La reunión, nos cuenta Jorge, “fue amena y distendida” gracias “a la capacidad de comunicar y responder” de Peña, cualidad que “debería aprovecharla más y con mayor asiduidad”.
Por el nivel profesional de los periodistas es de suponer que se hicieron preguntas de interés público con interesantes respuestas. No tenemos estas versiones que la opinión pública debería conocer, salvo que se haya pactado confidencialidad.
Jorge agrega: “La prensa atraviesa un momento crítico. En buena parte de los medios se pondera solo los errores y se evita destacar los aciertos. No se trata de propaganda ni de aplausos, sino de honestidad intelectual”. Estas ideas me sugieren algunas más:
De existir una parte de los medios que “pondera solo errores”, entonces existe otra parte que pondera solamente los aciertos. En ambos casos pierde la prensa.
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Un periodista no tiene que ser amigo del gobierno. Tampoco su enemigo. El amor y el odio hacen perder objetividad. A la opinión pública no le interesa ninguno de esos sentimientos; quiere que se le cuente la verdad. No vamos a enredarnos en la definición filosófica de la verdad. En periodismo hay una sola: contar los hechos y demostrarlos.
Ser amigo del presidente de la República, o de otras altas autoridades, exige del periodista la elevada virtud de no confundir lo personal con lo profesional. Ser amigo no significa silenciar la inconducta del alto funcionario en sus gestiones administrativas, judiciales o legislativas. Es cierto, hay periodistas que buscan acercarse al poder, con una carpeta bajo el brazo, así como autoridades que procuran la cercanía de los periodistas con una chequera en el bolsillo.
De los muchos ejemplos de la separación de lo personal y profesional, encontramos en “La vida de un periodista”, del mítico director de The Washington Post, Ben Bradlee. Amigo íntimo del presidente Kennedy, fue uno de sus más tenaces críticos. No por ello dejaron de cenar juntos con la frecuencia de siempre. Pasó algo parecido con la editora del citado periódico, Katerine Graham, en el sonado caso Watergate. Amiga del presidente Nixon, dijo “adelante” cuando sus periodistas le consultaron acerca de la publicación del sonado descubrimiento. Una palabra bastó para que siguiera la investigación periodística que acabó con el gobierno de Nixon.
¿Qué tal si investigamos Itaipú? No caerá el gobierno. Al contrario, lo va a fortalecer. Encontrará apoyo de los más poderosos y la prensa, muchos detractores. En nuestro país el periodismo de investigación es tomado por las altas esferas del gobierno como una persecución política con la complicidad del Ministerio Público y el Poder Judicial. Ni fiscales ni jueces atienden las denuncias periodísticas.
El gobierno no tiene porqué ofenderse de las críticas que, en la mayoría de los casos, podrían ayudarle a mejorar su gestión. Los cuestionamientos le ponen al tanto de la actualidad que le oculta la otra prensa. Si el gobierno se decide por una sola fuente de información le dará la espalda a la otra y podría perderse la posibilidad de corregir su administración.
“El deseo de arreglar las cosas torcidas es el primer impulso que nos condujo al periodismo”, dijo también Bradlee en su libro citado. Si ese primer impulso permanece por siempre, el periodista cumplió su sueño. Si por el camino se desvió, se frustra él y la sociedad que espera de la prensa, como dice Jorge, honestidad intelectual.
Me permito también sugerirle al Presidente que no busque hacerse querer. Que busque hacerse respetar.
En fin, feliz año nuevo.
alcibiades@abc.com.py