Argentina y nosotros

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Argentina, aún con la crisis cataclísmica que padece desde hace años, ofrece a sus habitantes mucho más de lo que nosotros, pujantes como estamos desde hace años, ofrecemos a los nuestros.

Las más recónditas ciudades argentinas proveen mejor calidad de vida que nuestras ciudades centrales. Con la excepción, tal vez, de Buenos Aires, esa macrocéfala capital tirada a menos por lo que Javier Milei denomina “la casta”, las provincias argentinas sufren la decadencia nacional casi sin notarla, si se me permite esa licencia poética.

Las plazas y las calles están limpias y cuidadas, no como las de Asunción con maleza y basura; hay civilidad en el tránsito y hasta parece haber bastante seguridad hasta donde puede deducirse del hecho de ver a la gente realizando sus actividades deportivas aparentemente sin miedo a que aparezca algún chespi criminal a arrebatarles los bienes.

No quiero generalizar porque estoy seguro de que tenemos buenos intendentes municipales, que son los menos, pero me toca hablar por lo que vivo todos los días en nuestra capital.

No logré ver, hasta ahora, ningún edificio público o privado, vandalizado por esa clase especial de imbéciles que creen que pintarrajearlos es una forma de realización personal, seguramente porque subsiste aún, en las provincias, algo del sistema educativo de Domingo Faustino Sarmiento combinado con policías que no son complacientes con el delito de destrucción de la propiedad.

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Es notable el contraste, aunque admito que mi impresión puede estar equivocada dado que unos pocos días no constituyen información suficiente. Sin embargo, esa es la impresión.

No estoy diciendo que “la casta” no sea igual o peor que la nuestra, usando el dinero de los contribuyentes para pagar a los hijos, a las parejas, a los amigos de sus integrantes, pudriendo completamente la idea del servicio público y destinando el dinero que ponemos supuestamente para disminuir la desigualdad en acentuarla para beneficio propio.

Entre paréntesis, no me sorprende la insolente falta de vergüenza de nuestros encastaditos que, en vez de estar escondidos como cualquier ser mínimamente pensante al cometer una fechoría, ofenden a los que sufren necesidad con sus groseros ingresos de regalo.

Volviendo al tema, estoy simplemente resaltando que, a pesar de eso, subsiste en Argentina ese dejo de buena educación que la llevó tan arriba (pero que lamentablemente no evitó su tremenda decadencia).

Tal vez allí esté el problema de este amable pueblo argentino. Muchos historiadores, de hecho, coinciden en que ese fue uno de los problemas del pueblo romano: La decadencia les fue imperceptible, sólo los más agudos observadores eran conscientes del fenómeno y no fueron capaces de hacerlo notar hasta que fue demasiado tarde.

evp@abc.com.py