos del poder”, fenómeno que se repite de la misma forma en el actuar de candidatos de la llamada izquierda. Y, por otro lado, instituciones tan antiguas y de tanta influencia en el sentir y palpitar de la gente como lo es la iglesia, parecen saber ir montados cual surfistas en lo más alto de la ola, cualquiera sea el viento político que sople, con la vieja y no superada maña de nunca tomar partido de manera contundente. “Yvytuístas de la política”, los llamaba un viejo zorro criollo.

En estos días, y luego del ballotage llevado a cabo en el Brasil a causa de los resultados de la primera vuelta electoral, nos encontramos ante un panorama en el que nos presentan un mapa político de Sudamérica en el que todos los países con gobiernos de tendencia socialista están pintados en morado (el color es bien alevoso, ya que ese tono por lo general no alegra a nadie), y en consideración a la victoria de Lula nos encontramos medio que como solitos, rodeados de gigantes morados y lejos de los países pintados de otro color como Ecuador y Uruguay, de por sí tampoco demasiado extensos, así que el golpe visual es demoledor.

Alegan los entendidos que, para los intereses paraguayos, la victoria del histórico Luiz Inácio Da Silva supone una posición más cómoda para negociar bilateralmente cláusulas especiales del Tratado de Itaipú y otros temas como regímenes aduaneros, por ejemplo, y que su gobierno nos tendrá consideración en razón de contar Paraguay con la mayor colonia de ciudadanos de ese país, después de los Estados Unidos. También nos debería tranquilizar el hecho de que, siendo un país con instituciones tan fuertes, el rumbo lo marca Itamarati, siendo el titular del Ejecutivo, a diferencia de otros países, un mero ejecutor de políticas pre-establecidas.

¿Existen acaso aún doctrinas puras? El socialismo sigue siendo un término de fuerte impacto político, que permanece vinculado con el establecimiento de un orden socioeconómico construido por, para, o en función de una clase trabajadora organizada originariamente sin un orden económico propio, y para lo cual debe crearse uno público. Sin dudas la línea del Gobierno marca un rumbo y tendencia, sin embargo, el Brasil es un país industrial que va a seguir produciendo al margen del partido gobernante de turno. Mientras tanto, en nuestra frágil democracia conservadora y renuente a los cambios, al Ejecutivo le tiembla la mano para promulgar una Ley que establezca la deducibilidad del 100% del IVA para beneficiar a decenas de miles de profesionales que facturan y muchos miles más de Mipymes que se beneficiarán de la formalidad. Y todo, por alentar una medida populista, carente de legitimidad y no equitativa.

Sin dudas, será complicada e incómoda la sensación de soledad, esa aprensión de no poder cantar en voz baja porque el amiguito del vozarrón nos cubría y el compañero formidable completaba la parte que no sabíamos de la bolilla que nos tocó en el examen; vamos a tomarnos un test a nosotros mismos para saber qué tan firmes son nuestras instituciones republicanas y se pondrá a prueba como nunca la capacidad de administrar realidades, proceso en el cual no nos sorprenda ver a varios personajes cambiar de pelaje como camaleones.

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