Dos muertos y la malla de La Sorbona

Juan José Farías iba diariamente a Clorinda a vender helados. El 7 de marzo de 1969 lo apresó la policía. El 11 de marzo murió en Investigaciones. Mario Arzamendia repartía el periódico Sendero. Fue detenido el 5 de abril de 1976. El 11 de setiembre su esposa retiró su cadáver del Policlínico Policial. Dos muertos. Muy poco para una dictadura “benigna”.

Farías era un tipo humilde. Tenía 38 años y estaba afiliado al entonces Partido Liberal Radical (PLR), pero no tenía militancia activa. Iba todos los días al amanecer a Clorinda y volvía a la tardecita. Lo apresaron en uno de sus retornos y poco después lo mataron.

Al entregar el cuerpo de Farías a sus familiares, la policía prohibió que lo trasladaran a cualquier otra parte o que avisaran a los políticos. Sin embargo, los Farías se pusieron en contacto con el presidente del partido, el recordado Carlos Alberto González. Éste acudió en su automóvil y pese a la oposición de los policías que hacían guardia frente a la casa, rescató los restos que estaban siendo velados y los llevó al local del directorio. Tras una breve persecución, la policía no se animó a armar más escándalo en la vía pública y finalmente dejó que hubiera un velatorio en la sede liberal.

El caso se difundió. Pastor Coronel sostuvo que Farías fue detenido porque traía panfletos comunistas en su carrito de heladero. Estos panfletos nunca aparecieron, y el jefe de Investigaciones adujo que Farías murió “por causa natural”. Tuvo razón. Debió de ser natural que muriera tras tanta tortura.

Deslizaron luego que los policías erraron de secuestrado. Farías pagó caro el “error”. Es que la policía del régimen acostumbraba a matar con naturalidad, hubiera tenido o no el muerto culpa de cualquier especie. Para la tortura, no era necesario —generalmente— ser culpable de nada. Hubo ocasiones en que los “traumatólogos” de Investigaciones o la Técnica calificaban de “flojo” al individuo que se echaba a morir tras las sesiones de masaje democrático-constitucional.

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Mario Arzamendia, por su parte, era un devoto parroquiano de la iglesia de San Cristóbal. Tenía 63 años y vendía el periódico católico Sendero. El mismo fue apresado en la mañana del 5 de abril de 1976 frente al domicilio de uno de sus clientes habituales, Mario Schaerer Prono.

Arzamendia no sabía de lo ocurrido la noche anterior con el descubrimiento de la OPM, la balacera y la suerte que corrió Schaerer Prono tras ser apresado y conducido a Investigaciones al cuidado del “gobierno constitucional”. La policía apresó a Arzamendia y lo llevó para “averiguaciones”.

Doña Casimira Alvarenga, su esposa, pasó el 11 de setiembre, “accediendo a una gentil invitación”, a retirar su cadáver del Policlínico.

Muertos así hubo cientos en la benigna democracia constitucional de Stroessner. Fueron tan “insignificantes” que no califican ni para un estudio apresurado en la malla curricular de La Sorbona, insospechada alma mater de un nuevo filósofo cohonestador de barbaries, anidado hoy en el cartismo.

nerifarina@gmail.com