Miremos el caso más reciente y doloroso: el Metrobús. Ramón Jiménez Gaona, ministro durante el gobierno de Cartes, lo impulsó. Arnoldo Wiens, ministro bajo Mario Abdo Benítez, lo paralizó, firmó actas de entendimiento con la constructora, ordenó demoliciones y dejó al Estado con un perjuicio millonario. Hoy, Wiens enfrenta imputación por lesión de confianza y daño a obras públicas; el juez devolvió el escrito por “deficiente”, pero el exministro denuncia persecución política y un supuesto pacto entre Peña, Cartes y la CSJ. Mientras tanto, la Fiscalía pidió sobreseimiento para Jiménez Gaona. El resultado: nadie asume responsabilidad plena, el proyecto sigue muerto y la deuda permanece.
Este no es un episodio aislado; es el patrón. Horacio Cartes contra Mario Abdo Benítez, Marito contra Peña, Peña contra Marito. Cada cambio de mando trae una purga disfrazada de “corrección de rumbo”, y cada purga frustra políticas de Estado. Lo que debería ser alternancia, competencia interna se transforma en destrucción de lo construido por el otro. Y mientras los colorados se tiran los platos por la cabeza, el país se queda sin Metrobús, sin avances en salud, sin inversión sostenida, con infraestructura eterna postergada y con una deuda histórica.
Pero aquí viene lo más cínico: al final, también son ellos mismos los que se salvan. En el intento de juicio político a Marito por el acta secreta de Itaipú en 2019: la oposición y hasta Honor Colorado amenazaron con destituirlo por “traición a la patria”. El escándalo ponía en jaque al gobierno abdista, pero Cartes y su sector retiraron el apoyo al juicio una vez que se anuló el acta y se “reparó el daño”. Es lo mismo que ocurre con los famosos “pactos cicatriz”: después de las feroces internas donde se acusan de todo, los colorados terminan abrazándose, olvidando agravios y pidiendo todos votar por la lista 1, como decimos siempre “juntos de la mano se los ve por el jardín”.
La oposición observa desde la tribuna, casi siempre impotente. El Congreso sigue dominado por el coloradismo, las municipales de 2026 muestran intentos locales de unidad, pero a nivel nacional el mensaje es claro: sin una fuerza opositora fuerte y cohesionada, el Partido Colorado seguirá siendo el único actor relevante, aunque se autodestruya en el proceso.
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No se trata de pedirle a la ANR que deje de tener internas, se trata de exigir que ellas no sigan costando al país entero. Paraguay merece más que un partido eterno en el poder, pero eternamente dividido –y unido cuando les conviene–, merece gobernantes que prioricen el bien común por encima de la foto de campaña, el control de la ANR o el rescate mutuo en momentos de crisis. Mientras esa lección no se aprenda, seguiremos viendo el mismo ciclo: peleas en el palacio, deudas en el pueblo, progreso en suspenso y eso, francamente, ya no es sostenible.
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