La toma de Encarnación

El 20 de febrero de 1931 la ciudad de Encarnación fue tomada por un grupo de revolucionarios. La insólita acción duró 16 horas. La historia está relatada por el periodista argentino Fernando Quesada (1910-1976), en su libro “1931 – La toma de Encarnación”, editado por Rafael Peroni en 1985. La participación del histórico dirigente gremial Ciriaco Duarte le da a este libro una particular intensidad.

El inicio de la década del 30 fue difícil para el gobierno de José P. Guggiari y el país. La posibilidad de la guerra con Bolivia influía con fuerza en las actividades ciudadanas; también una dinámica y cuestionadora vida sindical que se hacía escuchar con manifestaciones callejeras, su propio medio de prensa y huelgas que encontraban el apoyo de un amplio sector estudiantil. Estos acontecimientos se venían gestando desde la segunda mitad de la década del 20.

Los organizadores dijeron que la toma de Encarnación no tenía la importancia por el hecho en sí “sino por el simbolismo de que se produjo en América: el primer intento de revolución comunera de carácter libertario”.

En el Paraguay siempre hubo los intentos –algunos con mejor suerte que otros– de vivir en un país libre de injusticias y de autoritarismo. Sin ir lejos, el pasado martes hemos visto a los maestros manifestarse en contra de la desigualdad en el tratamiento de la jubilación. Por el momento, lograron frenar en Senadores lo que parecía una sanción segura de la ley, pero a la presión de los maestros se agregó algunas deserciones cartistas.

La caída de Encarnación en manos rebeldes estuvo precedida por la huelga de albañiles en Asunción, opacada por un hecho trágico: la muerte de un oficialista, en circunstancias confusas, aprovechada por el gobierno para apresar a los dirigentes sindicales y políticos que los apoyaban. Entre ellos, muchos de los que habían estado en el proyecto de tomar Encarnación, Villarrica y Concepción. Sí, en los planes estaban las tres ciudades. En Concepción ni siquiera se intentó. En Villarrica se tuvo una buena idea para hacerse de la ciudad: estaba distraída en su colorido carnaval. Los conspiradores se disfrazarían de tal modo que pasen inadvertidos en los ruidosos festejos que contarían con la participación de las autoridades. Pero hubo un problema. En la ciudad, entonces pequeña, se conocían entre todos y llamó la atención a algunas personas la presencia de extraños. Pronto pusieron a conocimiento de la policía que actuó con más prontitud aún. Resultado: Al ser descubiertos, asaltaron un auto que los dejó en Paso Yovái, después a caballo hacia el Monday. Al final, todos cayeron presos.

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Mientras la desastrosa acción en Villarrica, en Encarnación “los revolucionarios actuaron con serenidad: se realizaron tareas de aprovisionamiento de víveres y ropas, indispensables para uso de los participantes de la rebelión, que en cada caso otorgaron recibo por lo requisado”. Estos recibos eran también simbólicos, nunca serían cobrados.

Presionados por las fuerzas gubernistas, los revolucionarios –encabezados por el dirigente comunista Obdulio Barthe– abandonaron la ciudad en un vapor de la Compañía Barthe y en una chata que estaban amarrados en el puerto. “La prensa de Asunción, la de Buenos Aires, incluso la de Posadas, tergiversaron los hechos, narrando inventivas intencionadas para perjudicar a los revolucionarios, y más aún, los denigraron para hacerlos aparecer como bandidos y asaltantes”.

Los cabecillas, 17 en total, fueron apresados en el Brasil, con lo que la “Revolución Comunera” quedó como una anécdota, como un fracaso más en los muchos intentos románticos de cambiar nuestro destino como nación. Un destino que se resiste al cambio, que prefiere ver el nombre de nuestro país entre los más corruptos del mundo.

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