Historia de un verano

El hombre estaba llegando a su casa tras cumplir su turno como guardia de seguridad, el calor era aplastante y en la radio escuchó que la sensación térmica era de 45 grados.

Desastre este colectivo –pensó–. Estaba pagando por un viaje diferencial pero el chofer le había dicho que no podía encender el aire porque se había descompuesto.

El día ya venía complicado para él, la empresa en la que trabajaba como sereno seguía sin pagarle el sueldo que legalmente le correspondía, y encima le obligaban a cumplir turnos de mucho más que las 12 horas que como máximo establecía la ley.

Se resignaba pensando en que eso no le pasaba solo a él, porque de tanto en tanto veía en las noticias que las empresas de seguridad seguían figurando entre las que más violaban los derechos laborales en el país.

Se consoló pensando que al llegar a su casa iba a tirar un colchón en la pieza de su mamá para descansar un poco, gracias al acondicionador de aire que con sacrificio le estaba comprado en cuotas para que ella pueda descansar un poco más, ya que estaba en cama desde hace casi dos años por una enfermedad que la dejó postrada.

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Al llegar entró a saludarla, y estaba preparando el colchón cuando la realidad le dio una enorme cachetada: apagón.

Encendió la radio a pilas que tenían sobre la mesita de luz y los periodistas comenzaban a recibir quejas desde diferentes puntos del país. El apagón era general y no había explicaciones oficiales.

El aplastante calor hizo el resto, la frescura de la habitación se disipó rápidamente y los más de 40 grados de sensación térmica la convirtieron en un pequeño tatakua.

Pensó en bañarse para refrescarse un poco, pero al intentar abrir la ducha solo salieron unas pocas gotas de agua y el aire que estaba contenido en el ducto.

Tras unos minutos escuchó en la radio que la empresa responsable de distribuir el agua había sacado un comunicado pidiendo disculpas porque el corte de luz afectó también su servicio.

—Añara… pero mba’e Acuífero Guaraní piko —exclamó, recordando que constantemente escuchaba y leía que bajo sus pies tenía una de las mayores reservas de agua dulce del mundo.

El apagón duró varias horas, y con una pantalla trataba de darle algo de aire a su mamá que chorreaba de sudor en la cama.

La dejó unos minutos para ir hasta la despensa a comprar una botella de agua mineral, allí un grupo de vecinos estaba en lo mismo. Alguno incluso comentó que era la primera vez en su vida que iba a comprar agua envasada.

Volvió a su casa, pensando que era muy irónico que, viviendo en el lugar del mundo que más energía produce por cada persona y que incluso le vende a dos grandes vecinos, no se pueda usar con tranquilidad lo que el país produce.

—Péa piko la famosa soberanía —se dijo a sí mismo, agregándole una surtida lista de groserías mientras el sudor seguía empapándole la ropa.

Su mamá le preguntó si no sabía cuándo iba a volver la luz, a lo que le respondió que todavía no estaban diciendo nada.

Pasó una hora más, y en ese momento escuchó en la radio que desde la empresa daban una conferencia de prensa en la que anunciaban que se estaba reponiendo el servicio y que el problema fue que se desprendió un conector en una subestación.

—Demasiado pererî somos —pensó, al reflexionar sobre con qué facilidad gran parte del país se quedó sin energía eléctrica en el día más caluroso del año.

La luz volvió a su casa luego de dos horas, aunque tuvo que esperar otras tantas más para poder bañarse sin el agua amarronada que salía de su ducha y canillas.

Al día siguiente almorzó y se preparó para volver al trabajo a cumplir una nueva guardia, recordando aliviado que había escuchado al presidente de la empresa decir que el problema ya no se repetiría.

—Vamos a estar mejor entonces —pensó con ironía.

Fue en ese momento que un nuevo pestañeo le anticipó lo que volvería a ocurrir unos minutos después.

guille@abc.com.py